Con voz de mujer

Estuve tentado a revisar, por la fecha, el Políticas de la amistad seguido de El oído de Heidegger, del entrañable Derrida. Y recetarles un texto denso, pero denso, denso. Nomás que no me dio tiempo. Preferí abordar un tema no menos escabroso pero sí más ligerito: la construcción del gusto (musical). No es un secreto para quien me conoce: tengo una especie de affaire con la voz femenina. Sobre todo cuando ésta se sitúa en un contexto musical. No sé exactamente cómo comenzó. Quizá esa fascinación estuvo conmigo desde siempre y no la había identificado con precisión. Tal vez es un asunto relativamente nuevo al que quiero situar en un pasado remoto, o en mi ADN. No lo sé. Tampoco importa. Lo que es cierto es que, haciendo memoria, logré ubicar uno de los referentes más poderosos de este particular embeleso en la belle époque de por ahí de mediados de los noventa; ajá, en pleno siglo pasado (tómala, justo en la chavorruquez). Me refiero a la famosa escena de Philadelphia, protagonizada por Tom Hanks, en la que éste interpreta a Andrew Beckett (un abogado que se ve forzado a ocultar su homosexualidad y su padecimiento debido a los prejuicios prevalecientes en su entorno laboral). ¿Recuerdan cuando, casi en desahucio, escucha la interpretación que hace María Callas de La mamma morta? Ah, pues ahí. Si no han visto la película en cuestión paren en este momento la lectura, vayan a su Netflix más cercano (sí está, ya verifiqué), y échenle un ojo. Está bastante recomendable. O ya de perdis busquen la rolita en Spotify (también está).

¿Ya regresaron? Bien.

Pues justo en medio de esa escena a la que me refiero me di cuenta de que la voz femenina tenía efectos poderosos sobre mí. Por supuesto, algunos podrían decir: “Claro… Es la Callas, a quién no”. Yo también lo pensé. Pero no. No va por ahí. El espectro de voces femeninas incluido en mi playlist respectiva es amplísimo. Lo mismo se encuentra uno a Ruido Rosa que a Karen Souza; a Susie Suh y a Lera Lynn; a Jewel (oh, Jewel) y a las fabulosas SHEL; a Sariñana y a, glorioso descubrimiento tijuanense, Vanessa Zamora, por mencionar solo algunas. La lista es grande y crece exponencialmente. Diversa, plural, etc. Sí se capta la idea. ¿Verdad? Por supuesto, tengo una sección aparte para Bessie Smith, Nina Simone y Billie Holyday, porque ellas son fuera de este mundo… Y el jazz, y el blues, para mí, se cuecen aparte. En fin, regresando al tema: he tratado de identificar algunos factores comunes que articulen o medien esta fascinación mía. Hasta ahora no he logrado identificar alguno plenamente. Por lo menos no en lo que se denomina como “determinantes externos de la configuración del gusto”. ¿Será el timbre de voz? ¿El género musical? No lo sé. Y no estoy seguro que sea algo que esté allá afuera. A lo mejor es algo que ocurre en mi cabeza.  El sujeto habitado por el objeto, y así. El caso es que la voz femenina me interpela. Y me interpela muy bien, ética y estéticamente. Vaya, al grado de que hay viernes de tinto y vinilo en los que casi estoy seguro de que la vida, o la naturaleza, o el mundo, o el universo, o la nada, tienen voz de mujer.

 

Sea pues.

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