El migrante y el espejo

Este texto será utilizado como editorial de la última emisión del 2013 de Diálogos del pensamiento, el programa radiofónico del CUCSH. Será transmitido el 17 de diciembre, a las 17:00, por el 104.3 de FM. 

 

Parafraseando a Gandhi, puede decirse que el grado de desarrollo de una sociedad se mide en el modo en que ésta trata a aquellos que son diferentes. Esto abre una profunda disyuntiva, en la que la pregunta central gira en torno a la propia definición de lo humano. Dicha interrogante plantea lo siguiente: qué posicionamiento adoptamos frente a las diferencias: ¿el de la justicia y la dignidad igualitaria, o el del oprobio criminalizante? Pareciera que la respuesta a lo anterior es sencilla: la apuesta debería ser siempre por aquello que es justo y digno. Todos somos humanos. Ergo, todos somos iguales. El verdadero problema emerge cuando al planteamiento hipotético le colocamos nombre y apellido. En esta medida, el asunto se torna más complejo, y las opiniones se trasladan del más puro blanco y negro al espinoso terreno de los claroscuros y los matices. El caso de la migración, legal e ilegal, es un claro ejemplo. Este proceso social, quizá como pocos, pone de relieve tanto las más profundas diferencias como las más abismales desigualdades. Quien se convierte en migrante casi siempre lo hace motivado por una serie de condiciones socioeconómicas precarias, injustas, en su lugar de origen. Y emprende su travesía llevando consigo su bagaje cultural, el cual contrasta de maneras a veces sutiles, a veces muy marcadas, con las sociedades que habitan los territorios por los que transita. Si lo anterior se sitúa en el contexto de un país que al mismo tiempo es expulsor y receptor de grandes flujos poblacionales, el asunto se complica aún más. Exigimos trato digno y justo para nuestros connacionales en el extranjero. Pero ¿somos recíprocos con quienes van de paso por nuestro país, o deciden quedarse en definitiva? Es precisamente ante este tipo de situaciones en las que es posible percibir una distancia entre un discurso igualitario y una práctica discriminatoria. Ello se exacerba cuando es tanto la sociedad como las autoridades, las que por acción u omisión, favorecen conductas que atentan contra la dignidad y los derechos de quien migra. Vista así, la migración nos coloca frente a un espejo, y nos obliga a cuestionar al que desde ahí nos contempla fijamente: valdría la pena,  pues, reflexionar acerca de ¿cuál es el trato que le damos, por ejemplo, a los migrantes centroamericanos que transitan por nuestro país? ¿Les brindamos las mismas condiciones que exigimos para los mexicanos que arriesgan la vida cruzando al otro lado? ¿Qué dicen de nosotros, como sociedad, nuestras respuestas a lo anterior; y sobre todo, nuestros actos? 

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