A manera de vigilancia epistemológica

En principio, puede decirse que las transformaciones del campo político en nuestro país indican la existencia de una complicada mixtura de un régimen precariamente democrático que no acaba de cuajar, y un régimen autoritario que no termina de desaparecer —y que incluso pareciera que tiende a retornar—. Lo anterior ha derivado en la emergencia de una esfera política fragmentada y heterogénea, así como en la aparición de significativas manifestaciones de un malestar con la política, sobre todo entre la población joven. El desencanto que (en)marca la cultura política de buena parte de estos jóvenes pone en evidencia que la relación entre Estado y Sociedad se ha tensado de manera inexorable. Es precisamente esta tensión la que permite argumentar la existencia simultánea de diversas culturas políticas. En este trabajo nos interesa destacar, sobre todo, aquellos rasgos de corte pragmático, los cuales conviven con expresiones tanto de disidencia como de pertenencia, en la relación que se establece entre la esfera pública y la juventud.

Para entender el proceso de construcción de la democracia en tal situación de tensión, es preciso plantear, con base en los argumentos de Touraine,[1] Melucci[2]  y Zemelman,[3]  algunas hipótesis de trabajo que nos sirven de guía. Una de ellas indica que, en primera instancia, la visión [simplista] que plantea una dicotomía entre Estado y sociedad civil resulta insuficiente para explicar una «realidad» [política] en extremo compleja. Esto se debe tanto a la creciente multiplicación de los sistemas de representación no tradicionales (i. e. altermundismo, tecnopolítica[4]), como a los problemas de legitimación de los sistemas de representación formales (i. e. crisis de los partidos políticos). Ello implica una pluralización y un desplazamiento de los centros de toma de decisiones, así como de una diversificación de los actores que se involucran en las dinámicas de dichos centros. En la medida en que éstos se trasladan a la esfera de la vida cotidiana (i. e. incrementos de formas alternas de involucrarse con lo político), toma importancia considerar las prácticas, las actitudes, los valores y las ideologías en el contexto de dicha esfera, así como los vínculos que de ahí se tienden hacia la institucionalidad vigente.[5]

En este contexto, sería erróneo considerar que [el proceso de construcción social de] la democracia se refiere únicamente a la competencia por el acceso a los recursos gubernamentales, o que aquélla se reduce al momento electoral. Lo anterior sólo plantea una especie de ideal del deber ser: en sociedades como la nuestra, lo democrático requeriría condiciones que permitiesen que los individuos y los grupos sociales fuesen reconocidos por lo que son o por lo que desean ser. En este sentido, la alternancia partidista es una condición necesaria pero no es suficiente. La formación, el mantenimiento y la alteración de una identidad política autorreflexiva, es decir, una ciudadanía plena, precisaría de espacios sociales libres de control y represión. De este modo, la libertad de pertenecer a una identidad política, y la posibilidad de contribuir a la definición de ésta supondría la libertad de ser representado, pero no se reduciría exclusivamente a eso. La habilitación de una identidad tal y una ciudadanía consolidada requerirían de la creación de esferas deliberativas que redujeran la tensión, por ejemplo, entre democracia y autoritarismo. De ahí la insuficiencia de analizar los procesos democráticos considerando únicamente la dimensión electoral, por lo que se precisa desplazar el enfoque al estudio de lo que ocurre en la esfera de la vida cotidiana.

De lo anterior se deriva otra hipótesis de trabajo: el campo de lo político está atravesado por un proceso de recomposición que desborda lo formalmente institucionalizado. Los sujetos transindividuales y las grandes movilizaciones sociales de antaño se han ido disolviendo en una red compleja de interacciones y flujos.[6] Para dar cuenta de ello se requiere reconocer que no sólo los apocalípticos y los integrados, sino la diversidad juvenil en general, juegan un papel definitivo en el proceso de democratización por el que debería atravesar nuestro país. Y no precisamente desde el supuesto que sitúa a los jóvenes como el sujeto de cambio por excelencia, sino desde la problematización de dicho supuesto. Así, hay sectores juveniles que no necesariamente impugnan el poder formal ni que tampoco están integrados a él y, que sin embargo, se mueven. Volveremos hacia el final de este texto sobre este punto. Pero por el momento vale la pena decir que el #YoSoy132 es quizá uno de los ejemplos más visibles de ello. Las culturas políticas de los jóvenes jaliscienses podrían explicarse, en buena medida, más que por una apatía con respecto a lo político, por la diversidad de contextos en los que los jóvenes se desenvuelven, y desde los cuales algo se tematiza, o no, como político. Ello no quiere decir que se abandone la idea del sujeto. Más bien, lo que se plantea en este trabajo es un retorno a dicho sujeto, pero no en un sentido cartesiano y trascendental: lo político ya no constituiría una sustancia firme en la cual es posible plantar raíces. Los sujetos se encuentran frente a situaciones abiertas, paradójicas y contingentes que muestran la existencia de ámbitos de indeterminación y grados de libertad. En este sentido, la subjetividad se torna en una «subjetividad política».[7] En tanto lugar desde donde se semantizan los procesos sociales, el posicionamiento de los sujetos juveniles alrededor de las tramas de la vida cotidiana se torna un elemento analítico clave para entender el proceso de construcción de la democracia y sus vicisitudes. 

Así, quizá como nunca antes, el campo político constituiría cada vez más un elemento crucial para la organización de las sociedades contemporáneas, ya que de un modo u otro aquél incide virtualmente en todas las áreas de la vida social/cultural cotidiana. No obstante, hay un cambio fundamental, que tiene que ver con la lógica bajo la que opera dicho campo. De manera específica, nos referimos a aquellos aspectos que aluden a los nuevos «estilos» y «sistemas» de gobierno y cómo éstos re–configuran las relaciones entre individuo/grupos/sociedad y Estado (i. e. la supuesta transición mexicana a la democracia); cuáles son las nuevas estructuras a través de las que la política funciona (i. e. los movimientos sociales más contemporáneos, tales como la tecnopolítica, el feminismo, el ecologismo o el lésbico–gay); cuáles son los discursos y las agencias mediante las que la política y lo político[8] se articulan (i. e. los medios de comunicación, y la massmediatización y la YouTube-ización de lo político).

De este modo, los y las jóvenes, con su hacer —y su no hacer—, con el sentido de sus acciones, y en su relación con la esfera pública, se constituyen como uno de los actores cruciales del proceso de construcción social de la democracia. Y a la inversa: en la subjetivación de lo político se erigen referentes importantes para la arquitectura de las identidades y las culturas políticas juveniles. Finalmente, cabe señalar que otra hipótesis de trabajo para estas reflexiones plantea que para buena parte del sector poblacional que constituye el núcleo de este trabajo (jóvenes entre 15 y 29 años),[9] la democracia y la política aparecen como algo distante, que ocurre en esferas que les resultan lejanas, evanescentes. Esto se debe, en cierta medida, a una «oferta estatal» homogénea, la cual resulta desfasada de las realidades y diversidades juveniles. Ello ha configurado distintas culturas políticas (que no son sólo integradas, o sólo apocalípticas, sino que transitan/se desplazan entre ambos extremos).

Así, la construcción de lo político hecha por los jóvenes estaría semantizada a partir del lugar que dicho campo ocupa en el ámbito de sus vidas cotidianas, de su experiencia.[10] La política estaría asociada con elementos tales como el control social, la corrupción, la falta de representatividad juvenil en los espacios públicos, entre otros. Desde esta perspectiva, la vida cotidiana de los jóvenes que no son ni apocalípticos ni integrados es tomada en cuenta tradicionalmente por la política sólo en las coyunturas electorales. En última instancia, lo anterior se replica entre otros sectores de la sociedad, abriendo una brecha inmensa en la relación entre gobernantes y gobernados. Todo esto ha redundado en la factura de una democracia incompleta, distante, que se refleja tanto en la percepción que de ello tiene la población, como en el mismo sistema político.

 


[1] Cfr. Alain Touraine. ¿Qué es la democracia?, Fondo de Cultura Económica, México, 2000.

[2] Cfr. Alberto Melucci. Acción colectiva, vida cotidiana y democracia, El Colegio de México, México, 1999.

[3] Cfr. Zemelman, Hugo, op. cit., 1989.  

[4] Véase por ejemplo el interesante campo explorado por Toret, en cuanto a la Tecnopolítica, en http://www.universidadnomada.net/spip.php?article380

[5] Cfr. Lewkowicz, op. cit. En términos de la discusión que se abordará en el primer capítulo de este trabajo [tradición/modernidad/postmodernidad] puede decirse que la tendencia postmoderna en las ciencias sociales anuncia la desaparición del Estado en tanto constructor de subjetividades. El análisis de lo que ocurre en los mundos juveniles permitiría ingresar en la discusión al poner en duda dicho argumento.

[6] Cfr. J. Igor Israel González Aguirre. “(Re)pensar el desacato. Nuevas formas de movilización social en México”, en María Guadalupe Moreno y Jaime Tamayo (coords.). Procesos políticos y revolución, Universidad de Guadalajara, México, 2012.

[7] Cfr. Slavoj Žižek. Porque no saben lo que hacen. El goce como factor político, Paidós, Argentina, 1998. Véase también, del mismo autor, El espinoso sujeto. El centro ausente de la ontología política, Paidós, Argentina, 2001a.

[8] Con respecto a la diferencia entre lo político y la política, autores como Slavoj Žižek señalan que esta última puede verse como un complejo social separado, como un subsistema social de relaciones sociales, el cual está en interacción con otros subsistemas (i. e. la economía). Por otra parte, lo político es un «momento de apertura», de indecibilidad, en el cual se cuestiona el principio estructurante o la forma fundamental del pacto social. De esta manera, la dimensión política estaría doblemente inscrita: por una parte, dicha dimensión es un momento del todo social, uno más entre sus subsistemas. Por otra parte, también es el «terreno» en el que se decide el destino, en el que se define un nuevo pacto. Cfr. Slavoj Žižek, op. cit., 1998, p. 253. Aludimos a esta diferenciación debido a que permite conceptuar tanto la arista objetiva/institucionalmente formalizada de la cultura política, como el surgimiento de vías alternas de acción social. Véase también el trabajo de Zemelman, op. cit., 1989.   

[9] La Ley Orgánica del Instituto Mexicano de la Juventud define a los jóvenes como aquella población comprendida entre los 12 y los 29 años. Para los fines prácticos de este trabajo, hemos preferido restringir este rango a las personas entre los 15 y los 29 años de edad. Esto es así porque consideramos que de acuerdo con el tema abordado en nuestro estudio, era más probable que los sujetos ubicados dentro del rango de edad señalado tuviesen mayores vínculos con la esfera pública. En este sentido, pensamos que la población de entre 12 y 14 años (aún cuando está dentro de la categoría de «joven») enfrenta realidades distintas que aquella situada entre los 15 y los 29 años. Además, la delimitación etaria que llevamos a cabo tiene como objeto hacer compatible nuestra información con la proporcionada por el INEGI en sus distintas fuentes. La citada Ley puede consultarse en http://info4.juridicas.unam.mx/ijure/tcfed/89.htm?s=

[10] Cabe aclarar que la relación no funciona en sentido contrario, es decir, el lugar que ocupan los jóvenes en el espacio social/campo político no necesariamente determina sus modos de vincularse con lo público. 

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