Beatriz Pagés y sus seis principios de la propaganda (o la insoportable levedad de la insensibilidad)  

Hasta en los cursillos más elementales de lógica formal se enseña que, en el contexto de un debate o deliberación, en muchas ocasiones se recurre al vetusto truco de la retórica demagógica victimista. Esto sobre todo cuando uno de los interlocutores resulta incapaz de defender una postura con argumentos sólidos. Así, quien llega al límite de sus posibilidades argumentales busca descalificar al adversario a través de falacias disfrazadas de crítica mordaz, en lugar de deliberar y rebatir las ideas. Forma pura, nulo fondo. Esta estrategia suele ser altamente eficaz, y quizá por ello tiene tanta vigencia en la actualidad: en la medida en que los argumentos se terminan se adopta el papel de víctima. Esto también instala al oponente, de forma automática y frente a terceros, en el rol del atacante. El adversario se transforma en enemigo. Pareciera que esta distinción es puramente semántica. No obstante, tiene un significado profundo: al adversario se le vence en el plano de las ideas; el enemigo es alguien a quien se precisa aniquilar por completo.

De este modo, quien se siente derrotado intenta culpar al enemigo de su situación. Ello a través de la mención de agravios y menoscabos ficticios; se busca, pues, desprestigiar al oponente a como de lugar; se intenta convertirlo en el victimario. Bajo esta perspectiva, cualquier contra-argumento que se esgrima puede ser interpretado como un ataque por parte del supuesto ofensor, mientras que las diatribas del interlocutor convertido en falsa víctima pueden ser vistas como un acto legítimo de defensa. Por supuesto, otro de las aristas o nombres de esta especie de retórica demagógica/de victimismo paranoide es, desde luego, la propaganda. No está de más recordar que uno de los exponentes más visibles de este mecanismo fue Paul Joseph Goebbels, quien entre 1933 y 1945 ocupó el Reichsministerium für Volksaufklärung und Propaganda de la Alemania Nazi. Se dice que en aquellos años, Goebbels acuñó la famosa frase que ha servido de anatema para buena parte de la clase política en todo el orbe: “Wenn man eine große Lüge erzählt und sie oft genug wiederholt, dann werden die Leute sie am Ende glauben” (si se repite una mentira lo suficiente, etc.).

Esta frase, sin duda, constituye la médula de lo que popularmente se conoce como los 11 principios en torno a la propaganda, redactados por ese tristemente famoso teutón ya citado. ¿Por qué es importante traer a colación este recuerdo de un pasado no tan remoto y sí muy amargo? La respuesta radica en que en un contexto político efervescente y espinoso, como por el que atraviesa nuestro país en estos días, la táctica goebbelsliana es un recurso utilizado con extrema frecuencia por las clases políticas. Ello a manera de ocultamiento, de cortina de humo, de mecanismo de convencimiento, para intentar defender lo indefendible. Pero no solo eso: revisar tales principios funciona también como un “mapa” que permite situar las coordenadas ideológicas del lugar de enunciación de los argumentos de quien recurre a la retórica demagógica victimista, a la propaganda. Bajo esta perspectiva pueden entenderse y dimensionarse los esfuerzos masivos que buscan legitimar la represión, la violencia de Estado, la criminalización de la disidencia y la protesta.

Para entender cómo funciona este mecanismo basta revisar un ejemplo. A mediados de noviembre del presente año Beatriz Pagés publicó una editorial titulada “La trampa”, en la revista Siempre! Presencia de México, la cual, por cierto, dirige desde hace poco menos de tres décadas. En términos generales, la periodista, política, y también secretaria de Cultura del Partido Revolucionario Institucional (PRI) asevera en su texto que el profundo malestar, la indignación, y el hartazgo que se experimentan entre amplios sectores de la población que sale a las calles no son sino una mascarada, un simulacro orquestado por aquellos que apuestan por la desestabilización del país. Como si el dolor de los padres y madres de los 43 normalistas desaparecidos fuese una farsa; como si la pena de las casi 25 mil familias destrozadas, rotas, porque no saben el paradero de sus seres queridos, fuese una actuación. Como si la ausencia de los más de 150 mil muertos –daños colaterales- asociados con la falta de estrategias de inteligencia de un plan de combate al crimen organizado pésimamente diseñado, no pesara en el ánimo de la ciudadanía. Como si los feminicidios fuesen ficticios. Como si el hambre y la pobreza no afligieran…

En estos días, antes y después de Pagés ha habido un coro de varias voces, situadas en distintos frentes, que emiten siempre el mismo mensaje, aunque presentado de diversas maneras: legitimar la represión; minimizar la responsabilidad que tiene el Estado en cuanto a la situación en la que está el país; criminalizar la protesta y el desacuerdo; anunciar con bombo y platillo la mano dura por venir. Propaganda pura. De ahí que desde los medios de comunicación algunos “líderes de opinión” como Ciro Gómez se pregunten si habrá alguien que se atreva a actuar contra los violentos de las protestas; o que Amparo Casar ponga en duda el hecho de que Ayotzinapa fue un crimen de Estado; o Roberta Garza, quien redunda en la idea de que lo que pasa en el país es una simulación; o el colmo de los colmos: la insufrible carta de Carlos Alazraki dirigida a los mexicanos normales (sic), en la que con una infinita elegancia, éste tilda de comemierdas a quienes se manifiestan, y los amenaza con un lacónico: “no se espanten si el gobierno federal reacciona”. Por cierto, la clase política no se queda atrás: en los cuadros de base feisbuqueros encontramos casos como el de Ana Alidey Durán –hija de una lideresa priísta-, la cual escribe en su muro: “por eso los queman, nacos” (al referirse a la reciente manifestación realizada en el Zócalo); o el de Luis Adrián Ramírez –funcionario del Frente Juvenil Revolucionario- quien clama por el regreso de un personaje de la talla de Gustavo Díaz Ordaz para que ponga orden en el país. La cúpula, por otra parte, también participa de esta estrategia: Enrique Peña plantea frente a los medios que está en el centro de un complot que busca desestabilizar lo que él entiende como “proyecto de nación”; o César Camacho Quiroz, máximo jerarca del partido tricolor, quien apuesta por “cortar la cizaña que los desestabilizadores tratan de sembrar”. Por supuesto, en este conjunto de voces también se alza Beatriz Pagés.

En este punto, antes de continuar con la revisión de lo postulado por la mencionada editorialista, vale la pena hacer una precisión: desde luego, se puede estar en contra de las manifestaciones; se puede estar en desacuerdo con el desacato; se puede apostar por la conservación a toda costa del estatus quo. Lo que no se vale de ninguna manera es la insoportable insensibilidad desde la que se adoptan dichos posicionamientos. La crueldad que éstos destilan es, por lo menos, intolerable. Ahí hay un límite que no es posible atravesar. Del otro lado de esa frontera están la dictadura y el autoritarismo. He ahí la importancia de revisar con cierto detenimiento lo que hay detrás del tipo de posturas esgrimidas por Pagés y otros.

Así, puede decirse que el texto de Pagés es una joya en términos de las posibilidades de análisis que ofrece. Esto es crucial porque hoy más que nunca, comprender lo que hay detrás de los argumentos de la citada autora –y del conjunto de voces que intentan desinformar a la opinión pública y posicionar el tema de la desestabilización orquestada- resulta crucial puesto que, por una parte, ilustra el funcionamiento de los engranajes del sistema, y evidencia cómo éste opera para legitimar sus propios objetivos; y cómo se disfrazan intereses privados de lo que se después se socializa como el interés público. Todo ello, por ejemplo, a través del uso sesgado de los medios de comunicación, y de la minimización de la profunda crisis socio-política de nuestro país. Como se observa, uno de los campos de batalla emergentes hoy radica en la producción de significados relevantes. Éste es el nuevo sitio en el que ocurren las disputas.

Por otra parte, y quizá la más importante, es que resulta innegable –casi candorosa de tan ingenua- la manera en que la editorial de Pagés sigue prácticamente al pie de la letra por lo menos seis de los once principios de la propaganda postulados por Goebbels (vid supra). Con ello se revela pues el espíritu que moviliza sus ideas: se pone de relieve el lugar desde el que éstas son presentadas. Sobra decir que las palabras que ella utiliza no son gratuitas. Buscan, como ya se dijo, estructurar significados, modificar la realidad a conveniencia. Por ende, vale la pena efectuar un breve ejercicio de lectura comparada. Revisemos pues, algunos de los principios goebbelslianos suscritos –consciente o inconscientemente- por Pagés, los cuales se hacen evidentes en el texto editorial referido con anterioridad:

  1. Principio de simplificación y del enemigo único.

Con este mecanismo se busca convertir al adversario en un actor hostil que opera regido por una idea única, sin pensamientos propios, casi como un autómata que responde al deseo de otros. Así, el manifestante es visto como un títere en manos de un maquiavélico titiritero. En este sentido, Pagés comenta en su editorial: “La cadena de protestas y actos vandálicos –perfectamente bien orquestados- replicados en varias partes del país demuestra que la desaparición y probable exterminio de los 43 jóvenes normalistas de Ayotzinapa forma parte de una trampa estratégicamente puesta a México”. Las palabras elegidas por la editorialista no son fortuitas ni están colocadas al azar. Todo lo contrario: Pagés sanciona negativamente el derecho constitucional a manifestarse, a reunirse. Como si bastara sugerir la falaz existencia de una especie de “mano meciendo la cuna” para invalidar el hartazgo, la indignación y el desencanto que produce la clase política entre la ciudadanía. Pero no sólo eso. Pagés equipara el conjunto de protestas acaecidas a lo largo y ancho del país –y en el extranjero- con lo que denomina “actos vandálicos”. Ello es un intento claro de deslegitimar la confrontación de ideas. Pero también una forma un tanto sutil de infundir miedo: si sales a las calles a protestar, puedes terminar en la cárcel. Dicho de otro modo, para ella, quien manifiesta su descontento es, poco menos que un criminal.

Más aún: Pagés asevera que quien ya ha está harto del modo injusto en que funcionan las cosas, y en consecuencia sale a las calles a manifestarlo, se convierte en un cómplice más de los artífices de lo que denomina como La Trampa. Marionetas cuyos hilos son “orquestados” por una maquiavélica mano. Así, para esta editorialista y política, quien manifiesta su descontento en las calles es no sólo un vándalo, sino además un integrante del crimen organizado, un guerrillero o un anarquista que busca a toda costa desestabilizar al gobierno y su supuesto proyecto de nación (o lo que verdaderamente es un insulto: todo manifestante es un integrante de las filas de MORENA, o un subalterno de la desgastadísima figura de Andrés López). En fin, de las premisas esbozadas por Pagés se deriva entonces que todo manifestante es cómplice de lo que ella llama La Trampa. Las consecuencias de lo anterior no son menores: quien muestra su desacuerdo con la situación, con el modo en como están las cosas en el país, no es un adversario, sino un enemigo. Como ya se dijo: al adversario se le vence en el terreno de las ideas; al enemigo se le aniquila (desde esa postura es justificable entonces arrancarle a alguien de tajo el rostro, y extirparle los ojos para que la aterradora imagen sirva de escarmiento para quienes intenten, en lo futuro, tomar las calles). Propaganda en estado puro. Las palabras de Pagés no son colocadas al azar.

  1. Principio del método de contagio.

Como es sabido, este método tiene como finalidad colocar a diversos adversarios bajo una misma categoría (i. e. la del enemigo). Pagés asevera en su editorial: “En esa trampa participan varios: el crimen organizado, grupos guerrilleros, agrupaciones sindicales como la Coordinadora de Maestros de Guerrero, mercenarios anarquistas como los que intentaron incendiar la puerta de Palacio Nacional, y partidos políticos —tipo Morena— que apuestan a ganar con la desestabilización”. Frente a lo planteado por Pagés puede decirse que esta especie de “individuación universal” opera bajo la lógica que borra y criminaliza la diferencia, como si todo aquel que opina distinto, que disiente, estuviese en un error. Por ende, se hace preciso corregirlo a toda costa. Si para devolverlo al buen camino es necesaria la represión, el Estado tiene los mecanismos y la justificación para ponerla en marcha. Violencia estructural legitimada. Una vez más, la lógica goebbelsiana que subyace a los argumentos de Pagés indica que subsumir el hartazgo, la indignación, el horror y el miedo, a una conspiración maquiavélica, tiende a uniformae al adversario, lo transforma, como ya se dijo, en un enemigo (no es extraño entonces que el alto mando priísta quiera “arrancar la cizaña” de los que Alazraki considera en su carta como “anormales”. ¿Se alcanza a vislumbrar desde ya quiénes son los verdaderos orquestadores de la desestabilización?

Una vez más, las consecuencias de esta operación goebbelsiana no son menores. Revisemos, por ejemplo, ¿quiénes son, para Pagés, los que organizan La Trampa? Anarcos y guerrilleros, así como los miembros del crimen organizado. La editorialista no hace una distinción básica, puesto que su lugar de enunciación criminaliza la disidencia. No reconoce las diferencias, ni la diversidad de personas y perspectivas que integran a los cientos de miles que en México y en el extranjero están colocando el dedo en la llaga: fue el Estado. Este asunto se torna aún más espinoso cuando se considera que los jóvenes son los que constituyen la mayoría de quienes participan en las demostraciones y manifestaciones en contra del modo en que están configuradas las cosas en México. ¿Acaso para Pagés ser un joven inconforme es equivalente a ser un vándalo o un criminal? Vaya magro favor el que se le hace al bono demográfico constituido por este sector de la población a partir de estas visiones estereotipadas: con una mano se acaricia al joven y se le dice que él y ella son los actores cruciales para el desarrollo del país; con la otra se les reprime, se les criminaliza, se permite que se les ultraje hasta dejarlos tirados en medio de la calle, sin rostro, sin ojos, con los puños y los dientes apretados. Pro-pa-gan-da.

  1. Principio de la transposición.

Éste es quizá uno de los principios más socorridos por los victimistas (vid supra). Desde luego, esto es así porque es casi tan políticamente eficaz como la traición: implica culpar al adversario de los errores propios. Mediante esta operación goebbelsiana se convierte al agraviado en ofensor. Metamorfosis en la que el culpable deviene en ultrajado. Dice Pagés: “Todos estos activistas y propagandistas del terror tienen el mismo modus operandi: utilizan un discurso provocador, engañador y fraudulento para confundir y hacerle creer a la sociedad que la desaparición y posible asesinato de los 43 jóvenes normalistas es un crimen de Estado, como si el gobierno mexicano hubiera dado la orden de exterminarlos”. ¿Acaso ella habla de la imagen que mira en el espejo? ¿Será que para Pagés el entonces alcalde de Iguala, José Luis Abarca, formaba parte de un gobierno extranjero o de otro planeta? Vaya candor. Mejor dicho: vaya intento de insultar a la inteligencia de la ciudadanía.

Más aún, es curioso el mecanismo utilizado por Pagés: desde una posición claramente propagandística, ésta acusa a los activistas de, precisamente, hacer propaganda. Pero no solo eso, la editorialista tricolor lleva al extremo la acusación y equipara a quien hace activismo con un propagandista del terror. Una vez más, se utiliza la potencia de los medios de comunicación para criminalizar la disidencia, la protesta, y el activismo. ¿Qué hay detrás de este mensaje? En principio, una obvia y profunda crisis estructural, de legitimidad y de representación, que atraviesa a todos y cada uno de los partidos, prácticamente en todos los órdenes de gobierno. Las exigencias ciudadanas expresadas en cada una de las manifestaciones recientes en México y en el extranjero así lo demuestran: ese modelo de “democracia” para unos cuantos, se ha agotado y está en fase terminal. En este sentido, desde una perspectiva cortoplacista, pareciera que Pagés sugiere que el escenario violento, incierto, en el que está metido el país, hubiese surgido por generación espontánea el 26 de septiembre. Como si no hubiera una profunda historia de agravios y vejaciones efectuadas, sí, por el Estado. ¿Y las casi ocho décadas de autoritarismo de partido único? ¿Y los tres lustros de vacío democrático derivados de aquella esperanzadora e igualmente decepcionante alternancia blanquiazul? ¿Y el decenio que ha transcurrido desde que se inauguró la guerra contra el narcotráfico y que ha dejado a México bañado en sangre? ¿Y los más de cincuenta millones de pobres? El nudo que tensa a este país no se sitúa en el plano de los activistas, sino que se ancla en la violencia estructural ejercida, directamente, por un Estado incapaz de ofrecer las garantías mínimas a su población. Para Pagés, todo lo anterior es una simulación, una trampa orquestada por los artífices de la desestabilización. Por lo demás, hoy es un día zabludovskianamente soleado en Mexicorp.

  1. Principio de la exageración y la desfiguración.

Bajo esta perspectiva, lo que se pretende es transformar algún incidente menor en una amenaza definitiva. Esta operación goebbelsiana es un corolario del principio presentado en el numeral 3. En este sentido, Pagés afirma: “Basta mirar la firma de Andrés Manuel López Obrador en la puerta incendiada de Palacio —“Lárgate Peña…”— para entender sobradamente lo que está detrás de Ayotzinapa”. Así, no es extraño que en los medios de comunicación estrechamente vinculados con el Estado se ponga el énfasis en la puerta ardiendo del Palacio de Enrique, mientras que se invisibiliza a los cientos de miles de manifestantes que ocupaban el Zócalo de manera pacífica. Más aún: los argumentos de Pagés –junto con las voces de otros- buscan posicionar la idea de una desestabilización orquestada. ¿Será que ella, junto con otros, actúan para minimizar el caos, para desinformar, para desfigurar la realidad, y ocultar que el supuesto proyecto de nación que defienden a toda costa hace agua? Para responder a esta interrogante basta echarle una ojeada a la prensa internacional que antes elogiaba al presidente y que hoy tiende a ponerlo en su lugar. En la medida en que se enfoca la atención en la pinta en la puerta de Palacio, se desdibuja que el crecimiento económico de este país es prácticamente nulo (véanse por ejemplo los recortes al pronóstico de crecimiento para 2015, realizados por el Banco de México). En la medida en que se esgrime un discurso en torno a la trampa que los “bárbaros revoltosos” le han puesto al país se oblitera el hecho de que hoy vivimos en un país cada vez más violento e inseguro, en el que el Estado ha demostrado ser incapaz de ofrecer las mínimas garantías a las que está obligado constitucionalmente. Propaganda que anuncia que el problema no es generalizado, que es una cuestión de percepción guiada por seres ruines y viles. Una vez más: en Méxicorp hace un día soleado. Y con arcoíris.

  1. Principio de la vulgarización.

Este principio se basa en la idea de que toda propaganda debe ser accesible a las masas, digerida, un distractor. Ni siquiera es necesario profundizar en este punto. Bastan mencionar una palabra: ¿Televisa? El reciente regaño que recibieron los mexicanos de parte de su primera dama por andarse metiendo en lo que no les importa es un ejemplo por demás claro.

  1. Principio de orquestación.

Por último, con este principio se señala que la propaganda debe ceñirse a un número pequeño de mensajes, los cuales deben ser repetidos de manera incesante. Se requiere que éstos sean presentados desde diferentes perspectivas, pero siempre enfocadas sobre el mismo concepto. En este sentido, Pagés asevera que a México se le ha tendido una trampa, y que conforme “…transcurren los días se le ven con más claridad las orejas al diablo”. Propaganda pura. Los argumentos de Pagés no son aislados. Como ya se señaló más arriba, hay pues un conjunto de voces, de supuestos líderes de opinión, que sostienen de una u otra manera la misma idea suscrita por Pagés, y la repiten ad nauseam cada vez que tienen oportunidad. Una vez más: basta con leer las columnas de Ciro Pérez, de María Amparo Casar, de Carlos Alazraki, de Roberta Garza, de Roberto Remes, entre otros. El mensaje es claro: hay que vender la idea de que el hartazgo social no es el reflejo de la crisis que atraviesa por completo a la clase política; no es un producto de la inseguridad y la violencia; ni de la profundización de las desigualdades económicas y sociales derivadas del supuesto proyecto de nación. Todo es parte de la gran conspiración que intenta desestabilizar al gobierno en turno. Y en Mexicorp sigue haciendo sol.

Palabras finales

Cuando se toma cierta distancia de la coyuntura y se observa un panorama más amplio, comienza a conformarse una especie de línea de continuidad entre un pasado autoritario que algunos creían superado, y un futuro que se percibe como sombrío. Así, el discurso que busca posicionar la idea de que detrás de la indignación y el hartazgo ciudadano se encuentra un maquiavélico plan, una trampa que apuesta por el caos, no es nada nuevo, sino el modus operandi del sistema. Propaganda en su máxima expresión. Así, Gustavo Díaz, en su IV informe presidencial presentado el 1 de septiembre de 1968, culpaba a los “modernos filósofos de la destrucción”, puesto que éstos no hacían sino injuriarlo y calumniarlo. Todos sabemos, porque no olvidamos, lo que ocurriría un mes después. Años más tarde, el 6 de enero de 1994, Carlos Salinas, en un mensaje dirigido a la nación, hablaría de “profesionales de la violencia” cuyo objetivo no era sino sembrar el caos y la incertidumbre, y deslegitimar el ingreso de México en la modernidad. Por supuesto, se refería a la digna rabia del México profundo, el del verdadero sur. En días pasados, Enrique Peña afirmaría en plena conferencia de prensa que las manifestaciones que de manera continua han tenido lugar en todo el país (e incluso en el extranjero) no son sino intentos por generar un clima de inestabilidad y desorden social desde el que se busca frenar al país. ¿Acaso no se huele en todo esto un cierto tufillo que resulta familiar? ¿Será el rancio olor de un régimen que nunca abandonó sus raíces autoritarias? Una vez más: las cosas cambian solo para seguir igual. Solo que ahora hay una diferencia fundamental: mientras que el régimen opera bajo la misma lógica y echa andar las mismas estrategias empleadas desde hace por lo menos cuatro décadas, el contexto en el que éstas se despliegan es completamente distinto. Los intentos de ocultamiento y de desinformación tienden a convertirse en disparos que salen por la culata. Las desapariciones forzadas visibilizan las propias entrañas de la corrupción. Los acontecimientos le dan la vuelta al mundo en cuestión de minutos, y posan la mirada internacional sobre el país. Los saberes técnicos y tecnológicos están más del lado de quienes oponen resistencia que de los que buscan acallar las conciencias. En un contexto en el que las disputas ocurren también en el plano simbólico, es decir, en términos de la producción de significados relevantes, estos factores adquieren una importancia inusitada, puesto que pueden modificar la balanza.

En fin, es seguro que un análisis menos apresurado pondría de relieve con mayor precisión las consecuencias de textos/voces como las plasmadas en el escrito de Pagés. Por ejemplo, una indagación más detenida y rigurosa colocaría esta discusión en un contexto más amplio, es decir, pondría el acento en los fenómenos que ha detonado Ayotzinapa, los cuales tienen una resonancia más profunda que la propia coyuntura, y nos sitúan como sociedad frente a preguntas fundamentales para el presente pero sobre todo para el futuro. Por ejemplo, hoy como comunidad tendríamos que lidiar con interrogantes acerca de los límites de nuestras atrocidades. Sería preciso que nos cuestionáramos también acerca de la insuficiencia de los mecanismos con los que contamos para acceder y distribuir el poder. Hoy deberíamos preguntarnos acerca de la potencialidad transformadora de eso que Hardt y Negri han denominado como multitud. En estos días tendríamos que mirarnos al espejo e involucrarnos en una reflexión, de modo que pudiéramos comenzar a repensarnos, a reconfigurarnos a través de la articulación de procesos organizativos en los ámbitos más locales posibles. En fin, hay cuestionamientos que necesitamos responder de manera colectiva y con urgencia. Pero como quiera que sea, esas ideas están más allá de los límites de este apresurado texto. Más bien, a manera de cierre, se precisa volver a lo dicho por Pagés: es fundamental reiterar, como se planteaba al principio, que se puede estar a favor o en contra de las manifestaciones que demandan justicia en torno al conjunto de agravios que históricamente han roto el tejido social. Ayotzinapa es uno de estos agravios. Pero también es mucho más: quizá se constituye como un Acontecimiento en los términos planteados por Badiou; quizá tenga la fuerza (des)instituyente que amplíe las posibilidades de la verdadera política, como lo pensara Ranciére en su momento. Quizá. Pero lo que resulta verdaderamente intolerable es el ejercicio cruel de insportable insensibilidad postulado por Pagés y secundado por otros: ningún dolor, ninguna pena, ninguna indignación, ninguna digna rabia, merecen ser minimizadas, desdeñadas, reducidas a meros artificios. Ése es un puente que jamás deberíamos atrevernos a cruzar, puesto que implica la aniquilación del otro, la bruma, la confusión, la pérdida del rumbo. Hay que trazar ahí el límite, porque más allá está la desolación, la segunda y la verdadera muerte: la que trae consigo el abismo del olvido.

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