Sociedad en movimiento

No cabe duda que en la actualidad los movimientos sociales reformulan de manera constante sus demandas, los modos que tienen de manifestarse, e incluso sus valores y representaciones del mundo. Vale la pena destacar, junto con autores como Calle (2007), que el desarrollo cualitativo que atraviesa a los movimientos sociales no constituye una teleología, es decir, no está liderado por un grupo selecto, ni tiene estructuras organizativas definidas de una vez y para siempre. Más bien al contrario, en la actualidad tales movimientos están constituidos por redes que continuamente transforman sus formas de expresarse, sus demandas, y los tópicos que les interesa incluir en las agendas públicas.

En este sentido, es usual sugerir que existen hitos (fechas o sitios concretos) que demarcan la emergencia de los Nuevos Movimientos Sociales, como si éstos tuvieran un carácter coyuntural. No obstante, es preciso señalar que ello no representa sino el momento de mayor visibilidad de un proceso que se ha venido estructurando de manera lenta, marcado por la aparición e identificación de nuevos lugares en los que se condensa el conflicto (i. e. los riesgos ambientales y militares). Para analizar lo anterior, Calle (2007) sugiere la existencia de ciclos de movilización, es decir, periodos donde “familias” de redes sociales tienden a renovar el sentido de su acción colectiva, tanto en términos de los símbolos y discursos a los que aluden, como en los modos de acción y coordinación a los que apelan. Dentro de los ciclos de movilización es posible observar lo que el mencionado autor denomina como ciclos de protesta. Éstos remiten a aquellos momentos en los que se hacen visibles determinados conflictos; en conjunto, todo ello posibilita la difusión en tiempo real de los discursos que han sido renovados, así como del conjunto de las nuevas acciones que han de seguirse.

¿Cuáles son los principales antecedes de la apertura de nuevos ciclos de movilización? Autores como Calle (2007) destacan los siguientes: 1. Un marco de injusticia general, con responsables y dinámicas concretas; 2. La incapacidad de proponer alternativas desde las actuales redes de participación, de presión o de protesta.  Desde la perspectiva del mencionado autor, la conjunción de estas dos características coincide con la emergencia de nuevos modos de movilización social.  A manera de corolario, dicho autor plantea que las características de las nuevas formas de movilización estarán dadas por factores externos e internos. Así, por una parte, desde fuera, se tiende a “bautizar” un conflicto, ya sea porque surjan nuevos discursos, o porque las transformaciones de la realidad social generan  situaciones de insatisfacción para las personas (i. e. la creación o reforzamiento de estructuras de poder tales como el FMI o el BM, las cuales son percibidas como ajenas por la ciudadanía, constituye un aliciente para el lanzamiento de diversas protestas por una “globalización con rostro humano”). Por otra parte, desde dentro, puede decirse que quienes integran los movimientos sociales son agentes que modifican sus  pautas y adquieren herramientas para la acción y la protesta según el contexto en el que ocurre la movilización.[1]

¿Qué otros aspectos han impulsado el surgimiento de nuevos modos de movilización social? Desde la óptica de Calle (2007), puede decirse que en ello han influido tanto el descrédito de los actores tradicionales (i. e. organizaciones sindicales, partidos políticos) como la cobertura de las diversas reuniones de los organismos internacionales, efectuada por los medios de comunicación. Pareciera que esto coadyuva al surgimiento de formas de organización que buscan cimentar la arquitectura de una “democracia desde abajo”. En otras palabras, se pretende estructurar un espacio que posibilite la realización de foros locales abiertos, con una orientación ideológica diversa, gravitando alrededor de redes más o menos horizontales, en las que se enfatice la deliberación y se promueva la participación. Así mismo, los repertorios de acción habilitarían la visualización mediática del enfrentamiento entre las partes en conflicto. Esto pone en juego aquello que Calle denomina como un nuevo ciclo de movilizaciones, cuyo aspecto más visible gira en torno a las llamadas protestas “antiglobalización”, y se centra sobre todo en el ámbito europeo (aunque no exclusivamente).

En última instancia, lo que se pone de relieve —para decirlo junto con Calle (2007)— es “…una silenciosa revolución […] un nuevo o renovado paradigma”. Las marcas conspicuas de este nuevo paradigma serán la horizontalidad reticular y la deliberación práctica. Alrededor de este nuevo paradigma gravitan temáticas que van desde la propuesta de mundos distintos al actual, hasta la crítica al vaciamiento de la esfera pública, a la retirada del Estado de los procesos fundamentales de toma de decisiones a favor de las grandes corporaciones financieras y económicas, a los oligopolios económicos, tecnológicos, mediáticos, etc. En última instancia, a todo ello subyace una creciente preocupación por la intensificación de la precariedad vital —Calle dixit—, es decir, las profundas crisis laborales, sociales, institucionales y de seguridad pública, a las cuales hacen frente prácticamente la gran mayoría de los ciudadanos en todas las escalas territoriales, en todo el orbe.[2]

Sea pues.

 

[1] Calle (2007:56) argumenta que desde la década de los noventa, al interior de los propios movimientos sociales se ha venido desarrollando una serie de reflexiones que intentan buscar puntos de encuentro en torno a los discursos y espacios de intercambio y protesta entre diversas redes sociales. Entre éstas se destacan las Cumbres Alternativas celebradas en Río (1992), y las protestas frente al Banco Mundial en Berlín (1988), las acciones auspiciadas por Acción Global de los Pueblos, o los Encuentros Intergalácticos impulsados por los zapatistas mexicanos. A éstos, sin duda, se les podrían sumar muchos más.

 

[2]  Vale la pena mencionar que Calle (2007: 57) sugiere que la revolución a la que alude no sólo se sitúa en la esfera de la movilización social, sino también en los modos que articulamos para entender ésta. Se estructura, pues, un nuevo paradigma al cual este autor denomina “democracia radical”, alrededor del cual se generan nuevas formas de estar en la calle, de organizar encuentros, de construir redes o de dirigirse a la ciudadanía para poner de relieve tópicos asociados sobre todo con el proceso de globalización neoliberal. Dicho paradigma no tenderá a monopolizar cada una de las formas de protesta (viejas y nuevas). Tendrá mayor presencia en países con un mayor nivel de crítica hacia sus democracias representativas, pero no será exclusivo de tales países, sino que se extenderá hacia las esferas latinoamericanas de mayor proyección política. Desde luego que coexistirá con dinámicas de resistencia de orden más local; convivirá con otros paradigmas de corte materialista (i. e. el movimiento obrero) o vinculados con la puesta en marcha de alternativas tales como el ecologismo, el pacifismo o el feminismo. En última instancia, el nuevo paradigma sugerido por Calle tenderá a reconocer que los cambios profundos y significativos de las sociedades actuales demandan tanto una aproximación global a los problemas, como una aproximación multidimensional y cotidiana; todo ello en un contexto en el que se percibe que el mundo está atravesado por una globalización que se presenta, cuando menos, injusta.

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