Un castillo sangriento

Desde siempre he tenido una especie de disposición a dejarme maravillar por lo efímero. Sí, sé que suena a cliché de esos que aparecen en los folletines de autoayuda, o en los carteles que te animan a volar más alto, y surcar los cielos libre como un águila (infaltable en ciertas oficinas donde la burocracia y las corbatas, etc.). Pero ni modo, es cierto: aquello que para algunos resulta nimio y  banal suele ejercer en mí una especie de  atracción ineludible. Sobre todo cuando esas minucias se engarzan con el entorno y producen algo abrumador y más grande que la mera fusión del objeto con su contexto. Casualidades concatenadas. Engranajes evanescentes. Y ocurre así que por un instante el viejo rompecabezas incierto al que llamamos vida, y al que por definición  le falta una pieza, de pronto se acomoda lo suficiente como para tener un poquitín de coherencia. Afortunada o desafortunadamente basta un parpadeo para que la imagen que antes se nos había revelado con cierta nitidez se torne borrosa, se diluya o se fragmente.

Divago, lo sé. Trataré de explicarme.

Y lo haré porque las minucias a las que me refiero son cruciales para mí. ¿Por qué? Porque cuando las gloso, las recuento y les doy vuelta, me hacen saber que no todo está perdido.

En este punto tal vez sería sensato recurrir como ejemplo a la experiencia personal. Pero no. Prefiero no hacerlo. Mi catálogo de engranajes evanescentes es, justo eso, mío. Y soy un tipo egoísta, por eso no se los comparto. En cambio, me tomaré la libertad de poner sobre la mesa uno de los casos más bellos que me ha tocado encontrar. Éste proviene, de quién si no, de la pluma/máquina de escribir de Julio Cortázar. En 62. Modelo para armar este entrañable argentino narra -con una efectividad y una precisión impresionantes- el modo en que se conjugan, casi sinfónicamente y vía un juego de espejos, elementos tan dispares como un libro destinado al olvido; una botella de vino blanco transilvánico; un restaurante desolado; un comensal gordo; y un corte de carne de ternera casi crudo. Cortázar describe ese hormigueo al nivel del vientre, que nos surge a algunos casi siempre como una anticipación, como el anuncio de que viene algo espectacular, y que si no se presta la suficiente atención, kaput, the thrill is gone. Y nos quedamos con un palmo de narices (nunca he sabido qué chingados significa tener un palmo por narices, pero la imagen es una de esas a las que se recurre siempre), con el consabido y posterior destemplado retorno a lo real. Adios, magia. Hola, dura realidad. Y entonces uno se ve obligado a decir, junto con aquél:

En el fondo sé que todo es falso, que estoy ya lejos de lo que acaba de ocurrirme y que como tantas otras veces se resuelve en este inútil deseo de comprender, desatendiendo quizá el llamado o el signo oscuro de la cosa misma, el desasosiego en que me deja, la instantánea mostración de otro orden en el que irrumpen recuerdos, potencias y señales para formar una fulgurante unidad que se deshace en el mismo instante en que me arrasa y me arranca de mí mismo. Ahora todo eso no me ha dejado más que la curiosidad, el viejo tópico humano: descifrar. Y lo otro, la crispación en la boca del estómago, la oscura certidumbre de que por allí, no por esta simplificación dialéctica, empieza y sigue un camino.

El que tenga ojos, oídos, boca, y manos, que descifre.

Sea pues.

 

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