Ah, los recuerdos

La memoria opera de manera misteriosas. De pronto, por serendipia o casualidad, se nos cuela a través de los sentidos un sabor, un olor o un sonido, y puf, se detona en los ganglios basales o en el hipocampo una cauda de recuerdos. Si uno no está al alba, este proceso puede desbocarse y derivar quién sabe en qué puertos. Es aconsejable. Háganlo de vez en cuando. Hace no mucho me ocurrió algo así. Y descubrí un par de cosas interesantes. Les cuento: uno de mis amigos más queridos (y más antiguos) “subió” al Facebook  una fotografía de nuestros años de temprana juventud (éramos los reyes del barrio, por supuesto). En primera instancia la imagen me remitió a la noche particular en la que fue tomada la foto. Habíamos ido al puesto de fritangas de Doña Chelo. Sobra decir que salivé al recordar los tacos dorados de requesón y las gorditas de papa. La manteca de cerdo en las que Doña Chelo sumergía sus platillos les otorgaba un gusto particular tan sabroso, pero tan sabroso, que hoy resultaría, por decir lo menos, escandaloso para mis arterias. Debió haber sido una buen jueves de otoño. Casi estoy seguro. Pasé lista de ésos que allá, en aquel tiempo, también éramos nosotros. Más cabello y menos panza. Menos preocupaciones y más tiempo libre. Noches de guitarra y serenatas… Entonces noté un detalle…

Viraje del tren de pensamiento. Flashback a otro recuerdo completamente inconexo.

Vacaciones familiares. Adolescencia. Playa. Calor. Manzanillo. Mediodía de sábado. Mi madre y mi padre nadando en la alberca del hotel. Mi hermano y yo observábamos desde una sana distancia porque en la preadultez nuestros padres eran también nuestros peores enemigos.  Yo hojeaba Trash Metal, una revista que entonces era la onda entre quienes tocábamos/escuchábamos hard/death y otras tantas formas de metal.  En las páginas centrales le hacían una entrevista a Carcass (una de mis bandas favoritas de aquel entonces). Ésta estaba acompañada de una foto que ha sido fundamental para mí por razones puramente estéticas: Bill Steer, guitarrista, aparecía sentado junto al resto de los miembros de la banda. Llevaba una camiseta negra, un pantalón de mezclilla, y unas botas de alpinista (de esas que llevan cintas rojas, gruesas, seguro saben a cuáles me refiero). Y fue como una epifanía. Así, dije. Lo mío, lo mío, lo mío, son esas botas.

Viraje del tren de pensamiento. Flashforward a otro recuerdo completamente inconexo.

Adultez. Una habitación en Lyon. Tarde lluviosa. Salgo de tomar una ducha caliente. El camino a pie desde la estación del Metro hasta el hotel en el que me hospedaba me había dejado empapado. Gotas resbalando por la ventana (casi estoy seguro que en Facebook hay una foto que tomé de ese día, de esa ventana en particular). La televisión encendida. Zapping. Canal SHO. Cortinillas de Californication. Hank Moody fucking & punching con… Noooo ¿Grace Sheffield (Madeleine Zima)? ¿Pero cómo si ella hace no mucho era una niña en The Nanny?  Golpe al ego por la cauda de años acumulada. Carcajadas. Una de las mejores series que he visto, me digo. Y Hank Moody me hace pensar en el detalle que había notado antes, en la foto compartida por mi amigo.

Momento WTF. Espera. Detengan todo. A un lado los recuerdos. Llamo a mi padre: préstame tu álbum de fotos. Ahorita voy por él. Auto. Periférico a madres. Casa de mi padre. No mames. ¿Cuál es la fotografía más vieja que tienes? ¿Ésta? ¿En serio hace dos décadas y un lustro de eso? Joder. Regreso a casa. Entro y subo las escaleras. Voy directo al vestidor y reviso mi guardarropa. No. Debe ser una broma, pienso. Río.  Ironía.

PD.

Descubrimientos.

  1. Manzanillo fue la última vacación que mi familia y yo tomamos juntos. Jamás pudimos salir los cuatro a algún lado así, en plan familiar. Una pena. La vida nos llevó por lados distintos, hasta la muerte de mi madre…
  2. Llevo el mismo atuendo desde hace más de dos décadas. Ha habido algunas ligeras variaciones, pero el tema permanece estable: camiseta/camisa negra; pantalón de mezclilla (Levi’s, 501); y botas café (hace mucho que dejé las de alpinista). Suscribo una estética que es como el hijo ilegitimo nacido de Bill Steer y Hank Moody. Vaya fachas.

No cabe duda: cambiamos solo para seguir siendo los mismos.

Sea pues.

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