Alabanza al post-domingo

Tengo que confesar que me gustan los lunes. Claro, no en la misma magnitud que los sábados, ni con una intensidad parecida a la de los viernes. Pero sin duda me gustan. En este sentido, puede decirse que mi agrado por el primer día de la semana (o el segundo, depende a qué calendario te acerques) es más bien moderado. En otras palabras, aún cuando para mí no es un día apasionante, sí busco distanciarme de manera radical de aquellas posturas que abiertamente odian en su totalidad esa especie de post-domingo.

¿Por qué me gustan los lunes? La respuesta no es tan complicada. Tiene que ver con que el ingreso en dicho día constituye la configuración de un orden específico, la postulación de las bases para la estructuración profunda del resto de la semana. Cada lunes se suturan un conjunto de condiciones de posibilidad que hasta entonces permanecían inéditas. Apertura y cierre. Circularidad perfecta. Esto es así porque desde el viernes en la noche y hasta bien entrado el domingo por la tarde (en casa) tendemos a habitar algo parecido a una brecha, vivimos en un ámbito de indeterminación e indecibilidad en el que el horizonte está relativamente abierto y puede pasar casi de todo: desde la fiaca más inmóvil hasta el fiestón más loco. Esto incluso considerando que en mi círculo más cercano somos animales de costumbres muy fijas y arraigadas, y un tanto conservadoras, aclaro. En cambio, el eterno retorno del lunes nos proporciona algo que se asemeja a un fuerte anclaje. Este día de la semana borra la  perplejidad. Ello en la medida en que dota de cierta densidad y coherencia al tejido de lo cotidiano. Cada lunes aprendemos a domesticar el caos. Así de bueno es este día. En otras palabras: si el fin de semana lo tocamos de oído, entonces, el lunes se sigue por completo la partitura.

Después de aceptar que soy medianamente fan de los lunes, me gustaría decir que le dediqué bastante tiempo (cerca de 2 y medio minutos) a reflexionar acerca de si había algún día que me fuera detestable. Luego de sesudos análisis, concluí que no. En general, me gusta la semana completita. Sin embargo, puedo decir que más que días en particular, hay ciertas horas que de plano no me acaban de convencer. Tomo dos ejemplos. El primero se sitúa entre las 15:00 y las 17:00. Esa frontera equivale a la nada. Es un tiempo muerto. Deberíamos contar con un dispositivo que nos permitiera darle fast forward a las tres horas que se extienden entre este periodo, que no es exactamente ni la hora de la comida o de la cena, ni se presta para departir o conversar. Es un éter aletargado, cansino, improductivo, y muchas veces caluroso, casi como un perro lanudo en medio del desierto (horror, horror). Lo mejor que se puede hacer durante ese tiempo es, si acaso, dormir alguna incómoda siesta (con el riesgo de despertarse ya bien entrada la tarde, medio apendejado y con el insomnio acechando a la vuelta de la esquina).  Precisamente de lo anterior se deriva el segundo de los ejemplos. Me refiero a la hora que transcurre entre las 03:00 am y las 05:00 am. Esta brecha horaria, igual que su homólogo vespertino, es inútil. Para quienes amamos trasnochar, a las 02:00 el desvelo suena a aventura. Una hora después, permanecer despierto es prácticamente un suplicio. Aparte de adelantar estas horas, también deberíamos poder eliminar algunas necesidades funestas.[1] En fin, como decía al principio, quizá no sea mi día preferido, pero es innegable que me gustan los lunes. Aunque también me disfruto la semana entera. Eso sí: lo que detesto son horas muy particulares de cada día. Por ende, no tengo, en lo absoluto, ningún problema para despertar cada lunes e ingresar en el molde que el Gran Otro me ha asignado. Dicho lo anterior, solo resta aseverar: ¡que viva el post-domingo!

Sea pues.


[1] En este punto vale la pena poner de relieve dos elementos relacionados con mi comentario, que demuestran fehacientemente que la humanidad no es más que un error. Me refiero a la necesidad de dormir y a la necesidad de defecar. Claramente, ambos procesos biológicos aluden a una terrible falla en el diseño, constituyen una inutilidad que debería ser erradicada por completo. Ello aún cuando la satisfacción de ambas necesidades tienden a ser terriblemente placenteras.

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Un pensamiento en “Alabanza al post-domingo

  1. Coincido por completo con la franja horaria que detestas. Me refiero a la vespertina y la llamo La Hora Pendeja, porque sencillamente quedo imposiblitado a realizar cualquier ejercicio que requiera de cierto esfuerzo intelectual. Sobre la otra franja que mencionas, las ocasiones que la he vivido en vigilia no han sido nada padres. Soluciono aquello durmiendo. [mi comentario es un tanto paradójico, ya que lo estoy escribiendo ya pasadas las dos de la mañana; en mi defensa aseguraré que estoy por dormir ya]
    Sobre la nota al pie: lo placentero no es la necesidad, sino la satisfacción de la misma.

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