Queremos tanto a Julio

“Y me gusta, y soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo”.

Julio Cortázar

Desde mi temprana juventud y hasta hoy que me enfilo inevitablemente a la vejez, en Julio Cortázar he encontrado las palabras justas para nombrar con precisión mucho de lo que me acontece. Digo en Julio Cortázar y lo hago con plena alevosía. Esto es así porque me refiero no solo a la dimensión literaria del universo cortazariano (la cual es fundamental para mí). También aludo al conjunto de modos de ser, de aperturas para posicionarse en el mundo y absorberle el tuétano a la vida, postuladas por este entrañable argentino: la excentricidad como signo; el desasosiego que aguijonea al espíritu; la inquietud de sí; el paralaje verdadero; la tangencialidad como vínculo con lo Otro; la disposición dejarse habitar por un -casi siempre- maravilloso extrañamiento;  la cotidianidad de lo insólito; los felinos como tótem; el jazz -oh sí, el jazz-; la terriblemente placentera sensación de no estar del todo en ninguna parte… En fin, el efecto Cortázar en toda su magnitud.

¿Y ahora? ¿Relato cómo fue mi primer encuentro con la obra de Julio? Tendría que remontarme a los libros de texto de la educación primaria. ¿Hablo de aquella primera edición de Rayuela que atesoraba como pocas cosas y que sin embargo le regalé a una desconocida, nada más porque podía hacerlo? Quizá sea mejor evitar todo eso, porque me extendería por hojas y hojas. Mejor diré que no es un secreto que viajé a París como una especie de peregrinaje, de redención absurda. En principio, oficialmente había una razón académica (congreso, ponencia, etc.). Pero detrás de todo, agazapado como un gato en el vientre, estaba el deseo que aqueja a todo perseguidor, es decir, la necesidad inexplicable de caminar aquellos pasos, de respirar la noche y mirar el Seine inclinado sobre el pretil de hierro  del Pont des Arts. De estar ahí. Quizá algún día hable de aquél entonces. Hoy solo me interesa recordar que mi última tarde en la ciudad luz  transcurrió en el Cimetière du Montparnasse, junto a la tumba de Julio. Llovía despacito, y hacía frío. Julio y yo compartimos un delicioso burdeos (hubiera preferido un nebiolo, pero me fue imposible encontrar uno). Yo estaba hecho un cliché con patas. No llevaba flores. Solo eso me faltó. En cambio, sí traía conmigo la libreta donde a ratos escribo una novela que nunca terminaré. Arranqué la última hoja (donde estaba escrito el final, la única cosa que tengo clara de ese bodrio), y la dejé sobre la lápida. Coloqué una piedrecita encima. Y por alguna razón, en la bolsa de mi chamarra llevaba una pieza verde de lego. Nunca supe cómo llegó ahí. También, por supuesto, la puse con cuidado sobre el papel que ya comenzaba a mojarse.

En fin, podría decir tantas cosas sobre Julio. O sobre París. Quizá un día. Hoy no. Hoy prefiero descorchar un tinto y acudir a ese viejo y secreto ritual que me acompaña desde hace décadas:  como casi siempre lo hago en estas fechas, tomaré alguna de las ediciones que tengo de Rayuela (en ocasiones recurro a la que está más a la mano; en otras a la más inaccesible) y abriré una página al azar.  Recordaré que alguna vez, cuando jugaba al escritorcillo, escribí unas Instrucciones para leer estas instrucciones para leery me dejaré habitar a ratos por la nostalgia.

No cabe duda: queremos  y extrañamos tanto a Julio…

 

Sea pues.

 

 

 

 

 

 

 

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