Fiebre

Dejar que fluya. Me abandono a la corriente. Permito que mis manos, mis dedos, se trasladen por el teclado a voluntad. ¿Pero acaso la voluntad de mis dedos no es la mía? ¿Será que no soy yo el que escribe? ¿En realidad estos apéndices y falanges son autónomos? ¿Entonces qué es esto que hoy soy? ¿En qué consiste esta distancia entre uno y uno mismo? Siempre esa distancia maldita entre lo que soy y lo que pienso. Como si el cuerpo fuese una frontera. Mejor dicho, como si dentro del cuerpo hubiese una frontera. Claramente mi piel y mis sentidos establecen una separación entre el mundo de afuera y el mundo interior. Afuera. Adentro. Arriba. Abajo. Ficciones. Cajoncitos que no(s) sirven para estructurar y dotar de sentido lo que vemos, probamos y olemos. Rueda de la fortuna mística. Inesperado plano cartesiano. Tal vez hemos errado el tiro desde tiempos inmemoriales y no queremos darnos cuenta. ¿Qué tal si lo que verdaderamente importa son las parcelas que tenemos dentro?  ¿Y si en realidad (realidad, qué horror de palabra) somos muchos y estamos demediados, escindidos? Nuestro nombre es Legión. Maticemos: estamos constituidos por heterónimos. El Uno habitado por el Otro. Siempre otro. Otros. En plural. ¿Cuántos rostros somos capaces de portar, antes de resquebrajarnos? ¿Máscaras con nuestro rostro? ¿Mimetización del rostro con la máscara? ¿Habremos cambiando tantas veces que, como Alicia, ya no tenemos idea de quiénes somos al final? Algo se nos ha extraviado. De eso que no nos quepa duda. Insisto: hablo desde aquí, desde mi silla individual y frente a mí computadora, pero lo hago en plural. Siempre en plural. Porque sí. Porque nuestro nombre es Legión y somos todos, lo Uno y lo Otro, los otros, al mismo tiempo.  Otra hipótesis para futuras exploraciones: ¿y si somos esto que somos solo en función de lo que nos acontece? ¿Y si estamos determinados por un exterior al que no alcanzamos a comprender? ¿Y si somos muchos pero éstos son mutuamente excluyentes? A existe sí y solo si B no existe. Para que C ocurra tiene que desaparecer B. Solución de continuidad pura. Adiós omnipresencia. Títeres de un paralaje incierto. Marionetas en manos de nadie. Ciegos. ¿Ciegos? Absurdo. Si hemos errado el tiro desde siempre es porque a toda costa hemos querido ver, apuntar y tener tino. Quizá la mejor manera de dar en el clavo, de observar con certeza, consista en cerrar los ojos. En negarse y en negarlo todo. Cegarse para ver. Bonita metáfora. Arráncate los ojos, entonces. Falla. Goza perder y la pérdida. Quizá el verdadero triunfo (sobre uno mismo y sobre lo Otro) consista en aceptar y asimilar la derrota. Contradicción. Cerrar y cerrarse solo para abrir puertas. La huída como punto de llegada. El candado como la última de las llaves. Clausura e inauguración enlatadas y listas para servir. No queda más que saltar al abismo para sondear los canales, los proverbiales ríos metafísicos en los que navegaba La Maga. Hermosa Maga.  Hermosa y etérea. Cúmulo de ideas. Instancia pre-reflexiva e inalcanzable. Divago. Divago como siempre. Y no importa. Hoy solo quiero dejar que fluya. Y es que no soy yo el que escribe. Es la fiebre. Sí. Es la fiebre. Vuelvo aquí, a este estudio. A mi silla. Al teclado y a mis dedos. ¿Estoy aquí? Me duele la cabeza. También la garganta. Me he quedado sin voz y tal vez eso sea lo mejor que me haya pasado en estos días. Fiebre. Dolor y fiebre. Hablemos de la Maga, entonces. Regresemos a aquella orilla. O no. Mejor en otra ocasión. Con más calma. ¿Por qué el silencio? Porque me pasaría días escribiendo, y entonces la vida, etc. Mejor hablemos de París y de sus metáforas. O hablemos del final de la novela que nunca escribiré. Mejor dicho, de la novela que ya escribí y que me esforcé minuciosamente en desaparecer, en arrancar a toda costa de mi cuaderno y esparcir cada cuartilla por la ciudad y mis rumbos. Lo único que conservo ya es el recuerdo de la página final, aquella que dejé en una tumba del Cimetière du Montparnasse, una tarde lejana ya, de tango y tinto y lluvia y memoria. Terminaba más o menos así:

-“París apesta en esta época del año”, dijo él, cínico, mientras desprendía paciente la etiqueta de su cerveza. Se arrellanó en su silla. Cruzó la pierna, pausadamente. Lanzaba pequeños proyectiles-etiqueta al arroyo de la calle para verlos navegar y alejarse en la corriente.

Llovía.

-“París apesta. Punto”, sentenció ella. Bebió el último sorbo de su espresso, frío ya. Se le escapó media sonrisa, triste e irónica.  Se puso de pie, lento.  Iba a decir algo, pero ya era inútil. Le dirigió una breve mirada, situada entre el desprecio y la lástima. Sin más se dio la vuelta y caminó por el Boulevard de Saint-Germain hacia la Rue des Saints-Pères.

Llovía.

Hacía frío y llovía…

¿Quiénes son? ¿Cómo llegaron ahí? ¿Por qué él esperaba que ella volteara a verlo? ¿Por qué ella esperaba que él la detuviera? Tal vez un día recupere cada hoja dispersa y… Lo que es cierto es que son  estupideces plagadas de clichés. De viejas tristezas vicarias. De intuiciones. De atisbos. De saberes ancestrales inciertos. Ahora, de regreso aquí, un piano suena a lo lejos. Ecos. Una segunda menor para aderezar la melancolía. Intervalos. Conozco la pieza. Me guiña el músico que a veces soy. Luego, sin una razón particular, pienso en la Nisi Dominus de Vivaldi. Sobre todo en el Cum dederit dilectis suis somnum (versión Jaroussky, porque Spectre. Ah, he ahí la clave que detonó el recuerdo). Otro guiño, ahora del cinéfilo del que me disfrazo a veces. ¿Por qué? Porque sí. Porque puedo. Es la fiebre, me convenzo. Por lo menos trato de convencerme: no soy yo. Yo no soy nada. Es la fiebre. Es el dolor de cabeza. Escribe. Escribo. Escribimos. Conjugaciones macabras. Un poco más. Esto ya casi termina. Un poco más.

Sea pues.

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