El paraíso es aquí: una mirada a las memorias de un preso en las Islas Marías

Primero que nada me gustaría agradecer la oportunidad de presentar este libro. Para mí, esta invitación tiene un significado especial por muchas y diversas razones. Podría mencionar por ejemplo que soy un lector de tiempo completo, que engulle libros a diestra y siniestra; o que la literatura es una de mis pasiones primordiales y más placenteras. Y así, muchos ejemplos banales. Pero la causa principal que hace de este evento algo altamente significativo para mí radica en que Basilia Valenzuela, a quien le reitero el agradecimiento por la invitación, es una figura fundamental para el rumbo que tomó mi vida allá por la lejana década de los noventa, del siglo pasado. Ella, por decirlo a manera de guiño, me regaló el norte e incidió en aquel entonces de manera crucial en esto que hoy es mi presente. Gracias. Mi admiración y mi respeto, siempre.

Dicho lo anterior, pasemos a lo que nos convoca este día:

A manera de punto de partida, quiero decir que todo acto en el que se presenta un libro en sociedad es siempre, aunque sea un poco, una especie de dictamen o de juicio sumario. Quien expone y analiza una obra, e intenta comunicar parte del contenido de ésta a otros, también efectúa un conjunto de valoraciones y críticas, ya sea de manera explícita o implícita. En una presentación, cualquiera que sea, las palabras no son puestas al azar, ya que expresan posicionamientos, fobias y complicidades. He ahí lo enriquecedor de este tipo de diálogos en público o de monólogos a varias voces: las presentaciones de libros se convierten también en espacios donde la conversación fluye, y donde la palabra se torna protagonista.

En este sentido, debo aclarar que usualmente me corresponde presentar textos de corte académico. Cabe decir que éstos, casi siempre, son “medidos” en función de su rigurosidad, de su coherencia interna, y de su solidez teórico-metodológica. En fin, se evalúan –y se presentan también- desde una perspectiva que privilegia criterios más o menos racionales. Pero ocurre algo distinto cuando la obra que se expone se sitúa más en el campo de la literatura. Antes de continuar hago una pausa para señalar que una obra como la que hoy presentamos resulta difícil de encasillar. Volveré sobre este punto hacia el final de mis comentarios. Por el momento, hay que decir que al acercarse a una obra de naturaleza más o menos literaria, cualquier criterio racional deja de tener peso. A diferencia de los trabajos de corte academicista, que tienden a ser leídos con la cabeza, lo literario resuena más en el corazón y en las entrañas. Es desde estos sitios desde los que efectúo la lectura de Sonrisa tras las rejas. Memorias de un preso en las Islas Marías, obra que hoy nos ofrece J. I. Varela.

Así, debo señalar en principio que el trabajo de este estimado cachanilla resulta altamente eficiente. Esto es así porque las estrategias narrativas que nos ofrece impactan directamente al lugar al que están dirigidas. Dan, sin misericordia, justo en el blanco. Desde el prólogo en el que se esbozan las duras coordenadas socioculturales y familiares en las que el protagonista se despliega, hasta la melancólica posdata que cierra el texto, el J. I., logra punzar varias de esas fibras de esas que mueven y conmueven. La lectura de su libro, ténganlo por seguro, no nos deja indiferentes.

No me cabe duda que algo de lo que contribuye a la eficacia del texto que hoy nos convoca, y a la que aludía hace un momento, tiene que ver con el lenguaje utilizado para narrar sus memorias. A lo largo de ocho capítulos, J. I. Varela es directo, nos cuenta su historia sin tapujos ni adornos barrocos. Nos habla, pues, de frente y de una manera muy cercana al modo en que todos y cada uno de nosotros conversamos en la vida diaria. Esto no es un asunto menor. Resulta fundamental puesto que a partir del lenguaje cotidiano Varela logra reducir la terrible distancia que en muchas ocasiones este tipo de obras establecen entre el autor y el lector. Por el contrario, el J. I. logra colocarnos como un interlocutor más, como un testigo omnipresente que observa cada movimiento; que escucha cada conversación, por más íntima que ésta sea; que tararea despacito, a flor de labio, las canciones que suenan en el radio de la troca que conduce. Somos lectores. Sí. Pero también estamos ahí como espectadores, que lo acompañan en su travesía.

Platiquemos algo del contenido del libro. Sin falso pudor, en el capítulo que abre la obra, titulado “Cómo me hice narcotraficante”, J. I. nos permite asomarnos a ese momento decisivo en su vida, en el que un Grand Marquís azul se estacionó frente a su taller de cerrajería. Del lujoso auto bajó uno de los capos más reconocidos de Nogales, Sonora. Era el señor Ka. Desde luego, no contaré los detalles de la historia, para no arruinarle la experiencia a quien no haya leído todavía el libro. Solo diré que a partir de dicho encuentro, y tanto por su valiente lealtad como por su habilidad en el oficio de cerrajero, el J. I. pasó a formar parte de la nómina del señor Ka. También, a manera de “piquete de cresta” para los posibles lectores, mencionaré que durante un viaje de negocios al Distrito Federal –J. I. transportaba, por tren y en un maletín, un millón de dólares-. El viaje contemplaba una escala en la perla tapatía. Ahí, el J. I. conoció a Ana, una morenaza defeña y de fuego, con quien compartiría un amorío de una sola noche en un hotel cercano a la Nueva Central Camionera de Guadalajara. Como nota al margen, diré que antes plantee que una de las virtudes del texto de Varela consistía, precisamente, en hacernos partícipes cercanos de las situaciones que él experimentaba. Para muestra, basta recordar las palabras que Ana le susurró al oído a J. I. a la mañana siguiente de una noche memorable. Cito: “Papacito, tú sí te sabes mover, no como mi novio, que nada más lo hace como los viejitos, una vez y ya”. Fin de la sabrosa cita.

El segundo capítulo, titulado “El Cargamento”, es uno de los que a mi parecer resultan centrales para entender y dimensionar la totalidad de la obra. En éste se narra con minuciosidad el momento específico en el que la vida de J. I. Varela da un vuelco que al final lo conduciría a ser uno más de los becarios de la Universidad de la Delincuencia, campus Islas Marías. Sin ahondar demasiado en los detalles, el J. I. nos deja acompañarlo en la travesía que iniciaría en Ocosingo, Chiapas y que debería terminar en Mexicali, Baja California. La narración nos coloca prácticamente en el asiento del copiloto de aquella destartalada troca roja, de redilas, en la que el J. I. ponía cintas de Gloria Trevi, o escuchaba a José Alfredo Jiménez decirle, con voz aguardientosa, que no pasara por Salamanca. Casi es posible sentir la adrenalina, el sudor en la palma de las manos, cuando J. I. pasaba aparentemente sereno por los retenes situados a lo largo de la carretera Oaxaca-México, con una tonelada de cannabis sativa bien clavada en las entrañas de la troca.

En fin, por supuesto que no contaré lo que ocurre en todos y cada uno de los capítulos que componen este libro. Diré, eso sí, que prácticamente toda la gama de emociones es explorada y expuesta en la narración que nos ofrece Varela. Miedo, erotismo, rencor, amor, soledad, angustia. Estos elementos están presentes en las páginas de Sonrisa tras las rejas. En este mismo sentido, también quiero señalar que capítulos como “Traslado a las Islas Marías”, “Religiosidad”, “El paraíso de los colonos”, entre otros, nos permiten conocer esta parte de la historia de J. I. Varela, y la manera en que un conjunto de circunstancias lo hicieron vivir rápido, morir pronto, y renacer para contarlo todo. Esta experiencia, anclada en sus memorias, es precisamente la que está expuesta, sin timidez ni reserva, en el libro que hoy nos convoca. Es, pues, una lectura indispensable.

En una nota más general, y definitivamente como un síntoma de mis sesgos, no puedo evitar “teorizar” acerca de la obra que leí. Al principio mencionaba que me resultaba difícil encasillarla en un género. Por supuesto, considero que ésta es una virtud, ya que ésa especie de ubicuidad es, precisamente, uno de los factores en los que radica su eficacia. Trataré de explicarme. No me cabe duda que J. I. Varela logra posicionar su libro en por lo menos cuatro grandes planos. El primero es, sin duda, el de la narración biográfica novelada. La estructura del texto, el modo en que están presentados los diálogos y las situaciones, así lo demuestran. Pero este asunto también opera a la inversa: el trabajo del que hoy hablamos bien puede verse como una obra literaria minuciosamente anclada en la realidad, es decir, en eso que Guillermo Fadanelli y otros han descrito como “realismo sucio”, al referirse de manera irónica al “realismo mágico” abanderado por autores como Fuentes y García Márquez.

Otra de las vertientes que toca la obra de Varela se sitúa en una especie de mirada sociológico-antropológica. De ello se da cuenta en el retrato que el autor hace tanto del funcionamiento de la institución carcelaria y de los procesos burocráticos inherentes al hecho de estar preso, como de los modos de organización y jerarquización presentes en las Islas Marías. La narración de las relaciones sociales que se establecen al interior de la prisión, como los usos y costumbres que se derivan de lo anterior, también constituyen una clara muestra de dicha mirada. Finalmente, hay algo que atraviesa por completo cada línea en este libro, y es algo de lo que no hemos hablado: me refiero a la noción de libertad. Ésta, no me queda duda, es el núcleo temático de la obra, y produce tanto sueños como angustias; es una esperanza pero también un lastre; es un tema contradictorio, tenso, puesto que para Varela la libertad es algo que se tiene aún estando preso en, paradójicamente, una cárcel sin rejas. Esta discusión, que aparece a manera de correlato durante toda la obra, se sitúa en el plano filosófico de las grandes preguntas, y contribuye a dimensionar aún más la importancia narrativa del trabajo de Varela.

Por otra parte, casi estoy seguro de que no es interés de este cahcanilla aparecer listado en eso que los críticos literarios han denominado como “literatura fronteriza”. No obstante, yo no tendría ningún empacho en colocar el texto que leí junto a los libritos que tengo de Elmer Mendoza, de Gabriel Trujillo, o de Eduardo Parra. Ojalá y pronto podamos leer más de lo escrito por Varela.

Como quiera que sea, y para terminar, no me resta más que invitarlos e invitarlas a leer Sonrisa tras las rejas. Memorias de un preso en las Islas Marías. Para ello, lo haré de la manera más norteña y elegante que conozco, y que aprendí durante la década que viví en Tijuana, diciendo que este bato tiene cura, y neta, está bien cabrón.

Muchas gracias.

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