¿Metaescritura o la escritura como meta?

Escribir es, sin duda, uno de los actos más revolucionarios que existen. Desde luego, no me refiero a cualquier evento en el que se plasme una letra junto a otra. Difícilmente hay un germen revolucionario en ·&/(&/(%%$. Aludo más bien al proceso reflexivo que media entre el pensamiento y la palabra. Antes de que salten los puristas, aclaro que no me coloco aquí en la posición de juez que dictamina cuál reflexión es la buena. Por supuesto que no. Más bien me interesa sugerir la existencia de una condición de posibilidad, de una bisagra conceptual que nos permite nombrar el mundo. Así, literalmente, cuando uno escribe, transforma la realidad de un plumazo (o de un teclazo, en estos tiempos hípermodernos). El poder de la escritura se despliega tanto en los ámbitos más pequeños como en los de alcance global. En otras palabras, la potencia de las letras radica tanto en el ataque frontalmente brutal que el que escribe establece contra la hoja en blanco, como en la posibilidad de poner a temblar estructuras y órdenes sociales reificados.  Esto es así porque maginar el mundo implica transformarlo. Nombrar, pues, es crear. Ergo, el pensamiento, la reflexión, puede postularse como la última praxis. Verbo en acción. La palabra como arma. Abrir fuego. Vomitar letras a diestra, pero sobre todo a siniestra. Con ton, son y otra cosita. Ay, arriba y arriba. De este modo, hay que escribir, aunque sea –como bien dice Luis Chaves, el gran poeta costarricense- a patadas y echando espuma por la boca. La hoja en blanco/el mundo es el adversario a vencer. Temblemos. Es el vértigo frente al abismo que se abre bajo nosotros. Con temor, claro. Pero sin pausa: postulemos la escritura reflexiva como estrategia de desmontaje, de impensamiento, de desestructuración del sentido, de ruptura con lo ya sabido. Bajo esta óptica, escribir se nos presenta como vía de acceso, llave y puerta a lo Otro, a lo que se coloca allá, completamente en aquella orilla, del otro lado del precipicio. Intento de captar lo que nos elude. Fijeza del sentido. Enunciación sin enunciado. Órganos sin cuerpo. Texto sin contexto. Discurso sin contenido.

Paf.

Sea pues.

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