Primero como tragedia, luego como farsa… Y de nuevo como tragedia

Una de dos: o en la más alta cúpula política se ha asimilado de manera impecable y atinada la realidad nacional; o de plano el grupo de tres o cuatro personajes que toman las decisiones en este país ha perdido el control de lo que aquí ocurre, y la gestión de lo público se les ha escapado por completo de las manos. Esta especie de dilema à la Schrödinger brinda la posibilidad de efectuar cuando menos dos interpretaciones distintas acerca del atolladero en el que estamos metidos. La primera de éstas aludiría a una estratagema maquiavélica en la que la apuesta estatal consistiría en provocar (por acción u omisión) profundos niveles de desestabilización y caos en todo el territorio. Ello con la (cruel) finalidad de generar un escenario  en el que la población esté temerosa y dividida. Esto sería propicio para la llegada “salvadora” de un “Estado heroico” que tomaría a la nación por el cuerno de la abundancia para volverlo al redil. Desde luego, lo anterior a costa del sacrificio de buena parte de las libertades políticas y civiles por las que tanta sangre ha llegado al río durante décadas. Lo interesante de este tipo de contextos es que usualmente, cuando la estrategia es efectiva, el autoritarismo dictatorial no necesariamente tiene que ser impuesto desde “arriba”. Más bien, es el “pueblo” el que frente al supuesto caos “demanda” un gobierno de mano dura. Ideología pura en acción.

Esta primera interpretación tiene un bajo grado de factibilidad, puesto que implicaría otorgarle a las autoridades tanto una capacidad de previsión y planificación de largo plazo, como la creación de proyectos y acuerdos conjuntos. Perversos y todo. Pero acuerdos. Lo anterior resultaría cuando menos sorprendente puesto que hasta hoy los gobiernos (de cualquier color) se han empeñado minuciosamente en que tienen todo menos dicha capacidad. Aunque puesto así, uno podría arriesgar una especie de correlato interpretativo que sugeriría que este escenario no necesariamente respondería a los intereses de la clase política, sino a sectores muy específicos de la clase hegemónica (lo cual es distinto). Aunque verlo así es un tanto paranoide y provoca tanto terror que es mejor meterlo bajo el tapete de lo conspiranóico.

Ahora bien, la segunda lectura, y quizá la más probable, sugiere que el equipo que realmente toma las decisiones en las altas esferas de la política mexicana, ha hecho un pésimo cálculo del acontecer nacional. En poco más o menos un año del regreso del PRI a Los Pinos, el pulso del país se percibe como desbocado, convulso, arrojado hacia un abismo. Ello pese a los masivos esfuerzos mediáticos desde los que se intenta construir una realidad de artificio en la que en este país no pasa nada, salvo maravillas. De manera específica, pareciera que las autoridades que nos “representan” han ignorado que la reciente Reforma del Estado ha tocado nervios que son ultrasensibles para el grueso de la población. Quizá el caso más visible sea el de la reforma energética. Pareciera que dichas autoridades han perdido de vista que el petróleo en este país tiene un profundo significado cultural. No es pues, sólo una materia que se intercambie en el mercado, sino que se sitúa en la propia base del mito mexicano. Pero no solo eso. Esta parte de la reforma también se ha olvidado tanto de los terribles daños ambientales que ésta traerá consigo, como de los probables despojos territoriales que vendrán en los próximos años, con el pretexto de hacer llegar a todos los rincones la modernidad y el progreso. Incluido el infame San Pedro de los Saguaros.  A esto se suman las reformas hacendaria y financiera que constituyen tanto brutales estrategias de espionaje y pseudo-terrorismo, como fuertes desincentivos a la actividad económica. Suena a violencia  estructural, de Estado. De la llamada reforma educativa, pft, mejor ni gastar saliva.

Si a todo lo anterior se le agrega el contexto violento que desde hace casi una década devasta prácticamente a todo el territorio nacional, el asunto se torna aún más espinoso. La incapacidad estatal para otorgarle a la ciudadanía aún incluso las garantías más básicas ha producido un contexto en el que la protesta social se exacerba cada vez más. Quizá el ejemplo más visible de este proceso sean los grupos de autodefensa presentes en buena parte de la llamada “tierra caliente” y zonas aledañas. En este sentido, hay quien ha dicho que Michoacán puede ser un indicador de lo que le espera al resto del país en el próximo lustro. ¿La respuesta gubernamental frente a ello? Criminalizar el desacato. Este tema en particular es en extremo delicado. Pensemos por un momento que la ecuación en su conjunto tiene una alta probabilidad arrojar un resultado desastroso: escenario de ingobernabilidad (que raya en un Estado fallido) +  un entorno generalizado cada vez más violento + amplios sectores de la población verdaderamente encabronados, organizados, y con acceso a armamento + crimen organizado que ha penetrado hasta el fondo a las instituciones y que en última instancia se erige como una vía perversa para el desarrollo + un horizonte de incertidumbre, crítico en materia financiera + falta de oportunidades para grandes franjas poblacionales (coloque aquí el elemento de la ecuación que considere que haga falta) = ¿? Como nunca, deseo estar terriblemente equivocado. Pero que no nos resulte extraño que en los próximos meses emerjan “de la nada” fuertes movimientos guerrilleros en zonas urbanas aparentemente “blindadas”, y acciones gubernamentales cada vez más autoritarias. En fin, parece que el futuro ya nos alcanzó. Y no cabe duda que algo huele hamletianamente mal. Al grado de que no sabe uno si llorar, soltar la carcajada, o ambas cosas al mismo tiempo. Cómo duele este país, me cae. Cómo duele.

Ni hablar: ¡feliz 2014!

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