Good ol’ Rorty

Casi desde su origen, la teoría social ha estado escindida. Por una parte podemos observar una perspectiva (qua explicación del mundo) centrada en fusionar lo público con lo privado. Ésta tiene una raigambre metafísica/teleológica que se extiende de Mill a Dewey y hasta Habermas. Bajo esta óptica se nos “invita” a reconocer la existencia de un factor común situado en el seno de la naturaleza humana. En este sentido, quienes suscriben la posibilidad de equiparar lo privado con lo público aseveran que el “secreto” para lograr lo anterior radica en asumir que el disfrute personal es una y la misma cosa que la solidaridad con la especie humana. Para ello se requiere además, aceptar el supuesto que plantea la existencia de un nivel profundo del ser en el que todos y cada uno de nosotros estamos (ja ja, perdonen la carcajada), conectados de manera trascendental (entre nosotros y con el entorno).   Por otra parte se tiene una versión cuya mirada es más bien historicista. Bajo la batuta de Nietzsche, Kierkegaard, Heidegger y hasta Baudelaire, se postula que no existe algo denominado “naturaleza humana”. Por el contrario, la explicación del mundo se situaría en el plano de los procesos de socialización, de la circunstancia histórica particular por la que se atraviesa en un momento dado. Nada es, pues, ahistórico y trascendental. El mundo, ergo, la realidad, es construida socialmente.  

            Sin duda, esta escisión ha tensionado por décadas el campo de la teoría social. Así, se han abierto dos grandes trincheras que arrojan distintas explicaciones del mundo, de la realidad. En este punto vale la pena señalar que desde ambas perspectivas se pretende lograr que tanto las instituciones que construimos y que regulan nuestra vida social, como las prácticas que llevamos a cabo a diario, sean cada vez menos crueles y más justas. No obstante, cualquier intento de hacer coincidir las dos ópticas en un horizonte único es un esfuerzo inútil. Esto es así porque implicaría conseguir que la búsqueda de la perfección en lo privado fuera exactamente lo mismo que la apuesta por una solidaridad total con el resto del género humano. Éste sería un gesto vacío, una brecha insalvable tanto en el terreno conceptual como en el práctico. En este sentido, Rorty (1995: xiv) plantea que en niguna teoría de la sociedad, de la racionalidad, o de la naturaleza humana, estará en condiciones de sintetizar a Nietzsche con Marx, a Heidegger con Habermas. Por el contrario, este entrañable filósofo norteamericano nos invita a desplazar la discusión al campo del lenguaje (como parte constitutiva de la realidad). De manera específica Rorty (1995) plantea que el vocabulario de la creación de sí mismo es (o debe ser), por fuerza, privado e indiscutible. En cambio, el vocabulario de la justicia es (o debería ser) necesariamente público, compartido, un medio para el intercambio de argumentaciones y puntos de vista.[1]

En el centro de esta perspectiva está la figura del ironista liberal, sugerida por Rorty (1995). ¿Qué significa lo anterior? ¿Qué elementos configuran sus contornos y la dotan de contenido? A manera de respuesta, el mencionado autor postula de manera sencilla y concreta que por “liberal” debería entenderse a aquella persona que considera que la crueldad es lo peor que existe. En este sentido, “ironista” aludiría a aquellos sujetos que reconocen –y se hacen cargo– del carácter contingente que habita a sus más profundos deseos y a sus más arraigadas creencias. El ironista liberal acepta que en aquellos elementos que lo constituyen no hay nada trascendental que esté fuera del tiempo. En otras palabras, este sujeto es un nietzscheano en privado, pero además está comprometido públicamente con la configuración de un orden político que fomente la creatividad individual en la misma medida en la que minimice la crueldad.   ¿Qué consecuencias tiene lo anterior en relación, por ejemplo, con la arquitectura de lo público/lo político? Ah, las respuestas a esta pregunta vendrán en otro post…

 

Sea pues.

 

             


[1] Desde esta perspectiva, Rorty (1995) plantea que resulta de mayor utilidad pensar en las dos trincheras que tensan al campo de la teoría social como conjuntos distintos de herramientas que explican “momentos” diferentes de la realidad. Por una parte, están aquellos autores que cimentan la afirmación que sugiere que las virtudes sociales no son las únicas que existen, sino que hay una esfera privada en la que nos creamos y re-creamos constantemente. Por otra parte están aquellos autores que argumentan en torno a la importancia de nuestro ser público, puesto que es a partir de éste que es posible ejercer la crítica sobre las instituciones y prácticas que observamos en la vida diaria. Ambas miradas, dice Rorty, son correctas. Afortunada o desafortunadamente, es imposible (y ni siquiera deseable) hacerlas hablar el mismo idioma, puesto que son herramientas distintas, y requieren la misma labor de síntesis que necesitarían un taladro y un pincel –bella metáfora rortiana. 

 

 

Por supuesto, el diálogo aquí se establece con Rorty, Richard. Contingencyirony and solidarity, Cambridge University Press, EUA, (1985) 1995.

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