Naila

Mi heredera se fue de campamento. Así que aprovecho una carta que escribí junto con su madre para colocarla como mi texto de hoy. Sea pues:

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Hola, Naila.

Tu mami y yo queremos decirte que recordamos perfectamente el momento en que nos enteramos de que pronto estarías con nosotros. Ése fue el día más feliz de nuestras vidas. Atardecía. Tu mamá y yo acabábamos de recoger un sobrecito blanco con los resultados de un análisis de sangre que se había hecho el día anterior. Estábamos muy emocionados. Ya te intuíamos. Pero no estábamos seguros todavía. Con el sobre en nuestras manos, nos subimos al carro y arrancamos. Íbamos en silencio. Entonces tu mamá pregunto, como si estuviera a punto de hacer una travesura: “¿Lo abrimos?” Yo, por supuesto, asentí con la cabeza. De reojo vi cómo a tu mami le temblaban las manos. Estábamos, definitivamente, emocionados. Emocionados y nerviosos. Esperábamos ver en los resultados un simple SÍ o NO, para saber si estábamos embarazados. Pero para nuestra sorpresa, la hoja tenía unos números que para nosotros eran incomprensibles. Algo así como 2,600 noséqué. Si hubiera estado en cantonés, creo que habríamos comprendido lo mismo. Así que ahora, aparte de emocionados, estábamos nerviosos, y desesperados. Sin dejar pasar un momento más, di vuelta, y metí el carro al estacionamiento de un Seven Eleven. La idea era llamar por teléfono a quien entonces era la ginecóloga que atendía a tu mamá. Nos dimos cuenta que ninguno de los dos traía celular, así que nos bajamos del auto para hablar desde un teléfono público. Mientras tu mamá marcaba el número, yo caminaba de un lado para otro: emocionado, nervioso, desesperado y lleno de angustia. Tu mamá le explicó la situación a la doctora: “no entendemos lo que quieren decir los números que aparecen en los resultados del análisis; estamos desesperados por saber si estamos embarazados  o no, doctora”, escuché que decía tu madre, al tiempo que leía los dichosos numeritos. Le tamblaba la voz. Se le notaba la desesperación, el deseo de saberte. Yo observaba atento. Creo que hasta me comía las uñas. Recuerdo que mi respiración estaba agitada. Era esa hora en que no se sabe si es de noche o de tarde. Entonces, vi que a tu mami se le iluminaba el rostro como nunca antes, y sus ojos adquirían un color hermoso. Había en ellos una llamita que nunca antes había visto. Luego, poco a poco se le iban llenando de lágrimas. Quiso decirme algo, pero no pudo. Y su sonrisa, Naila. Su sonrisa era espectacular. Ahí lo supe. No fue necesario que tu mami dijera nada. Simplemente supe que sí, que íbamos a ser papás. El pecho se me llenó de algo que no sé poner en palabras. Era como un calor suave que me golpeaba, una energía profunda que me recorría todo el cuerpo, algo así como una sensación de completud. Sí. Eso. Me sentí pleno. Y literalmente, brinqué de puritita alegría. Yo también lloraba. Tu mamá y yo nos abrazamos fuerte, y saltamos dando vueltas. Parecíamos unos locos. Gritando y llorando y girando. Alegría pura, hija. Alegría pura.  No recuerdo si colgamos el teléfono, o si tu mamá se despidió de la doctora. Tampoco importa. Lo que era verdaderamente importante es que sí, que pronto te tendríamos con nosotros. Tu mami y yo estuvimos así unos instantes, abrazados y disfrutándote. La gente nos veía como a unos bichos raros. A nosotros eso nos daba más risa. Lentamente nos fuimos calmando. Entonces nos subimos al auto y conducimos a casa. Íbamos tomados de la mano. Desde aquel día has sido una luz, una fuerza vital enorme para nosotros. Para nosotros que te amamos tanto, hija. Tanto.

Claudia e Igor

PD.

Por cierto, el día que naciste, yo garabatee una carta que te transcribo a continuación:

Naila:

Bienvenida. Éste es el mundo. Ya lo iremos descubriendo juntos, lo construiremos al nombrarlo, lo iremos iluminando con los colores de tu mirada, con tus llantos y tus sonrisas, y tus dedos y los míos. Poco a poco lo recorreremos, guiándonos juntos, aprendiendo a conocernos, dejándonos huellas indelebles, pequeñitas las tuyas, y precisamente por ello, inmensas e inabarcables. Inventaremos un lenguaje propio, íntimo, para contarnos nuestros secretos. Sabremos de antemano que casi todo lo que hagamos tendrá un aire de iniciación, de misterioso ritual personalísimo, de búsqueda y encuentro. Llave universal, llegas a mi vida en el momento justo. Te presentas como un tornado fascinante, como una sonrisa de cuerpo entero, como un caos fundamental oculto bajo un ropaje dulcemente frágil. Pequeña revolución condensada en llanto, trastocas toda noción de orden, todo esquema, toda estructura. Te multiplicas por todas partes, delimitando un territorio, articulando un antes y un después en mí. Centro prístino, ahora todo esto que soy gira en torno tuyo. Día a día. Desdoblando el futuro, nos reconoceremos allá tal como aquí. Sabremos que tú eres en mí eso indefinible que es más que yo mismo, que me atraviesa por completo y me devuelve mi propia e imposible mirada. Y es en este estallido, en esta especie de umbral, en el que, al observarte, me descubro en ti, completo, circular. Total. Y sabré entonces que era cierto, que yo había estado aquí por ti y para ti. Y que estaré siempre. Pase lo que pase. Que no te quepa duda, bonita, eres mi particular vuelta al origen; mi infinito retorno. Mi causa. Mi promesa. Mi reencuentro. Mi verdadero hogar.

Te prometo que un día te haré llegar el papelito amarillo donde te escribí la cartita. Te lo prometo.

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Un pensamiento en “Naila

  1. Vaya, Dr. Israel, mis ojos recitaron para mí la carta que hicieron a su hija. Me atrevo a comentar porque conocí a Naila de su mano, allí, en las escaleras del CUCSH. Aunque no soy padre, pero sí tío, me llegaron sus letras y me gustó su relato. He pensado hacerles una carta a mis sobrinas, una carta para el futuro, como la que usted cuenta que escribió al nacer Naila.
    Saludos a los tres, buen fin de semana.

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