La nuda muerte: de la biopolítica a la necropolítica y más allá[1]

Hace un par de décadas, Giorgio Agamben se embarcó en una tarea sumamente ambiciosa: navegar por el pensamiento oceánico de Foucault hasta atravesarlo por completo. De manera específica, este entrañable italiano nacido en Roma, alumno brillante de Heidegger, se involucró en la tarea de llevar hasta sus últimas consecuencias las reflexiones foucaultianas y pensar la política más allá del biopoder. Entre 1995 y 1996, estos esfuerzos quedaron plasmados en sus textos titulados Homo sacer: Il potere sovrano e la nuda vita; y Mezzi sensa fine. De la mano de Platón –y un poco también junto con Arendt, Marx, San Agustín, Kafka y otros- Agamben postulaba que la politización de la vida nuda, de la vida como tal, representaba el acontecimiento fundacional, de la modernidad. Así, la hipótesis central que atraviesa tanto al Homo Sacer como al Mezzi y a algunos otros textos más recientes sugiere que la arquitectura institucional moderna, es decir, los regímenes políticos contemporáneos –tanto democráticos como totalitarios- se han desplegado en un espacio jurídico-instituido que tiende a clausurar a los sujetos, a tutelarlos prácticamente en cada uno de los aspectos de su vida. Y desde luego, a gobernarlos también en relación con su muerte.

Bajo esta perspectiva, Agamben observaba que más que una serie de anomalías, las grandes tragedias de la humanidad –tales como el Holocausto y los campos de concentración, hechos en los que éste se enfoca- constituyen una consecuencia inevitable del origen de la política occidental. En tales espacios el ser humano es despojado por completo de su bios, de la vida que le es propia, particular, y queda expuesto en su pura zoé, es decir, reducido a la vida a secas, a aquella que es descartable, desechable, aniquilable sin mayores consecuencias.[2] Ésta es en pocas palabras la consecuencia funesta de la politización de la nuda vida: la gestión y la administración institucional de la dimensión vital de la humanidad y, en consecuencia, la emergencia del Homo sacer: un individuo excluido de la comunidad que puede ser eliminado con toda la impunidad posible (pero que de algún modo es insacrificable). Sobra decir que la nuda vida, cuando es dispuesta y organizada por el andamiaje institucional se convierte, también, en la nuda muerte, en el estado de excepción que suspende todo orden posible, en la barbarie formalizada. Lo anuncio desde ya: el nombre que Reguillo ha adoptado para referirse a este horizonte es el de la necropolítica en tanto esfera situada más allá del biopoder y de su reformulación más contemporánea: la biopolítica. Volveré más adelante sobre este punto.

Pero antes de desarrollar este aspecto vale la pena poner de relieve que recurro a esta apretadísima revisión de un par de las ideas de Agamben porque me parece que desde hace un tiempo para acá, Rossana se ha propuesto una tarea cuya magnitud es equiparable a la que en su momento se impusiera el laureado egresado de la Universidad de Roma. Si entonces éste nos invitaba a reconfigurar las categorías de la filosofía política clásica y repensar lo político junto con Foucault, Reguillo nos coloca hoy frente a un desafío que impone rutas paralelas: en compañía de Achille Mbembe, Rossana esboza algunas de las coordenadas fundamentales para comprender nuestro presente, nuestro doloroso presente mexicano. Ello a través de la incorporación al arsenal conceptual de las nociones de necropoder y necropolítica.

Más adelante retornaré a la lectura que nos ofrece Reguillo acerca de estas nociones, porque es de suma importancia. Por el momento es pertinente mencionar que el texto que hoy nos convoca inicia con el aviso de que la pregunta que articula sus argumentos resultará incómoda no tanto por las respuestas que podría suscitar, sino por todo lo que involucra el hecho de formularla. Desde mi punto de vista, el adjetivo se queda corto: más que incómoda, la interrogante es escalofriante y desgarradora. ¿De qué mueren los jóvenes?, se cuestiona y nos cuestiona Rossana. Desde luego, la pregunta incomoda por lo que supone: la muerte. No cualquiera, sino la de la juventud, la cual es (o debería ser) el epítome de la vida. Pero también representa una ruptura, un punto de quiebre que pone de relieve el agotamiento del proyecto moderno y el límite de la vigencia de la institucionalidad derivada de éste. Esto no es poca cosa. Tal como lo señala Reguillo lo que se evidencia es el fracaso de un modelo de desarrollo que prometía progreso social y económico; y que en última instancia trajo consigo la profundización de las desigualdades, la inequidad en el acceso y la distribución del poder, la vulneración y precarización de amplios sectores de la población; y de entre éstos, los más afectados históricamente han sido los jóvenes.

Desde luego, ésta es una tendencia observable a escala global. Ante ello, Rossana evidencia lo que ocurre en el caso mexicano. La pregunta, pues, persiste y se focaliza. ¿De qué mueren las y los jóvenes mexicanos? La respuesta es contundente: se matan o los matan. Mueren pues a causa de la violencia. Las cifras que se presentan en el texto son mucho más que incómodas. Reguillo señala que tan sólo en el 2012, en nuestro país encontraron la muerte 20 658 jóvenes, es decir, más de 20 mil hijos, hermanos, estudiantes, esposos, padres. De éstos casi la mitad de los fallecimientos se debió a la violencia directa. Más aún, a contracorriente de lo argumentado por el discurso oficial, Reguillo plantea que la violencia no es situacional, sino que atraviesa al país por todos los costados, y lo desangra. No es un tema localizado en dos o tres zonas “calientes”, sino que constituye un flagelo que se despliega por todo el territorio nacional. No cabe duda que el manto de lo violento ensombrece el presente pero también el futuro. Escribo esto y no puedo evitar pensar en un texto que titulé El umbral de la noche del mundo, el cual fue presentado hace un par de meses en un congreso sobre Revueltas y Revoluciones (realizado en la altamente significativa Praga). Ahí pretendía reflexionar –en un intento de domar un poco el miedo y la rabia- acerca de Ayotzinapa en términos de lo que Badiou define como Acontecimiento. Rossana lo hace aquí mucho mejor que yo. En fin, de cualquier manera, no cabe duda que habitamos justo en ese umbral en el que la noche se cierne sobre nosotros y se abre un abismo al que ella propone que nos asomemos. Propuesta incómoda, seguro. Desgarradora como pocas.

Apoyada en los argumentos de Achille Mbembe (2003),[3] Reguillo plantea la pertinencia de desplazar la mirada analítica hacia la existencia de un poder difuso, que no necesariamente se encuentra anclado en el Estado (y a partir de esta afirmación plantearé hacia el final un par de preguntas). A pesar de ser borroso, este poder tiene efectos muy concretos, puesto que entrevera lo que el autor camerunés ya mencionado refiere como “economía de la muerte” en el plano de las relaciones de producción y del ejercicio del poder. Es precisamente en este desplazamiento, en la reformulación de las preguntas que interrogan por el control de la vida y el poder sobre la muerte, en el que emerge la noción de necropoder.[4] Pero no solo eso. También se postula el horror como categoría de análisis –sentencia Rossana-. Este es un asunto fundamental en los planteamientos de la citada autora, puesto que implica un desplazamiento analítico que contribuye a la reconfiguración del modo que tenemos para interpretar este desolado mundo. Retrotraer al horror como categoría analítica implica pensar, junto con Mbembe (2003), en la emergencia de mundos de muerte, en instrumentos capaces e Es precisamente en el centro de este mapa conceptual donde es posible producir cierta inteligibilidad para comprender el presente. Pero para ello se requiere modificar de manera radical el marco de las preguntas posibles, es decir, el episteme. Todo ello implica –asevera Reguillo- “socavar las bases en las que se asienta nuestra comprensión del mundo”. Hace dos décadas era Agamben quien hacía esta invitación. Hoy Rossana lanza de nuevo el desafío. Nuda vida. Nuda muerte. Necropolítica.

Las consecuencias de este abordaje no son menores. El recuento de desapariciones que Rossana enumera en su texto puede leerse –a la luz de los argumentos de Dbembe- como un proyecto del necropoder, a partir del que se elimina y oblitera toda posibilidad para la juventud. Juvenicidio es el término que utiliza la autora para referirse a estas catástrofes. Esta noción resulta crucial puesto que

“…nombra, ilumina, elucida la muerte sistemática en función del valor del cuerpo joven, valor que aceita la maquinaria de la necropolítica. Valor que puede definirse tanto por positividad (yo te secuestro y después de obtener ganancias de distinta índole, materiales, simbólicas, territoriales; te elimino), como por negatividad (yo te desaparezco y te aniquilo, porque tu vida me estorba y eres más útil muerto)” (Reguillo, 2015).

Recordaba, más arriba, el surgimiento de una economía de la muerte, tal como lo siguere Mbembe. Creo que con esta cita Rossana nos ofrece un claro ejemplo de lo anterior. Finalmente, el texto llega al horror de Ayotzinapa. En términos sucintos se enumera el gravísimo saldo que ha dejado hasta ahora este acontecimiento:

“6 muertos (uno de ellos, desollado), 5 heridos de gravedad (dos al borde de la muerte) y la desaparición forzada de 43 estudiantes (uno de ellos identificado por un hueso); un presidente municipal y su esposa presos; un gobernador destituido, un palacio de gobierno y varios edificios gubernamentales en llamas; una presidencia terriblemente cuestionada ya no solo por los mexicanos, sino además por la comunidad internacional y algunos de esos elefantiásicos organismos –como la ONU- que se han pronunciado con fuerza sobre el ‘caso’. Una movilización social sin precedente en el país y el grito en las calles y en las redes de ‘Vivos se los llevaron, vivos los queremos’.”

Como siempre, más allá de la mera descripción de los hechos, Rossana ofrece algunas pistas para dotar de sentido al vacío y pone de relieve algunos aspectos cruciales derivados del horror llamado Ayotzinapa: 1. Obligó al país a prestar atención a la violencia creciente; 2. Visibilizó a la juventud tanto como sujeto vulnerado por la violencia, pero también como el protagonista del presente y del futuro; y 3. Fomentó una conversación colectiva en el que los actores sociales descubrieron un “nosotros” que no estaba solo, sino que compartía desesperanzas y soledades. Digámoslo una vez más, el país está desgarrado y la noche se cierne sobre nosotros. Repito a manera de guiño: sobre nosotros. De la nuda vida a la nuda muerte: la necropolítica.

Para Rossana todo lo anterior se coagula en lo que desde la ciencia médica se denomina disforia, una especie de emoción hegemónica que se alimenta de la desesperanza, la tristeza y el miedo. Ésta, la disforia, es para Reguillo una especie de espíritu de nuestro presente mexicano. Cuando se traslada del registro psiquiátrico y se postula en clave antropológica, puede verse que el tono que marca la narrativa de lo violento en México es, precisamente, la disforia. De eso se habla. Desde ahí se nombra y se dota de sentido al mundo, a un país que en última instancia es, por ponerlo así, una sucesión de fosas clandestinas y muertes y desolaciones.

El texto -desafiante e incómodo- de Rossana finaliza con una nota menos funesta. Si la juventud es víctima y victimario, también es esperanza. Entre el #YoSoy132 y el México-Ayotzinapa, comienza a perfilarse el rostro del “nosotros” al que me refería hace un momento. Este rostro es joven, diverso y cambiante. Es precisamente este sector de la población, el joven, el que lleva entre las manos, muy por delante, la tarea que vislumbra Reguillo en el texto que hoy nos convoca. Son ellos, a través de ellos, de las y los jóvenes, que se amplían los márgenes de lo posible, por citar al Rancière al que también alude Rossana, que se reformulan los modos de pensar, que se reconfiguran los significados. Hoy, amplios sectores de la juventud mexicana hackean –dice Rossana- no solo las redes, sino los cimientos que orientan nuestra comprensión del mundo, y postulan otro con sus actos. Un mundo distinto; un mundo donde quepan muchos mundos.

Termino colocando tres aristas que se derivan de la lectura que efectué del texto de Rossana. Éstas competen, desde luego, a los avances de investigación que ahí se muestran. Pero creo que también pueden tener resonancia en términos del programa investigativo en el que estamos involucrados, de una manera u otra, con la indagación de las trayectorias y circuitos juveniles.

  1. Sin duda la juventud mexicana se erige como uno de los principales actores del presente y del futuro. No obstante, se precisa reconocer que las paradojas señaladas por Hopenhayn hace una década –y a las que se enfrenta este sector de la población- se han intensificado y profundizado (i. e. mayor nivel educativo y menor posibilidad de insertarse en el mercado de trabajo; mayor acceso a la información y menor incidencia en los procesos de toma de decisiones). ¿De qué manera los jóvenes se hacen cargo de esas condiciones, en tanto que obliteran su agencia, su futuro?
  2. El campo político y la política requieren de un trabajo de reconfiguración conceptual y práctico que los resignifique, que los abra de par en par. La vigencia de la institucionalidad contemporánea ha llegado, sin duda, al límite y en el horizonte no hay a la vista actores/procesos que se hagan cargo de dicho trabajo. ¿Qué espectros nos esperan en el futuro mediato? ¿Con qué rostro se dibuja al México de los próximos lustros? El panorama no es nada grato.
  3. En la última década se han intensificado los procesos de movilización social (lo que esto quiera decir en la actualidad). Buena parte de lo anterior ha tenido como protagonista a diversos sectores de la juventud. Sin duda se ha ido acumulando una fuerza social altamente significativa. Desafortunadamente, los espacios institucionales para canalizar esta energía están clausurados, o inmersos en una profunda crisis de legitimidad. ¿Será que los jóvenes lograrán Pensar sin Estado (por decirlo à la Lewkowicz) y articular nuevos espacios para (la ampliación de) la política? ¿Desembocará esta fuerza social acumulada –sin válvulas de escape visibles- en un poderoso estallido social?

Muchas gracias.

Referencias

Agamben, Giorgio. Means whitouth end. Notes on politics, University of Minessota Press, EUA, 2000.

Agamben, Giorgio. Homo sacer. Sovereing power and bare life, Standford University Press, EUA, 1998.

González Aguirre, J. Igor I. “Ayotzinapa: el umbral de la noche del mundo”, ponencia presentada en la 2nd Global Conference on Revolt and Revolution, llevada a cabo en la ciudad de Praga, entre los días 4 y 6 de noviembre de 2014.

Lewkowicz, Ignacio. Pensar sin Estado. La subjetividad en la era de la fluidez, Paidós, Argentina, 2004.

Mbembe, Achille. “Necropolitics”, en Public culture, 15(1): 11-40, Duke University Press, EUA, 2003.

Reguillo, Rossana. La turbulencia en el paisaje: de jóvenes, necropolítica y 43 esperanzas, Avances de investigación, ITESO, México, 2015 (mimeo).

[1] Presento los comentarios que hice a los avances de investigación mostrados por Rossana Reguillo, el 17 de marzo de 2015, en las instalaciones del ITESO. El texto en el que se plasman dichos avances se titula” La turbulencia en el paisaje: de jóvenes, necropolítica y 43 esperanzas”.

[2] Agamben (1998) señala que los griegos no contaban con un término para referirse a lo que hoy entendemos como vida. Por el contrario, utilizaban dos términos semántica y morfológicamente distintos: zoē y bios. El primero remite a la vida que le es común a todos los seres vivientes; es la vida como tal. El segundo alude a la forma de vida particular, propia de un individuo o grupo.

[3] Reguillo se apoya en un texto más reciente de Mbembe, de 2011, titulado Necropolítica seguido de Sobre el Gobierno Privado Indirecto, de la editorial madrileña Melusina. Ambos textos se encuentran atravesados por una hipótesis crucial: la expresión última de la soberanía reside, en buena medida, en el poder y la capacidad de dictar/dictaminar quién vive y quién muere. Esto distancia al autor de las perspectivas más ortodoxas de la ciencia política, las cuales conciben la soberanía como un asunto que acontece tanto dentro de los límites del Estado-nación (mediante el conjunto de instituciones empoderadas por el Estado) como en las redes e instituciones supranacionales. En este sentido, puede decirse que Mbembe sigue la ruta trazada primero por Foucault en la década de los setenta y luego por Agamben al inicio del nuevo milenio. En síntesis, Mbembe plantea que la modernidad constituye la base en la que se anclan las múltiples concepciones de la soberanía y, por ende, de lo biopolítico. Esto ha traído como consecuencia una instrumentalización generalizada de la existencia humana y la destrucción material de cuerpos humanos y de poblaciones enteras. Ésta es la premisa básica sobre la que este autor camerunés desarrolla sus argumentos (i.e. la política es la muerte que vive una vida humana, dice Mbembe acerca de la lectura que hace de Hegel).

[4] Desde una perspectiva que retoma a Franz Fanon y a , Mbembe (2003) ha esbozado las nociones de necropoder y de necropolítica. A partir de éstas se busca dar cuenta de las maneras en las que en el mundo contemporáneo se despliegan armamentos enfocados en lograr la maximización en términos de la destrucción de personas y, por ende, en la creación de mundos de muerte: nuevas formas de existencia social en la que vastos sectores de la población están sujetas a condiciones de vida que las convierten en poco menos que muertos vivientes.

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