Liminalidad y paralaje

Soy un  convencido de que los libros son los que lo eligen a uno, y no a la inversa. Y asumo, por supuesto, las consecuencias de esta afirmación (i. e. deconstrucción del vínculo entre amo y esclavo; erosionamiento de la ilusión soberana; ingreso en las filas de la servidumbre voluntaria; y así un largo etcétera). ¿Por qué traigo a colación lo anterior? Trataré de explicarme: allá por el ya lejanísimo año de 1999 llegaron a mis manos -de manera inesperada y muy circunstancial- dos textos situados del lado de allá, el lado de la literatura, del goce, los cuales serían a la larga fundamentales para el lado de acá, es decir, el de la chamba, el de la orilla académica. Como nota al margen: hago una distinción entre trabajo y goce solo con fines expositivos. Ergo: dicha distinción es heurística y artificial. La verdad es que soy de los afortunados que gozan su trabajo y trabajan duro en el goce.  Fin del rodeo. Regreso al texto. A los textos, mejor dicho. El primero de estos libros fue Prosa del observatorio, publicado en 1972 por Julio Cortázar. Una mujer con la que apenas crucé palabra en los cuatro o cinco años en que fuimos  vecinos me hizo llegar una linda edición en pasta dura, hecha por Lumen a mediados de la década de los ochenta, en el siglo XX. En la portada había un post-it amarillo que decía: “Sé que es tu autor favorito”. Y así, sin más, el librito en cuestión pasó a las filas de mi biblioteca. El segundo fue La isla del día de antes, de la autoría de Umberto Eco (editado también por Lumen a mediados de los noventa). Llegué a este por un gracioso yerro. Y es que no cabe duda que a veces la única manera de ser certero es errando. Era uno de esos sábados en los que acostumbraba a ir a la caza de libros en El Día (librería tijuanense que en aquel entonces se asentaba en Plaza Río). En mi lista estaba el Vigilar y castigar, del entrañable francés que todos quieren. Sin fijarme demasiado en los detalles, tomé un ejemplar de los estantes inferiores, y lo apilé junto con los otros seis o siete que esperaban en el mostrador, cerca de la caja. Pagué y me fui con mis libros a otra parte. Al llegar a mi departamento descubrí que por error mío -o del encargado de acomodar los libros alfabéticamente y por temas- había adquirido el texto de Eco  (y no el libro de Michel que originalmente pretendía obtener). Maravillosas serendipias que casi sin quererlo le reconfiguran a uno el pensamiento.

Por aquellos días estaba metido  de lleno en un posgrado  y buena parte de las horas se me pasaban entre lecturas y botellas de nebiolo (botellas que utilizaba para colocar velas e iluminar mi escritorio, no vayan a creer que el tinto y yo, etc.). Unos meses antes de mi arribo al Prosa y a La isla había tenido mi primer encontronazo con Žižek (cuyo El espinoso sujeto me saltó a las manos en un pasillo polvoso de la biblioteca de El Colef). Desde entonces no me he podido librar del maldito esloveno. En fin, podría relatar la especie de epifanía, de aparición espectral que operó una noche lluviosa, cerca de la madrugada, a partir de la que, solitos, esos tres libros se conjugaron para derrumbarme algunas certezas/hacerme caer algunos veintes en la cabeza. Hubo aquella noche la intuición de un otro orden, un esbozo de algo en el horizonte que me ofrecía un norte que perseguía y perseguía siempre con el mismo destino: un muro de desconcierto y la consabida vuelta a la realidad, al estate quieto. Ahí, clavado como una estaca, estaba yo, frente a la ventana de mi estudio (que daba a la carretera, por cierto), contemplando claramente un conjunto de posibilidades, de desafíos conceptuales, a los que me emocionaba hacerles frente. Sudor en las manos. Respiración agitada. Motosierras en el estómago. Desde luego, esa sensación de certidumbre es, como siempre, bastante elusiva. Así como llegó se esfumó. Lo que por un instante se me aparecía como claro volvió a ser opaco, denso. Como quiera que sea, aquel par de segundos movió irremediablemente mi centro de gravedad (no sé cómo explicar lo que pasó, y no tengo palabras suficientes). Lo único que logré rescatar fueron tres palabras anotadas en mi proverbial cuadernillo: dislocación. Liminalidad. Paralaje. Y dos garabatos que, después comprendí, eran referencias a los textos de Eco y de Cortázar. Vaya cortocircuito. La transcripción literal de tales referencias está aquí abajito, al final del post.

Por supuesto, desde entonces y hasta ahora me he empeñado en explorar los efectos que produce acudir a ese tipo de términos. Hacer del margen un nuevo centro; asumir que los efectos preceden a la causa; incorporar una mirada paralática; reconocer que toda frontera entre disciplinas es altamente porosa; pensar en los vasos comunicantes entre literatura y ciencia; la ironía y el escepticismo como epistemología; en fin, todo ello ha sido una especie de mantra al que recurro con frecuencia. Ya habrá tiempo para hablar de eso. Quizá. Por lo pronto, dejo aquí los fragmentos culpables de tanto enredo en el que me meto.

Sea pues.

 

 

Prosa del observatorio

Esta carta infundirá en la señora Bauchot la horrenda sospecha de que los brontosaurios saben escribir, por eso una postdata gentil, no me entienda mal, querida señora, qué haríamos sin usted, sin Dama Ciencia, hablo en serio, muy en serio, pero además está lo abierto, la noche pelirroja, las unidades de la desmedida, la calidad de payaso y de volatinero y de sonámbulo del ciudadano medio, el hecho de que nadie lo convencerá de que sus limites precisos son el ritmo de la ciudad más feliz o del campo más amable; la escuela hará lo suyo, y el ejército y los curas, pero eso que yo llamo anguila o Vía láctea pernocta en una memoria racial, en un programa genético que no sospecha el profesor Fontaine, y por eso la revolución en su momento, el arremeter contra lo objetivamente enemigo o abyecto, el manotazo delirante para echar abajo una ciudad podrida, por eso las primeras etapas del reencuentro con el hombre entero. Y sin embargo ahí se emboscan otra vez Dama Ciencia y su séquito, la moral, la ciudad, la sociedad: se ha ganado apenas la piel, la hermosa superficie de la cara y los pechos y los muslos, la revolución es un mar de trigo en el viento, un salto a la garrocha sobre la historia comprada y vendida, pero el hombre que sale a lo abierto empieza a sospechar lo viejo en lo nuevo, se tropieza con los que siguen viendo los fines en los medios, se da cuenta de que en ese punto ciego del ojo del toro humano se agazapa una falsa definición de la especie, que los ídolos perviven bajo otras identidades, trabajo y disciplina, fervor y obediencia, amor legislado, educación para A, B y C, gratuita y obligatoria; debajo, adentro, en la matriz de la noche pelirroja, otra revolución deberá esperar su tiempo como las anguilas bajo los sargazos. Llegar a ella es también serpiente negra de ida; lentos peldaños hacia la plataforma que reta el musgo astral, serpiente plateada de regreso, fecundación, desove y muerte para otra vez serpiente negra, marcha hacia las cabeceras y las fuentes, retorno dialéctico donde se cumple el ritmo cósmico; empleo a sabiendas las palabras más mancilladas por la retórica, de muchas maneras me he ganado el derecho a que brillen aquí como brilla el mercurio de las anguilas y el girasol vertiginoso en las máquinas de Jai Singh. Todavía es tiempo de sargazos, de guerrillas parciales que despejan el monte sin que el combatiente alcance a ver una totalidad de cielo y mar y tierra. En cada árbol de sangre circulan sigilosas las claves de la alianza con lo abierto, pero el hombre da y toma la sangre, bebe y vierte la sangre entre gritos de presente y recidivas de pasado, y pocos sentirán pasar por sus pulsos la llamada de la noche pelirroja; los pocos que se asomen a ella perecerán en tanta picota, con sus pieles se harán lámparas y de sus lenguas se arrancarán confesiones; uno que otro podrá dar testimonio de anguilas y de estrellas, de encuentros fuera de la ley de la ciudad, de arrimo a las encrucijadas donde nacen las sendas tiempo arriba.

 

La isla del día de antes

Lo que él veía no era sólo el mensaje que el cielo le enviaba, sino el resultado de una amistad entre el cielo, la tierra y la posición (y la hora, y la estación, y el ángulo) desde el cual él miraba. A buen seguro, si el navío hubiera echado anclas a lo largo de otra diagonal de la rosa de los vientos, el espectáculo habría sido diferente, el sol, la aurora, el mar y la tierra habrían sido otro sol, otra aurora, un mar y una tierra gemelos pero disformes. Aquella infinidad de los mundos de la que le hablaba Saint-Savin no había que buscarla solamente allende las constelaciones, sino en el centro mismo de aquella burbuja del espacio de la cual él, puro ojo, era ahora origen de infinitas paralajes.

Anuncios

¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s