A la carrera

Escarceos

Me acuso: soy Igor y pretendo ser un runner. Comencé en esto de correr hace un par de años. A lo loco. Sin ruta, ni plan, ni objetivos claros. Aunque más bien debería decir que incié caminando, eso sí, porque correr, lo que se dice correr, me tomó seis meses. Quizá más. Lo cierto es que una mañana de marzo de 2015 mi padre (preocupado por mi salud) me sacó del sillón casi a rastras para ir a dar una caminata.  Han pasado poco más de dos años desde entonces. Y hoy -si el cuerpo no se me raja- tengo la meta de terminar vivo un ultramaratón en 2019.  O en 2020. Ajá. Ya lo veremos. Como quiera que sea, iba a escribir acerca de esta especie de síndrome de Forrest Gump en el que igual que muchos, estoy metido. Pero antes de entrar en ese punto, vale la pena señalar que tampoco es descabellado que me haya clavado tanto en salir a correr. Esto es así porque (lo saben bien quienes me conocen) tengo una vena un tanto masoquista. Se me da eso de hurgar(me) las llagas, pues.  O por decirlo de otra manera: creo en lo que duele. Y correr duele. Pese a ello, nunca pensé que esta actividad en la que se sufre en la misma medida en que se goza llegaría a ser tan importante para mí. Esto es más evidente para mí hoy, que escribo desde el sillón en el que me tiene apoltronado mi primera lesión seria (al grado de rehabilitación y muletas. Así). Pensé en aprovechar el tiempo fuera y la quietud forzada para mitigar la desesperación de la inmovilidad. De paso, sirve que cuento un poco acerca de cómo el running me ido cambiando la vida. Suena a una exageración; lo sé. También me queda claro lo fastidioso que resulta que a uno le restrieguen en la cara una sarta de supuestas lecciones o de aprendizajes e iluminaciones que casi rayan en la epifanía. Sobre todo cuando de running se trata. Ni modo, pero por alguna razón que desconozco, muchos de quienes corremos tenemos la necesidad de contarle al mundo que lo hacemos. Si no se publica el entrenamiento en las “redes sociales”, éste no vale. ¿Verdad? En fin, lo cierto es que más allá de que ya no me ahogo cuando subo dos pisos por la escalera, correr ha operado en mí una especie de “recableado”, o de “reconfiguración de circuitos” en la cabeza. Desde luego, éste es un proceso que me tiene fascinado, puesto que lo contemplo como testigo pero también lo vivo como protagonista. Es, cuando menos y para mí, muy interesante. Tanto como para compartirlo aquí.

En este sentido, antes de entrar de lleno en el (re) cuento de todo esto, quizá sea pertinente poner de relieve que mi relación con el deporte ha sido un tanto bipolar, situada entre la indiferencia y el odio. Claro, al principio, como otros tantos igual que yo, cuando transitaba de la niñez a la adolescencia practiqué un poco de futbol, de basquetbol, y de voleibol (hasta que una dolorosa fractura de metacarpos en la mano izquierda -era portero- me puso ante la disyuntiva de continuar en el fucho o poner en peligro la posibilidad de seguir tocando guitarra. Sobra decir que elegí las seis cuerdas). Las cosas que uno hace por convivir. Ya cerca de la mayoría de edad, tuve mi primer escarceo con lo que entonces se conocía como jogging. Varios de mis amigos y yo íbamos de cuando en cuando a trotar vespertinamente a la famosa Unidad Deportiva Tucson. Lo hacíamos sin ton ni son, como mucho de lo que nos ocurría en aquella época. También acudíamos a un gimnasio a “levantar peso”. Por razones que no vienen al caso (pero que tienen que ver con un conjunto de visiones estereotipadas muy sopes) pronto caí en la cuenta de que en aquel momento de mi vida prefería ejercitar el cerebro. En consecuencia, tener un cuerpo musculoso no era para nada lo mío, lo mío, lo mío. Le dije adiós al gimnasio, hola a la panza, y me dediqué a otras cosas, de las que algún día hablaré. O no. Lo cierto es que varios años más tarde, ya siendo un estudiante de posgrado en Tijuana, vegetariano para acabarla, solía trotar  por el Malecón de Playas. Hasta que un  mal día (es una historia divertida pero larga de contar) un fiero snauchtzer, mascota de la vecina norteamericana que habitaba el departamento de al lado, me mordió el talón de Aquiles. Hasta ahí llegó mi segunda intentona de ingresar en el mundo del running. Luego se atravesó la vida: migraciones, fallecimientos, familia, casa, doctorado, trabajo, y así. Entre tanto, durante unos tres años, tuve un coqueteo interesante con el ciclismo de montaña (otra actividad fascinante, sobre la cual solo diré  que lo hice como acondicionamiento físico para poder entrarle duro a la ardua chamba de ser papá primerizo).

FastForward al 2015.

Bien dicen que la tercera es la vencida. Así que puedo decir que me involucré por tercera ocasión en el asunto éste de correr allá por los ya lejanos inicios del 2015. Aunque esta vez lo hice con toda la seriedad del caso. Por supuesto, ello como un intento desesperado de tapar el pozo dejado por un par de sustos relacionados con la salud (uno de ellos terminó conmigo anestesiado en un quirófano en medio de una cirugía de emergencia). La última cita post-operatoria, en la que se supone que mi médico me daría de alta, terminó con una frase lacónica: “o te ejercitas; o te mueres. Tú decides”. No tenía idea de cómo le haría, pero opté por lo primero (morirse es terriblemente fácil y las cosas fáciles no se me dan). “A la carrera”, dije. Si mal no recuerdo, eran los últimos días  del periodo vacacional de Semana Santa de aquel año. Mi padre tenía por costumbre ir a diario a caminar al camellón que atraviesa la colonia Seattle y que lleva hasta Zapopan. Lo hacía de ida y vuelta. Dos veces. Sopas. Un día, como ya lo dije antes, “amablemente” me “invitó”  a unírmele. A priori creía que sería pan comido. (Paaaaan *en tono de Homero, salivando*). Total. Pensé: “¿Qué tan difícil debe ser caminar un poco más rápido de lo acostumbrado?”  Iluso. Además, la sabiduría popular siempre sugiere que antes de correr hay que caminar. ¿No? Me calcé unos Merrell, un short cargo, de lona, una gorra y una polo ambas de algodón. Ajá. Yo qué iba a saber. Así de inadecuado estaba. Mi padre y yo comenzamos la caminata parejos a un ritmo que a mí me parecía más o menos alegre, de unos 10 minutos por kilómetro. El gusto me duró cinco o seis minutos. Luego él se adelantó y yo iba unos diez metros detrás; luego 15; luego 20; luego lo perdí de vista. Estaba empapado de sudor y jadeando (yo, claro). Mis esfuerzos por alcanzarlo fueron, por decir lo menos, inútiles. Sobra mencionar que al día siguiente me dolía una serie de músculos que no sabía que tenía en el cuerpo. Recuperarme lo suficiente como para volver a salir a caminar con él me tomó casi una semana. Pero lo hice. En varias ocasiones.

Luego terminaron las vacaciones y fue necesario reincorporarse a las actividades laborales. En aquellos días la chamba me dejaba un par de horas libres entre las 16:30 y las 19:00. Así que decidí aprovechar el tiempo e irme a la cancha de futbol que había en el campus para retomar las caminatas. “O te ejercitas; o te mueres”, me habían dicho. Y ya se me había metido en la cabeza la idea de correr. Y quien me conoce sabe que la terquedad y yo somos uno mismo, uh oh oh, uh oh oh. Pensaba pues que con paciencia y tesón más temprano que tarde podría comenzar a ser un runner. La verdad es que no sabía que así se les decía. De eso me enteré no hace mucho. Yo lo que quería era tener una mejor condición física. Como sea, el primer día, con el calzado y la vestimenta más inadecuada, logré dar una vuelta alrededor del campo. Una vuelta completa. Caminando, por supuesto. Una mole de 105 kilos moviéndose paso a pasito, poco a poquito, alrededor de la cancha de futbol del campus. Mejor dicho: dando solo una vuelta. Eso debió haber sido una imagen entre patética y épica. Debo confesar que lo hacía muriéndome no solo de cansancio, sino también de pena. Dada la hora, tenía la esperanza de que nadie viera a este Phoebe Gump inflado. Un par de días más tarde de aquel pasmoso inicio, descubrí que alrededor de la cancha, en un deplorable estado, oculta por piedras y matorrales, había una pista de atletismo. Decidí comenzar con el running ahí mismo. Aquellos primeros días estuvieron marcados por la prueba y el error, en todos los sentidos. Media vuelta a la pista (unos 200 metros) a trote leeeeeento era para mí un logro gigantesco. Sobre todo si se piensa que no tenía ni la más mínima idea de técnicas de carrera, de calzado adecuado, de vestimenta acorde a la ocasión, etc. Mi involucramiento con el running fue, por decirlo de manera amable, a tientas. À la Borras, como decía mi madre.  Casi sin querer, con base en la experiencia, aprendí algunas cosas. En este sentido, la primera revelación que tuve fue que los shorts cargo eran terriblemente incómodos y estorbosos para correr. Había que hacer un cambio. Los shorts diseñados para correr son cortísimos. Y a mí me daba harta vergüenza andar enseñando las trancas. Así que mi inmediata y pudorosa opción fueron unos pants de una calidad precaria que adquirí un supermercado. Para entonces ya me era posible trotar una vuelta completa en la pista de atletismo, sin parar. ¡Ya corría 400 metros, señoras y señores! Tres o cuatro veces por semana. Y con pants nuevos.

Enter YouTube.

Para un tipo obsesivo como yo, que tiende a sobre-analizar todo, correr nunca es solo correr. Intuía que había una performatividad (ética y estética) específica, la cual era constitutiva de dicha actividad. Así que me dediqué a buscarla. En este sentido, encontré en YouTube un repositorio de saberes que poco a poco me fueron dando un norte. Para mí han sido fundamentales los canales de, por ejemplo Ethan Newberry y Leonardo  Mourglia. Aquí un guiño: vaya poderosas nuevas formas de adquirir conocimientos las que se han habilitado con la incorporación de la variable tecno digital a nuestras vidas. Uno puede aprender absolutamente todo. Todo. En fin, en esa plataforma descubrí, por ejemplo, que medir la actividad era una buena práctica que ayudaba a reconocer los avances y retrocesos al minuto. Y eso genera una estructura de incentivos que motiva a seguir a toda costa. Reducir 3 o 4 segundos en una marca puede parecer calderilla. Pero quien lo ha hecho sabe que es algo muy significativo, sabroso y estimulante. Adictivo. Un paso y luego otro. Hice un breve análisis de algunas aplicaciones destinadas a tal aspecto. Elegí Endomondo. Para entonces había transcurrido un par de meses desde aquella primera caminata en la Seattle. Para entonces también era capaz de trotar un kilómetro  sin parar (a razón de unos 09 minutos por kilómetro). Echando los bofes por la boca, claro. No tenía un plan. Pero mi objetivo era incrementar las distancias y reducir los tiempos en la medida de lo posible. En aquellas fechas también descubrí que el calzado era fundamental. Y aunque las Merrell son por mucho mis botas favoritas desde hace más de una década, definitivamente no están hechas para correr. Así que junté mi falta de experiencia, un poco de dinerito, y la necesidad de un mejor calzado. Ergo,  acudí a una de esas tiendas departamentales que dicen que lo venden todo. Solicité unos tenis para running y por supuesto, las señoritas que me atendieron me endilgaron unos muy “acojinados”. Salí de la tienda con unos Nike gris con rojo que combinaban muy bien con mis pants. Básicamente, ahora lo sé, esos zapatitos eran para hacer crossfit y no running. Ajá: para todo hay. A pesar de eso, la diferencia entre los Nike y los Merrell al momento de la carrera fue sustancial. Con el nuevo calzado correr era como pasear sobre nubes. Por lo menos eso me parecía. Sobra decir que mis tobillos y mis rodillas lo agradecieron. Así que para junio de 2015 ya estaba en condiciones de recorrer 5 kilómetros sin parar, combinando caminata y carrera, junto con un sprint final de unos 200 metros (¡a 8:48 minutos por kilómetro!). Básicamente esa velocidad es un poco como ir de rodillas en una procesión. Ahora lo sé. Pero en aquel entonces yo me sentía poderoso. Con los fémures espinados por el ácido láctico. Pero poderoso. Casi como si me le pudiera emparejar a un tren (que estuviera a punto de detener su trayecto, por supuesto).

Con el pasar de los meses (e insisto, gracias a YouTube y a la valiosa ayuda de un colega que conoce todo lo que hay que conocer sobre atletismo) pude acumular un cierto saber “teórico” que ponía en “práctica” cada que salía a correr. Empecé a entender que había distintas formas de pisada que requerían tipos específicos de zapatillas; que era sensato mejorar la técnica de carrera y aprender a correr; que respirar tiene su chiste; que la vestimenta juega un papel fundamental (más adelante, si lo recuerdo, contaré cómo un domingo de tirada larga descubrí lo anterior de manera dolorosa); que había toda una gramática del running; que las métricas son cruciales; que cuando uno corre en el cuerpo se generan sustancias maravillosas que producen placer y bienestar (las cuales, por cierto, son muy adictivas); que paradójicamente una sensación de cansancio brutal le puede arrancar a uno una gran sonrisa que dura prácticamente todo el día; y que hay un placer perverso al llegar a la punta de una colina empinada, en una tirada larga dominical, y ver salir el sol despacito, y pensar entonces que el resto de la gente todavía está dormida mientras uno puf, puf, puf, corriendo a una cadencia de 180 pasos por minuto. Cadencia. Ritmo. Tiradas largas. Entrenamiento. Intervalos. VO2max. HR. PR. 5K. 10K. EPOC Máximo. Nivel de Rendimiento. Intensidad del entrenamiento. Calorías. Y así un largo etcétera. El lenguaje del running es extenso. Iniciático. Repleto de fórmulas. Cuando uno se toma esto de correr en serio descubre que el trabajo de escritorio es importante. Y confirma que correr es mucho, pero mucho más que solo correr.

Entonces aprendí que había que contar con un plan. Esto implicaba diversificar los tipos de entrenamiento, y plantearse objetivos de corto y mediano plazos. No basta solo con correr. No es sufiente el enfoque, la determinación y la disciplina. Se requiere una estructura donde anclar el esfuerzo para no ir a tientas. Y sí. También hay una app para eso. De Endomondo pasé a Runtastic. Esta aplicación me parecía aún más completa. O por lo menos más acorde a mis necesidades. Habrían transcurrido unos nueve meses desde que comencé a tomarme en serio el asunto del running. Por aquellos días también había adquirido un cierto conocimiento con respecto al calzado y los tipos de pisada. Supe por ejemplo que se me acomodaba mejor un par neutral y, por mi peso, con cierta amortiguación. Una vez más, reuní algo de dinerito y me lancé a una tienda. Ahora sí, especializada en deportes. Ahí probé varios tipos, marcas y modelos (previa averiguación de sus características vía YouTube). Concluí que los que mejor me acomodaban eran unos Asics Nimbus 18. Vaya cosa. Pero hablaré sobre esto más adelante. Lo importante es que ahora tenía un objetivo y un plan para conseguirlo.

A cambio

He dicho antes que correr me ha cambiado la vida. No miento. Para mediados de 2015  comenzaba a notar algunos indicios de que algo estaba pasando. Algo que para mí era bueno. Y esto ocurría afuera y adentro. En el cuerpo y en el pensamiento: dormía un poco mejor; sentía la mente un poco más despejada; tenía una agilidad que no había sentido en años; y sí, una mañana descubrí que literalmente tenía que apretarme un poco más el cinturón. A esto hay que sumar el poderoso refuerzo que el running operaba sobre el “mantra” que ha guiado mi vida desde hace décadas: enfoque, determinación y disciplina. Correr condensa todo eso. Lo vehicula. Y llegados a este punto, creo que es un buen momento para hacer una que otra confesión. Es algo vano. Muy superficial. Pero profundamente significativo: soy un tipo que usa el mismo modelo de pantalón, en el mismo color, y en la misma talla, desde hace muchos, muchos años. Un día de tantos, casi una docena de meses después de haber comenzado en esto de correr, fui a comprar una de estas prendas (sustituyo la que se va acabando; así mantengo un número fijo de pantalones en mi clóset). Pedí la misma talla de siempre. El mismo modelo. El mismo color, etc. Me metí al probador con la prenda. Me la puse y esperaba que, como es usual, me quedara ajustada. Vaya sorpresa me llevé al verme al espejo: se me cayeron los pantalones. Literalmente. Supuse que había un error. Verifiqué dos veces la etiqueta. Todo bien. Le solicité a la chica que me atendía la siguiente talla hacia abajo.  Ésta también me quedaba un poco holgada, pero así es tal como me gusta la ropa.  El espejo del probador me regresaba a un tipo que había pasado de la incredulidad a algo parecido a una media sonrisa marcada en el rostro. Ajá: el ego salió disparado al cielo. Y con éste una decena de kilos.

Otra de las confesiones que quizá sea pertinente colocar aquí es que casi todo en la vida lo pienso a manera de proyecto. Tengo la manía de plantearme objetivos, de trazar rutas críticas, de construir indicadores, de necesitar retroalimentación, etc. Ni modo, habemos gente así de pasada. Y de pesada. Qué se le va a hacer. En este sentido, por diversas razones (i. e. las cuales van desde visiones estereotipadas; hasta pretextos como la flojera y la falta de tiempo), mi relación con mi cuerpo había estado sancionada, siempre, como un proyecto fallido. Lo había intentado varias veces. Y hasta ahora no lo había logrado. Mi precario estado de salud de 2014 (y mi terriblemente precaria salud de 2013) eran la prueba fehaciente de ello. Solo que hoy hay una diferencia fundamental. En esta ocasión no me tengo permitido fallar por diversas razones. Una de ellas radica, obviamente, en la lacónica frase que me dijo el médico justo antes de darme de alta: “o te ejercitas; o te mueres”. Pero el elemento más importante, el más doloroso, el que me pegó duro en verdad, tuvo lugar momentos antes de que el médico en cuestión me ingresara de urgencia al quirófano. Me habían puesto en la cama de una habitación, con hartos medicamentos vía intravenosa para aminorar el dolor, y un montón de aparatos para medir oxigenación, presión arterial, y no sé cuántas cosas más.  Seguro se hacen una idea de la imagen. Es una cosa fea eso de estar lleno de cables y tubos y agujas. En la habitación estaba mi tribu en pleno. Y el médico les/nos explicaba el procedimiento, los riesgos, las ventajas, etc. Eso que hacen los médicos. Naila escuchaba atenta. Muy atenta. Con ese gesto que es tan mío  en ella, y que hace cuando está profundamente concentrada (se le mueven las aletas de la nariz y se le arruga un poco el ceño). Recuerdo -y la memoria se me anuda en la garganta cuando escribo esto- cómo su carita poco a poco se fue transformando de algo repleto de incertidumbre y miedo en una mueca de terror. Recuerdo esa mirada, el modo en que me vio, y… No puedo con eso. No puedo permitirme que eso le pase de nuevo por mi causa. Por eso es que fracasar en este proyecto no es, en definitiva, una opción. No puedo fallar(le). Por eso sigo.

Unas por otras

A manera de balance puedo decir lo siguiente: el 30 de octubre de 2016 corrí 10K por primera vez en mi vida.  En marzo de 2017 participé en mi primera carrera, de ésas con inscripción, camiseta, número de corredor y toda la cosa (e hice mis 10K más veloces hasta la fecha). Eso es toda una experiencia en sí misma. Mi kilómetro más rápido ronda los 5:26 (todavía lento, pero bastante lejano de aquellos 9:00 de 2014). Hoy corro sin demasiada dificultad 15 kilómetros. Corro por los menos tres veces por semana, con un entrenamiento más o menos planeado, compuesto por diferentes rutinas de carrera, y con un equipamiento bastante adecuado para ello. Y los domingos son fabulosos porque salgo antes que el sol, y corro dos horas o dos horas y media, escuchando música, dialogando conmigo, a solas conmigo, pensando conmigo, mirando el paisaje conmigo. La sonrisa dominical es inevitable y ésta, aparejada al agotamiento físico, lleva una sensación de bienestar mental que dura todo el canijo día. Más aún: toda la canija semana. Acumular kilómetros es también acumular experiencia.  Hoy puedo decir, por ejemplo, que Asics es mi marca de zapatillas favorita. Y como ya lo mencioné: entre las primeras Nike de supermercado, de las que hablaba al principio, y éstos de la conocida marca japonesas hay, cuando menos, eones de diferencia. Así, por ejemplo, el saber acumulado en este par de años me permite reconocer que las Nimbus 18 son fabulosas para tiradas largas, superiores a los 10K y a ritmos cómodos; y que los 33FA, aunque modestos, tienen una reactividad importante para hacer intervalos a alta velocidad (son para personas con menor peso que yo, pero a mí me funcionan para entrenamientos explosivos y cortos); o que los Quantum 360 son una experiencia en sí mismos, por el gel que tienen alrededor de la suela, aunque requieren una técnica de carrera más depurada.  Hoy también sé que es infinitamente más cómodo correr con pantalones cortos. Y por supuesto, camisetas cuya tela esté diseñada para expeler la humedad: correr diez kilómetros en una tarde calurosa, con ropa de algodón, y sin colocar vaselina (o caléndula) en puntos clave es, uf, dolorosísimo. Estoy seguro que las madres que han lactado saben de lo que hablo. Y así varias cosas: con el tiempo fue necesario adquirir un medidor de frecuencia cardiaca, un reloj adecuado para correr, calcetas con compresión… Correr es también consumir. Lo sé. En fin, recientemente he incorporado a la rotación de zapatillas unos Clifton 3, de Hoka One One que no han visto mucha actividad. A ver qué tal me salen. Ahora uso Strava, una app especializada con un montón de prestaciones. Llevo un monitor cardiaco Suunto que ha probado ser crucial para los entrenamientos. Disfruto correr. Me entreno para… Ah, sí. Lástima: me lesioné. Estaba preparándome para correr el medio maratón del club Atlas, en septiembre de este año. Me confié y desoí la regla de no incrementar más del 10 % la actividad del entrenamiento. Me sentí fuerte. Fui ingenuo. Hice un par de semanas de 40 kilómetros cada una, lo cual implicaba casi duplicar de un trancazo lo que había venido haciendo en los meses anteriores. El resultado: una tendinitis aquílea y peronéa en el pie derecho que duele como la chingada. Y que me tiene aquí, escribiendo, desesperado por esta especie de síndrome de abstinencia.  Quienes me rodean saben que mi humor en estos días no es el mejor. Y que tengo lo amargado más subido que de costumbre. Pero pronto. Pronto. Pronto. Pronto. Pronto.

Ajá. Me hace falta salir a correr.

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