Pensar-se

Pensar es un acto radical, revolucionario (mucho más incluso que la propia praxis). Pensar-se es, en además, algo sumamente peligroso. Sobre todo porque, como bien lo sugiere la sabiduría popular: cuando se busca algo, casi siempre se encuentra. En otras palabras, al pensar-se se corre el riesgo de descubrir que uno es, también uno mismo (pienso inevitablemente en Borges, en su El Otro).  Encajar en el molde de lo que uno es tiende echar por tierra todo ese conjunto de imágenes idealizadas que construimos alrededor nuestro, y que a veces nos permiten dormir tranquilos. Acceder, aunque sea por un instante, a esa obscena cercanía con lo real de nosotros mismos es brutal, demoledor. Nada hay más poderoso que darnos cuenta que debajo de la máscara que nos colocamos a diario[1] no hay sino exactamente el mismo rostro que está plasmado en el disfraz. Somos pues la máscara que intentamos ponernos. Sujetos habitados por la fantasía. El sueño de un Otro que no es sino el propio Uno (Borges, otra vez). Dicho de otro modo: un conjunto de ficciones discursivas encerradas entre las fronteras de la dimensión orgánica/biológica del cuerpo. De este modo, la reducción de la brecha entre lo Uno y lo Uno provoca sin duda el derrumbe del andamiaje sobre el que montamos nuestro propio ser. Esto es así precisamente porque somos seres que se construyen en torno a esa brecha, a ese abismo. El vacío nos constituye. Nuestro centro es justo esa fisura negativa que buscamos suturar a toda costa.  Bajo esta óptica, aparte de ficticios, somos sujetos escindidos, irremediablemente demediados, arrojados, por ejemplo, hacia la vida/muerte. Pensar-se, pues, pone de relieve el riesgo de rasgar toda seguridad ontológica que pudiéramos tener. Ello en la medida en que nos acerca al hegelianamente blanco horror de lo real. Nos (des)coloca frente a lo que somos y frente a la distancia que se abre cuando reflexionamos acerca de lo que decimos que somos. Por eso, dilucidar el vacío que nos articula, alrededor del cual giramos como perros persiguiéndose la cola, resulta el desafío último. Pensar-nos equivale a tener las agallas suficientes para lanzarse velozmente al vacío, para reconocer que no somos sino nuestro peor enemigo. Desde esta perspectiva, ante el miedo que ello nos provoca, preferimos acudir a instancias de hetero y auto percepción. Buscamos escuchar lo que el Gran Otro dice acerca de lo que somos, para entonces, estructurarnos en torno a su voz. Como si la Verdad estuviera allá afuera, por decirlo à la Fox Mulder. Nos armamos una identidad –dicen los especialistas poseedores del supuesto saber. Lo que éstos no nos cuentan es que recurrimos a ello para intentar escapar de esa nada que nos acosa y que intuimos que somos nosotros operando bajo la lógica circular perro-rabo-perro, etc.  Pura coherencia, pura. ¿A dónde voy con todo esto? ¿Cuál es el punto? Ése, precisamente, ninguno. La intención de este texto no es sino bordear los contornos liminares del  exceso de negatividad que es en nosotros mismos más que nosotros mismos. Ah, sí. Por supuesto, otro de los nombres que le podemos adjudicar a este proceso es, precisamente, el de la arquitectura de la subjetividad.

Sea pues.


[1] Y que tire la primera piedra aquel que asegure cien por ciento que es auténtico. Pffft. Patrañas.

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