Somnus

Casi nunca sueño. O mejor dicho, casi nunca recuerdo lo que sueño. Pero hoy (seguro que fue hoy, y no anoche, porque todavía tengo frescos en la memoria los retazos deshilvanados de lo soñado). Pondré por escrito lo que pueda recordar porque me ocurre con frecuencia que conforme avanza el día, las imágenes se diluyen y difuminan. Escribir en consecuencia es algo parecido a un anclaje, a un esfuerzo por domesticar lo brutalmente azaroso de los sueños. Aparte, todo puede ser interpretado mejor si se pone por escrito. Así que aquí se los dejo.

 

Escenas:

 

  1. Veo a Alicia y a alguien más aparte de mí. Somos tres en total. Estamos en la calle. Particularmente en una esquina de Xilitla, de banquetas altas, y justo al comienzo de una subida empinada. La calle me resulta familiar porque en un viaje, en medio de una noche lluviosa, encontramos una cenaduría que, dado el contexto, implicaba haber llegado a la gloria (esto último no es parte del sueño; ocurrió realmente). Enseguida, Alicia envía a la tercera persona (no estoy cierto, pero creo que era una de mis cuñadas) a uno de los puestos callejeros situados en la acera de enfrente. La misión consistía en comprar algo de fruta. Quisiera decir que “escuché a Alicia decir que…”. Pero en realidad no había sonidos. Simplemente sabía lo que Alicia había dicho (aunque nunca lo escuché). Hacía un sol endemoniado (pero no recuerdo haber sentido calor). La iluminación era bastante intensa. Lo sé porque era necesario improvisar una pequeña visera con la mano para poder ver a la tercera persona mientras cruzaba la calle. Ella regresó con dos bolsas (blancas) en cada una de sus manos. Se veían pesadas, aunque la mujer parecía no tener problema para cargarlas. En una de las bolsas había diversas frutas. En la otra solo mangos (grandes, verdirojos, apetitosos). A nuestras espaldas había un portón negro, grande. Cuando estuvimos juntos los tres, entramos en éste. Yo esperaba que al ingresar se abriera un patio o un espacio amplio, acorde con el tamaño del portón. En cambio, tras cruzar el umbral, nos encontramos un pasillo estrecho, a medio iluminar, largo y húmedo. El pasillo no estaba techado. Sin embargo, la apenas perceptible luz del interior contrastaba significativamente con lo intenso de la iluminación exterior. Alicia iba hasta adelante, a la cabeza de la fila. En medio estaba la tercera persona. Yo cerraba la marcha. Caminábamos con normalidad, como si estuviéramos acostumbrados a aquel lugar. Entonces intuí que estábamos en una vecindad.[1] Una vecindad que sin duda había visto mejores épocas. Al fondo vi un cuarto (que por alguna circunstancia me daba la sensación de ser una bodega). Llegamos hasta la entrada de la habitación. La puerta estaba abierta. Los tres nos asomamos hacia el interior. El sitio olía a encerramiento, a humedad. Situado desde la entrada pude ver que al fondo del cuarto (de unos 3 x 3) había una cama en la que yacía un niño. Al pie de la cama estaba una mujer (yo intuía que era su madre; la del niño recostado, no la de ustedes). La mujer tenía el cabello oscuro, desparpajado. Su rostro se veía ajado. La contemplé desde una cierta distancia. No hablamos, pero en su cara podían identificarse las marcas del insomnio y la angustia. No escucho palabra alguna, pero sé que estamos conversando. Creo que intercambiamos saludos y hablamos sobre el niño, quien parece estar enfermo. No recuerdo los rasgos de la madre. Es una figura sin rostro, con un vestido verde oscuro, desaliñado y algo sucio. Al niño, en cambio, lo reconocería al instante si lo veo en la calle. Puedo decir que ronda los diez años. Su cabello es rizado, obscuro. Su tez es blanca. Macilenta. Tiene ojos grandes y hundidos, enmarcados por unas profundas ojeras. Sus mejillas están salpicadas por algunas pecas (o quizá sea mugre). Está sumamente delgado y pálido. Cuando por fin entramos en la habitación, la mujer y el pequeño hacen un esfuerzo por sonreír. Sé que la bolsa con fruta variada es para ellos. Para nosotros, solo mangos. Alicia le entrega el paquete a la madre. La bolsa con mangos está en un sillón (del cual me percato apenas en ese momento). Adentro de la habitación está oscuro y polvoso. En el marco de la puerta se percibe que afuera la luz es intensa. Veo motas de polvo flotar. Cruzan los escasos rayos de luz que se cuelan en la habitación.

Fundido en negro/Flash/cambio de escenario

 

  1. El niño que antes estaba en cama está ahora afuera de la habitación. Juega bajo el intenso sol, entre los lazos que sirven para colgar ropa (curioso, ahora que lo menciono, no puedo evitar recordar que en todos, en absolutamente todos los patios de mi niñez, había estos prácticos dispositivos). El pequeño corre y salta por todo el lugar. Se le ve bastante mejor. Está contento. Parece que estamos en la azotea de la vecindad. El cuarto donde ellos viven está en la azotea. Conversamos, sé que lo hacemos. Pero no escucho palabra alguna.

 

Una vez más: fundido en negro

 

  1. De nuevo me encuentro frente a unas banquetas altas (éstas son otras; son las que están por una de las calles más conocidas del barrio de Atemajac, en Zapopan. Me refiero a la conocidísima Calle Real). Subo los tres escalones que conducen a la casa en donde vivía mi abuela paterna. Entro y en la sala hay mucha gente. Veo a mi abuela sentada y feliz. Tiene un pequeño en el regazo. Éste no tiene más de un año y medio. De inmediato me percato que el pequeño soy yo (¿pero entonces quién es el que observa/sueña/narra?). Nadie más parece estar inquieto por esta especie de doble presencia: yo adulto en el umbral de la puerta de entrada/yo infante en el regazo de Ana, mi abuela. Nadie excepto yo. En el sueño mi angustia se deriva de una razón muy concreta (no tanto por la imposibilidad de la omnipresencia): en alguna parte de mi cabeza gira el recuerdo de haber leído o escuchado que este tipo de encuentros con uno mismo podrían ser catastróficos, y rasgar el continuo tiempo-espacio (pinche ciencia ficción, qué daño me ha hecho). Alguien de los presentes (no distingo quién, había mucha gente) toma al pequeño en brazos y lo lleva hasta donde yo estoy sentado. Me lo ofrece con una sonrisa: “anda, cárgalo”. Pretexto que no soy bueno con los niños (vil mentira). Finalmente acepto. Él (yo) se resiste un poco. Abrazo al pequeño (que en última instancia sé que soy yo) y cierro los ojos, esperando una explosión o algo peor. No pasa nada. No es cierto, pasa mucho. Y grato. Muy grato. Pero no lo describiré aquí. Soy un terrible egoísta y me lo guardo. Así que solo diré que todos deberíamos tener la oportunidad, en nuestra vida adulta, de abrazarnos siendo bebés, de contemplarnos con detenimiento y reconocernos, de sentirnos cerca en la imposible distancia. En fin, luego, el bebé (yo) mira alrededor y se asegura de que nadie nos presta atención, se pone serio, y me dice algo. Insisto: me dice algo. Reconozco mi voz de niño en la suya. Aunque me descoloca escucharlo, verlo hablar con tanta claridad. Lo escucho…: “[…]Es crucial que no se te olvide lo que te dije”, termina. Por supuesto, no recuerdo absolutamente nada de lo que me dijo/me dije. Qué extraño es escribir en primera y segunda persona al mismo tiempo.

 

Fundido en negro. Cambio de escena. Final del sueño

 

  1. Estoy en un aula. El entorno es muy similar a la sesión larga de mi última sesión en el propedéutico (terminó cerca de las nueve pe eme). Desde mi posición se alcanza a ver la libreta de uno de los alumnos. Hay una frase que llama mi atención, porque menciona un nombre que reconozco. Es el de un amigo entrañable, al que hace bastante tiempo que no veo. La frase dice “Ayer murió [el nombre de mi amigo, el cual omito por obvias razones]”. Despierto. Salgo de la habitación. Escribo.

 

[1] Es curioso este asunto de los sueños. Al recordar casi puedo estar seguro de que durante el desarrollo del sueño yo tenía este tipo de razonamientos (es decir, que el pasillo por el que caminábamos era el de una vecindad). Pero también, al mismo tiempo, no sé en qué medida tales razonamientos se deriven directamente de lo que pasaba en el sueño, o del acto de reflexionar sobre lo soñado.

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