Diez

Hace ya una década, a estas horas, yo encarnaba el cliché par excellence del padre primerizo: me estrujaba las manos, y me tronaba los dedos, angustiado. Todo ello mientras caminaba en loop por el pasillo que llevaba al quirófano donde Naila -después de nueve largos y calurosos meses- llegaría al sabroso caos de esto que es la vida fuera del confort del vientre materno.  Caminar en círculos. Mi recorrido iniciaba en la sala de espera, sorteaba una mesita de centro, y seguía hasta la doble puerta que conducía al área de quirófanos. Me asomaba por la ventanilla. Y desandaba mis pasos. Solo para volver a comenzar. Sísifo de hospital. Así ad nauseam. Tenía en la cabeza cada etapa del proceso. Lo había repasado con el ginecólogo de LaClau decenas de veces. Sabía por ejemplo que en un par de horas me llamarían para ingresar en el quirófano a cortar el cordón umbilical y, así, darle la bienvenida a la primogénita. Y que tendría que llevar un vistoso mono azul de gasa (que todavía conservo), gorrito y cubrebocas. Sabía también que el pediatra recibiría a Naila, y le haría una serie de tests. Luego la pasaría a las enfermeras para que la limpiaran y arroparan. Conocía de qué iba el asunto. Había entrenado para ello. Y sin embargo, estaba hecho -como reza el más común de los lugares- un manojo de nervios. Un cliché andante. Sobra decir que lo único que me faltaba era andar por el hospital regalando habanos a cualquier desconocido que se me cruzara enfrente. Ante esto, opté por la estrategia más cuerda que conozco para domesticar la angustia: escribir. Saqué de mi mochila el siempre presente cuaderno de campo, una Uniball de tinta negra, y me puse a garabatear algunas líneas para la heredera que estaba a punto de llegar:

Bienvenida.

Éste es el mundo.

Ya lo iremos descubriendo juntos, lo construiremos al nombrarlo, lo iremos iluminando con los colores de tu mirada, con tus llantos y tus sonrisas, y tus dedos y los míos.

Poco a poco lo recorreremos, guiándonos juntos, aprendiendo a conocernos, dejándonos huellas indelebles, pequeñitas las tuyas, y precisamente por ello, inmensas e inabarcables.

Inventaremos un lenguaje propio, íntimo, para contarnos nuestros secretos.

Sabremos de antemano que casi todo lo que hagamos tendrá un aire de iniciación, de misterioso ritual personalísimo, de búsqueda y encuentro.

Llave universal, llegas a mi vida en el momento justo.

Te presentas como un tornado fascinante, como una sonrisa de cuerpo entero, como un caos fundamental oculto bajo un ropaje dulcemente frágil.

Pequeña revolución condensada en llanto, trastocas toda noción de orden, todo esquema, toda estructura.

Te multiplicas por todas partes, delimitando un territorio, articulando un antes y un después en mí.

Centro prístino, ahora todo esto que soy gira en torno tuyo. Día a día.

Desdoblando el futuro, nos reconoceremos allá tal como aquí.

Sabremos que tú eres en mí eso indefinible que es más que yo mismo, que me atraviesa por completo y me devuelve mi propia e imposible mirada.

Y es en este estallido, en esta especie de umbral, en el que, al observarte, me descubro en ti, completo, circular. Total.

Y sabré entonces que era cierto, que yo había estado aquí por ti y para ti. Y que estaré siempre. Pase lo que pase.

Que no te quepa duda, bonita, eres mi particular vuelta al origen; mi infinito retorno.

Mi causa.

Mi promesa.

Mi reencuentro.

Mi verdadero hogar.

Te amo.

Diez años ya. Son un chingo. Son pocos, poquísimos. Pero también un chingo. Suena contradictorio pero es así. Poco a poco la pequeña hija crece en todos los sentidos. Crece y me maravilla. Mi soberbia me hacía pensar que yo le enseñaría el mundo. Ingenuo: ella tiene en sí los secretos del universo entero. Le aprendo y renazco a diario. La veo y me veo en ella. Igual que como lo escribí en aquella primera carta que le redacté a modo de bienvenida y de promesa (y que reproduzco verbatim más arriba): ella es en mí eso que es más que yo mismo. Mi espejo. Mi enseñanza. Mi causa y mi motor. Mi eterno retorno: mi verdadero hogar.

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