TVnotas

No cabe duda: soy un hijo de la televisión. Nací, crecí, y seguro me moriré frente a uno de estos aparatejos. Desde que recuerdo ha habido un televisor en mi vida. A todas horas y hasta en la cocina (no estoy seguro de si alguna vez hubo en el baño, pero no sería algo extraño). La televisión es, sin  duda, el miembro más longevo, omnipresente e imperecedero de mi familia. Incluso hoy, en plena adultez, puedo decir con orgullo que en mi hogar siempre hay un televisor encendido. Por supuesto, no falta el o la que  se asusta cuando afirmo lo anterior. Sobre todo quienes [creen que] piensan, junto con Sartori, que la televisión erosiona la capacidad reflexiva del ser humano y que lo transforma en poco menos que un zombi: en criaturas que miran pero incapaces de pensar; en entes que ven pero están imposibilitados para entender lo que les rodea. Desde esa perspectiva, pareciera que la humanidad involuciona: del homo-sapiens al homo-videns en menos de lo que uno puede decir ¡bazinga! Nada más lejano de la realidad. Los dispositivos televisivos son de lo más dóciles. No se encienden sin que uno se los comande. Se apagan justo en el momento en que no se los indica. Off, sayonara, bye-bye, arrivederci, homo-videns.[1] Prove you wrong, Mr. Sartori.

En este sentido, he de decir que pertenezco a esa excéntrica, o mejor dicho, excentrada, generación cuyos aparatos televisivos eran de transistores (no de bulbos) pero carecían de cualquier adminículo que permitiera controlar el dispositivo a distancia. Me refiero a aquellos buenos tiempos en los que la oferta de las televisoras era terriblemente escasa y la señal televisiva privada era incipiente, algo que ocurría, si acaso, sólo en el extranjero. De la televisión estatal o pública, mejor ni hablemos. Aún cuando ésta contaba con uno que otro programa rescatable, era terriblemente predecible y aburrida. Aludo pues a esa época dorada en la que los aparatos televisivos eran cubos pesados, gigantescos (a diferencia de las debiluchas pantallotas de hoy en día) y en la que para cambiar de canal había que levantarse, caminar entre tres y cinco metros para darle vueltas a una perilla rechinadora situada hasta allá, en el televisor, con la esperanza de que la imagen fuera lo menos nebulosa posible.[2]  Hoy todo es distinto. Todo lo sólido se ha desvanecido en el aire. Lo que antes eran monstruosos aparatos se han convertido en delgados rectángulos, livianos, que proyectan imágenes en tercera dimensión tan nítidas como la vida misma. En la actualidad ya no se precisa levantarse del sillón para cambiar de canal. Nuestra relación con el televisor tiende a reducir cualquier esfuerzo físico al mínimo.  Vaya, los dispositivos televisivos a los que hoy tenemos acceso son capaces, casi, de leer nuestros pensamientos: estos aparatejos nos conocen más que nosotros mismos.

 


[1] Nota aclaratoria: no hablo aquí de la calidad de los contenidos que se despliegan a lo largo y ancho de la oferta televisiva a la que hoy tenemos acceso. Ése es un tema aparte. Tampoco hago alusión al terrible mono/duopolio que domina el espectro televisivo en países como el nuestro. En este sentido, comparto las exigencias de muchos y muchas con respecto tanto a la mejora en los contenidos como a la diversificación de la oferta y la democratización en general de los medios de comunicación. En última instancia, lo que aquí postulo está orientado más bien hacia el supuesto que sugiere que las audiencias no son estúpidas y obedecen como tal el mandato que el gran Otro les transmite a través de las frecuencias televisivas. Insisto en que basta apretar el botoncito rojo (off) en el control remoto para aniquilar de tajo al vistoso homo-videns sartoriano.         

[2] Como puede intuirse, para las generaciones posteriores a la mía resulta complicado concebir la idea de que para sintonizar uno de los dos o tres canales a los que teníamos acceso era preciso levantarse del sillón.

 

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