Un texto de Araceli Almaraz

¿Qué sabemos de nosotros mismos como individuos? Poco. Pues nos espanta pensar que somos capaces de hacer lo que no está “permitido”, lo que sale del “recato” y de la “decencia”, pero no por el hecho mismo de salir del recato y la decencia, sino porque lo han visto todos, porque el mundo entero se ha enterado de lo que es el “mexicano” [como si se desconocieran las generalidades de nuestra raza, que transa y avanza]. Y es que la malograda sanción y la mal lograda prohibición al grito “puto” tiene su propia historia. Se hace famoso en Guadalajara sin que pasara críticamente por los programas deportivos durante décadas. Luego se extendió a los estadios de México y tampoco pasó nada. Nadie dijo nada ni se inmutó, hasta que varios años después los medios masivos ya no podían ocular la “enjundia” ante la necesidad de anunciar productos en las barreras de los estadios y ante el avance tecnológico de los micrófonos y amplificadores. Fue solo hasta hace un año que la Federación Mexicana de Futbol empezó a referirse al grito de “puto” como un acto ofensivo hacia los porteros. Cosa curiosa que esto sucediera poco antes de clasificar cuando en lo cotidiano además del grito de “puto”, el de “culero” es común en las canchas. En este caso no es al portero sino al “arbitro vendido” que tras decisiones erróneas queda desprovisto de cualquier respeto. Y es que si algún “hombre” es observado en la cancha de juego después de las estrellas delanteras, ese es el arbitro; y es que basta solo recordar el famoso segmento de “lo negro del arbitraje” en el programa deportivo dominical de Televisa donde dicho sea de paso, también se insulta y se sobaja en televisión abierta a los árbitros. Retomo al menos estas dos “ofensas” que hacen estruendo en los estadios y en las canchas de México, porque son populares desde la primera hasta la tercera división y en cualquier campo de futbol llanero, sea de tierra, de pasto, o de futbol rápido o en la cascarita del barrio. El hecho actual “enoja” porque es público insisto. Es como cuando llega una visita a tu casa y alguno de tus hijos se porta “mal” frente a los extraños. Se regaña al faltante (sin que el sujeto sepa que lo es), con una mirada matadora y reprendiéndole amablemente con un dulce “lúcete, lúcete”. Y es que no se está mal cuando se insulta en lo privado, cuando se hace sin testigos. Pero hay “malcriadez” cuando se osa un comportamiento “impropio” que es a la vez el de “costumbre”, cuando la crítica si es que vale debería ser al que mal cría. Asimismo, enoja pensar que los mexicanos ponen “el mal ejemplo” frente a honorables, tolerantes y respetuosos países de los derechos humanos y del fair play. La afrenta es mayúscula, ¿porque por unos cuantos se nos critica a todos? ¿Porqué he de ser mexicano retrograda y misógino ante el mundo? ¿Porqué un puñado de 45,000 almas gritando “puto”, generaliza al país entero, a 110 millones de mexicanos? Resulta que hay enojo porque es una acusación directa de misoginia, de homofobia, de machismo real y efectivo. Y es que siendo un asunto de machismo, es lógico que los más enojados sean los aficionados hombres, los comentaristas hombres, los periodistas hombres, que ahora sí hasta exclaman su preocupación pensando ¿qué pasaría si hubiese una mujer portera? Qué ceguera pues hay porteras desde que hay equipos femeniles. En el fondo jamás, ellos los misóginos, pensarán que el futbol femenil llegue a ser masivo; la cultura de las masas les “ha sido reservada”, la de las minorías es para nosotras. Esta vía de supuesta argumentación es una salida en falso ya que solo refuerza la versión indicial de que la verdad no peca pero incomoda. La misoginia ha salido a la luz pública, los hombres mexicanos han sido descubiertos, aunque sentados frente al televisor y en la privacidad de sus sillones favoritos cada domingo se reúnan con “los cuates” para seguir gritándole “puto” a todos los porteros contrarios y que “chingue a su madre el pinche arbitro culero” que la cagó y “nos robó el partido”.

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