Desde la mesa de algún café

Escribo. Estoy metido en el café de siempre, y escribo. Y lo hago como una de las tantas estrategias a las que acudo cuando quiero/pretendo domesticar el caos que me atraviesa. Escribo porque la aparente linealidad inquebrantable del texto me reconforta. Es tranquilizante saber que, siempre, cada palabra aguda se acentúa cuando termina en vocal, S N; y que las esdrújulas se tildan sí o sí. Bebo un sorbo de mi espresso doble cortado. Vuelvo a lo que hasta hace algunos segundos era el abismo de la hoja en blanco. Leo. Releo.  Caigo en la cuenta de que el acto de escribir somete letra a letra al azar; le impone un orden a la contingencia, y dota de sentido a la sinrazón. Contemplo la sutil belleza del lenguaje. Forma. Estructura. Densidad. Núcleos temáticos. Me abruma su capacidad omniabarcadora, casi divina. Entre la proverbial mayúscula que abre un texto  y el legendario punto que le pone fin cabe nada más y nada menos que el universo en sí. En ese pequeño e impenetrable espacio se sitúa todo lo que ha sido y todo lo que está por venir. Pasado piel adentro. El futuro a mares. Así de poderosa es la escritura. ¿Será que nada hay fuera del lenguaje? Probablemente no. Nombrar, sin duda, equivale también a crear.

Pero también sé que cada que escribo me crece la nariz. ¿Por qué? Porque esa especie de seguridad ontológica a la que me refería antes no es sino una ficción, la ilusión de que se tiene el control sobre algún ámbito de la vida. Apariencia pura que asume  la existencia de puentes sólidos entre las palabras y las cosas, por decirlo foucaultianamente. Pft. Como si la distancia entre lo que se piensa y lo que se escribe no fuese abismal. Como si la producción de sentido no fuera un atolladero insondable del que no se sale indemne. Como si no bastase retorcer un poco las reglas para quebrantar el andamiaje de la escritura. Entonces sonrío a medias. Ironista  -Rorty me hace un guiño-. Bebo un sorbo más. Otro. El espresso se ha enfriado. El último trago. Es hora de seguir adelante y continuar.

Sea pues.

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