Nayarit

Inevitable, Nayarit. Por los ojos se me cuelan las imágenes de una noche cálida atravesada por fuegos y detonaciones; por estruendos y angustias. ¿Ellos contra ellos? ¿Ellos contra nosotros? No lo sé. Una sensación parecida al miedo se me sitúa al nivel del vientre. Lo primero que observo es que se trata de una zona residencial. Pienso en los vecinos del lugar. En la probable niña de 9 años o en el posible pequeño de 5, aferrados los brazos de sus padres, quienes tratan de simular calma ante el horror, todo va a estar bien, no pasa nada, acurrucados sin entender bien a bien por qué la casa de enfrente se ha convertido en una zona de guerra. Me descubro conversando nocturnamente con mi cómplice acerca de lo que se podría hacer en un caso como éste. Discutimos el calibre de las balas, la resistencia de los muros de la casa, los espacios que quizá sean los más seguros aquí. Tal vez el baño del fondo. A lo mejor el estudio (no, ahí no, porque hay una ventana que da a la calle). Quizá el recoveco debajo de la escalera. Como sea, habría que proteger a los niños con nuestros cuerpos, a manera de escudo, solo en caso de…

Y entonces entiendo el por qué de esa sensación terrible en el vientre. Desde luego, me duele mi país. Hace años tenía cierto resquicio de esperanza. A estas alturas ya no sé si viviré lo suficiente para -lejos de pratioterismos baratos y nacionalismos artificiales que buscan hacer Vibrar a México- ver el renacimiento de una nación de suyo potente y gloriosa.  Pero no es el dolor por el terruño lo que me aqueja hoy. Es miedo. Definitivamente es miedo. Terror. ¿De qué? De que lo violento se nos haya insertado de manera tan profunda en la vida cotidiana. De la necesidad de incorporar al conjunto de estrategias diarias algunas que nos permitan sobrevivir en caso de X o Y. De que la violencia sea un tema tan “normal” en nuestras sobremesas. De que buena parte de nosotros tengamos un familiar o un amigo desaparecido, o muerto a causa de la violencia. De que la esfera de lo terrible se haya ampliado a tal grado que hoy tengamos que dedicar un tiempo en las escuelas a enseñar qué hacer en caso de que nos toque estar en medio de un tiroteo. De que no nos sorprenda casi nada. Vaya, de que poco a poco nos acostumbremos ya no a normalizar o invisibilizar lo violento; sino a justificarlo. Miedo a dejarse habitar por el miedo y para el miedo. La noche de Nayarit es eso. Debería decir: “la segunda vez de Nayarit”. No es la primera ocasión que (les/nos)ocurre.

Quisiera hablar del Estado y sus brutales ineficacias. O del vaciamiento de lo político. O de la ocupación de lo público por un discurso que sanciona positivamente la violencia. O de la desazón y el desencanto que ha acampado entre muchos de nosotros. O de la ingenua pretensión de situar de un lado u otro la patria potestad de la protesta. Pero no puedo. No tengo ganas. Hoy solo quiero detenerme un poco; escuchar las carcajadas de Iago y disfrutar la sonrisa melancólica de Naila que me mira desde su sillón mientras dibuja. Y quizá enviar buenos deseos a las familias nayaritas -tengo afectos significativos allá-. Sobre todo a las que les tocó atestiguar de primera mano el terror y el desconcierto que provocan los proyectiles de una metralleta calibre .50  lanzados desde un helicóptero militar. Vaya desde aquí un abrazo profundo (aunque sé que hoy esto les sirve de muy poco).

 

Sea pues.

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