El blues del unicornio

No recuerdo la fecha exacta porque en aquella época el tiempo no importaba. Entonces yo era como cualquier adolescente que se aferra a la inmediatez del presente y que ara en el porvenir con andamiajes menos cronológicos. Lo que es cierto es que la primera vez que vi y escuché a Silvio Rodríguez en vivo debió haber sido en mi última adolescencia, allá por el final de la espantosamente pastel y desechable década de los ochenta, en el Instituto Cultural Cabañas. Volveré sobre mi vínculo con Silvio en un momento, y expondré las razones por las que he decido no asistir al concierto que ofrecerá este próximo 14 de marzo. Antes, permítaseme una digresión para colocar el tema en contexto.

En esos años –dato curioso: casi igual que como me ocurre ahora- rondaba yo con gente que prácticamente me doblaba la edad. Recuerdo en particular a esa fabulosa generación que estudiaba biología marina en la Universidad de Guadalajara, cuando la entonces facultad dedicada al rubro estaba por el rumbo que lleva a Tlaquepaque, en lo que hoy es el CUCEI. Tenían todos y todas un apetito culturoso bastante intenso (por lo menos aquellos a los que yo frecuentaba: una clica de alrededor de 15 monitos que, en última instancia, le daba cuerpo casi a la totalidad de la generación). Lo anterior quizá se debía a que el mar más cercano les quedaba a cinco horas en auto y no sabían muy bien en qué invertir su tiempo libre que, por razones que escapan a mi entendimiento, era bastante. Bucitos de alberca, les decía yo cuando quería molestarlos.

En fin, quién sabe por qué artificios me permitieron involucrarme en sus andanzas y ocurrencias (casi todas nocturnas, he de confesarlo). Con ellos recorrí peñas, bares, cines, museos, y alguno que otro lugar menos que recomendable para alguien que apenas superaba los quince años. No obstante, poco a poco descubrí que compartir las soledades y las nostalgias era un ejercicio que tendía a la domesticación de la locura y que, en consecuencia, una taza de café significaba horas de conversación apasionadamente dispersa e improductiva. Por ende, era profunda y significativa. Entendí también el lazo estrechísimo que existe entre el queso, el pan, y el vino, elementos necesarios cuando uno se mete a la cocina a preparar en colectivo mínimos banquetes de altos vuelos. Leí con ellos a Bukowski, a Hesse, a Burroughs, y a Kerouac (debo aclarar que a Cortázar y a Borges ya los llevaba conmigo desde hacía por lo menos un lustro antes). También con ellos fui testigo  de la importancia que tiene el respeto a la diversidad sexual y lo crucial de un punto de vista pluralista e incluyente mucho antes que ambos temas fueran tópicos candentes en el escenario público contemporáneo. Vaya, hasta mis primeros escarceos con la cuestión ambiental que llegó a apasionarme desde entonces y hasta bien entrados los noventa, ocurrieron precisamente en uno de los departamentos que estos compañeros habitaban. Quizá algún día ponga por escrito el conjunto de experiencias que me tocó vivir con esta impecable caterva (a quienes en secreto yo definía como El Círculo).

Desde luego, fue alguien de ese grupo el que me hizo llegar una acetato de Silvio (sí, un acetato, nene. Entonces los CeDes apenas habían salido al mercado y eran, lo que se dice, un lujo). Si mal no recuerdo, el disco era Días y flores. Particularmente quedé impactado al escuchar “Playa Girón”. Por supuesto, sabía muy poco del significado al que remitía la letra. Revolución e imperialismo eran temas comunes en las conversaciones que ellos sostenían. Aunque yo tardé bastante en comprender que, etc. Lo que es cierto es que me impresionó el poderío que esta canción transmitía. Bastaban un hombre, una guitarra y tres acordes para interpelar a aquellos con quienes se comparte la arquitectura de la Historia. En tanto músico en ciernes, eso me marcó. Hice una copia del LP y de pronto mi walkman (sí, un Sony de esos que tenían orejeras de esponja anaranjada) se convirtió en la casa de Silvio durante meses. Después de Días y flores siguieron Al final de este viaje, Rabo de nube, Unicornio, los tres volúmenes de Tríptico y, Oh melancolía. Para contextualizar mejor lo anterior, sería preciso concatenarle la impresionante colección de acetatos que tiene mi padre y a la que él se refiere genéricamente como “canciones de protesta”: desde Serrat hasta Milanés; desde Los Corraleros del Majagual hasta Los Olimañeros; desde Parra hasta Zitarrosa; desde Yupanqui hasta Sosa (sin faltar un cierto desliz hacia la vieja Francia, de la mano/de la voz de Brel, Piaf, y muchos otros).

Entonces, a finales de los ochenta, llegó Silvio a Guadalajara. Y como quién no quiere la cosa, una tarde/noche me descubrí haciendo fila para entrar en el Instituto Cultural Cabañas (lugar en el que por aquellos años también asistí a los conciertos de Paco de Lucía, Mecano, Soda Stereo, Enanitos Verdes, Facundo Cabral, y tantos otros). No era mi primer concierto. Pero sin duda, sería uno de los más significativos… Llegados a este punto me parece pertinente aclarar que no soy lo que se dice un “fan” de Silvio en el estricto sentido del término. Tengo prácticamente toda su producción musical. Y lo escucho con cierta frecuencia. Igual que a Carlos Gardel, a El Piporro o a Dead Can Dance. Y acepto con resignación, medio en broma pero también medio en serio, que su música es “para perdedores” (como decía el buen Tyson, un compañero colimense que por diversas circunstancias crasheaba de cuando en cuando en el sofá de mi departamento en Playas de Tijuana). No obstante, lo que es cierto es que la música de Silvio ha estado presente en buena parte de mi vida. Y hoy que lo escucho en retrospectiva me doy cuenta de la cantidad de ecos que producen sus canciones. Las fibras que tocan sus letras van desde lo más íntimo y personal, hasta las grandes tendencias globales. Revolución, ideología, libertad, lucha. Sus temas han sido parte del horizonte que alimenta el significado y las implicaciones de resistir. Además, Silvio (igual que muchos otros autores) ha estado conmigo en mis andares adolescentes en los que aprendí palabras de la vida; en las noches septentrionales de juventud, pan y tinto; e incluso al final del viaje que hice con mi madre a San Luis Soyatlán para buscar al brujo, a la sustancia mágica, que la librara del terrible cáncer que la invadía, pocos días antes de que esta enfermedad acabara con su vida.

Por todo ello no pude menos que emocionarme cuando me enteré que Silvio vendría, una vez más, a Guadalajara. En principio lo consideré como una oportunidad de asistir a un concierto de Silvio que fuera mucho más cómodo y cercano (a diferencia de aquella ocasión, en el 2002, en el que la explanada de la ExpoGDL estuvo atestada y el sonido era tan pésimo que abandoné el lugar apenas empezada la segunda canción). En consecuencia, comencé a organizar la logística a la que estamos obligados los adultos cuando nos involucramos con este tipo de eventos (i. e. decidir con quién dejar a los niños; jugar un volado para ver quién bebe y quién conduce; apostar por si se cena antes o después del concierto; etc.). Entonces, tarjeta de crédito en mano, Ticketmaster en el monitor de la computadora, y los mejores asientos seleccionados, caí en la cuenta de la brutal contradicción que ello implicaba. Revolución y comodidad son antónimos. Entonces vino la destemplada vuelta a la realidad que me hizo pisar el freno a fondo: Silvio Rodríguez en el Auditorio Telmex, a casi 2 mil pesos el boleto, no es Silvio Rodríguez. Es apenas un conjunto de lucecitas montadas para escena. Es la pura apariencia hueca, la ausencia del significado profundo, una escisión. Nada más lejano de aquel apóstata y partidario del desacato. Por supuesto, con esto no descubro el hilo negro de lo que algunos han definido desde hace años como “la doble traición de Silvio”. Simplemente me coloco como sujeto de mi época. Reconozco que la salida más fácil sería el cinismo (al cual recurro con extrema frecuencia). Pero esta vez no estoy dispuesto a atestiguar la transformación de quien antes tenía la rabia como vocación en algo que hoy no es sino la representación más pura de un testaferro del traidor de los aplausos.

Si van, me cuentan cómo estuvo.

Sea pues.

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