La espinosa patria

Todo proceso revolucionario alude de una u otra manera a una transformación radical. Lo anterior tiene un fuerte carácter convulso, casi siempre violento. Implica tanto una rotunda ruptura con el pasado como una vuelco total hacia el futuro. Apertura y cierre. Singularidad y universalidad. Explosión hacia lo otro. Todo ello ocupando el mismo espacio y el mismo tiempo.  En este sentido, 1910 ha marcado un hito fundamental para la historia de este país. Ahí convergieron diversos intereses y horizontes (desde liberales hasta anárquicos), los cuales, en un principio, representaban un intento de amalgamar a la nación que había surgido un siglo antes. La búsqueda de horizonte común en el que fuera posible reducir las abismales desigualdades socioeconómicas que entonces campeaban a lo largo y ancho de un territorio sediento de justicia (y la verdad sea dicha, también de sangre; somos un poco bárbaros, los mexicanos). Desde Aquiles Serdán y Pascual Orozco hasta Zapata y Villa, el grito de Justicia, Tierra, Patria y Libertad, constituía la apuesta, puerto al que se buscaba conducir este navío. Las armas, eran el medio. Entonces, enter Victoriano Huerta. El resto es historia (de bronce) pendular; el eterno retorno del pasado. En este contexto, no está de más interrogarse acerca de ¿cuál es el balance que puede hacerse hoy en torno a la Revolución Mexicana, a más de un siglo de distancia? Si bien es cierto que -como dijera Octavio Paz- nuestro particular proceso revolucionario mantuvo a raya al totalitarismo, también ahijó al Ogro Filantrópico paciano, normalizó la corrupción e introdujo la mentira como forma de acceder y ejercer el poder. En otras palabras, abrió la puerta para el establecimiento y perpetuación de los atavismos de antaño. Ello al grado de que la visión decimonónica del mundo campeó en el territorio y permaneció allí durante todo el siglo XX. Si uno lleva esta idea al extremo, puede decirse que a la larga, nuestra revolución fue fragmentaria, incompleta, puesto que pactó con el pasado. Institucionalización de lo revolucionario, entelequia de la permuta. Adeudo histórico incumplido, hoy las desigualdades que nos inundan son quizá más profundas que nunca antes, y el anhelo de equidad (e insisto, de sangre) cada vez suena más fuerte.  ¿Será que la revolución mexicana fue un infructuoso encuentro con el futuro, y al final de cuentas las cosas cambiaron sólo para seguir igual? Frente a un panorama tan desolador, sólo queda interrogarse acerca de si en el fondo ¿hay algún resquicio de esperanza? ¿Basta la voluntad política para dar respuesta a las profundas demandas históricas que agobian al país? ¿O es preciso que ruja sonoramente el cañón y que se erija un soldado en cada mexicano?

Sea pues.

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