Identidad vs ideología

A mediados de la década de los noventa, Charles Taylor (1994) ponía de relieve la creciente importancia de la necesidad de ser reconocido en tanto lugar de condensación de las demandas  sociales visibles en la esfera pública. Así, la afirmación de identidades particulares poco a poco se ha constituido como una arista crucial en la articulación del campo político contemporáneo. En otras palabras, desde la perspectiva de este filósofo canadiense parecía operarse una especie de desplazamiento en el que las discusiones acerca del ideal del deber ser de la sociedad tenían una importancia cada vez menor. En cambio, las apuestas por el reconocimiento de las diferencias adquiría una centralidad significativa. Puede decirse, pues, que en el mundo contemporáneo es posible atestiguar un tránsito de las políticas de la ideología a las políticas del reconocimiento, qua ejes estructurantes de la dimensión política de la vida social.[1]

Uno de los lugares en los que esta tendencia se observa con mayor claridad es el de la movilización social contemporánea (sobre todo en aquellos países en los que prevalece una democracia de corte liberal). En este sentido, pareciera que los núcleos temáticos  alrededor de los que la gente se moviliza tienen perspectivas finitas y particulares. De hecho, algunas de las críticas que se vierten sobre los movimientos sociales hoy aseveran que dadas sus características, éstos no contribuyen a la construcción de un  futuro y una sociedad distintas, sino que buscan la transformación del presente, sin un horizonte claro con respecto al mediano o largo plazos. En este punto no está de más señalar que lo sugerido aquí apunta a esa complicada y difícil distinción entre movimientos sociales y protestas[2] (o si se lleva el argumento hasta sus últimas consecuencias, habría que aludir a la disputa entre políticas de la identidad e ideologías políticas).

Bajo la óptica planteada en los párrafos anteriores, resulta en extremo pertinente interrogarse acerca de ¿dónde está la ideología hoy? ¿Cuál es el significado de las ideologías políticas en nuestra contemporaneidad? ¿Realmente habitamos una era post-ideológica? ¿En verdad todas aquellas ideas que detonaron movilizaciones sociales masivas y que apostaban por cambios revolucionarios han perdido por completo todo su atractivo? Las posibles respuestas a estas preguntas son diversas y susceptibles de ser debatidas. Como quiera que sea, de acuerdo con autores como Schwarzmantel (2008), puede decirse que hoy se precisa trazar de nuevo tanto el mapa conceptual que demarca los contornos del campo político como de las ideas que detonan la acción que en éste se despliega. ¿Qué implicaciones tiene lo anterior? En principio, hay una argumentación en torno a que las ideas políticas ocupan un lugar central en nuestro tiempo. En otras palabras, puede decirse que para comprender lo que ocurre en la esfera política se precisa entender las ideas y perspectivas que han servido de base para que la población se involucre en aquellas acciones políticas que considera relevantes. A continuación algunas preguntas que permitirían “operacionalizar” la discusión anterior:

  • ¿Cuáles son los supuestos acerca de lo que se considera como natural, justo y correcto?
  • ¿A qué o a quién es lo que estos supuestos oscurece/legitima?
  • ¿Cuáles son las relaciones de poder implicadas en estos supuestos?
  • ¿Qué mecanismos se ponen en marcha para hacer parecer que esas relaciones son buenas o normales? ¿Qué aspectos negativos se ocultan?
  • ¿Qué pares/binas son puestas en juego en la relación de poder? ¿Qué parte del par es privilegiado?
Vale. Vengan las respuestas.
Sea pues.


[1] En este contexto, Schwarzmantel (2008: 5) plantea que la vida política de las sociedades contemporáneas se encuentra dominada por un conjunto de disputas que giran en torno a las diferencias, al reconocimiento. Así, culturas, religiones, y costumbres particulares exigen tanto su espacio como el respeto que merecen. En contraste, preocupaciones tales como el liberalismo y el conservadurismo, la derecha y la izquierda, situadas en un plano más ideológico, ya no resultan tan atractivas en lo general. Ello debido en buena medida a su raigambre occidental (i. e. operan en función de horizontes universalistas tales como el progreso, la racionalidad, el secularismo, etc.). En otras palabras, parecería que hoy los temas “ideológicos” ya no interpelan tanto a aquellos sujetos cuyos orígenes culturales se sitúan en otra parte (no en el hemisferio occidental). Dicho de otro modo: todo apunta a que el mundo multicultural es más receptivo a las narrativas vinculadas con la afirmación de las identidades que a aquellas asociadas con la importancia de las ideologías.

[2] En 1995, Richard Rorty publicó en la edición invernal de la revista Dissent un artículo titulado “Movements and Campaigns”. En éste analiza de manera crítica algunos argumentos postulados como señales de la “crisis de la modernidad”. En este contexto, el mencionado autor define a las protestas (campaigns) como algo finito, susceptible de triunfar o ser derrotado. En cambio, los movimientos ni fallan ni ganan. Son de largo aliento. Suscribir el horizonte de un movimiento implicaría, en consecuencia, la habilidad de concebir a las diversas protestas (con objetivos y alcances muy particulares) como parte de algo mucho más amplio, que apunta a la transformación de la sociedad en su conjunto. Las protestas en cambio tienen límites más claros y son, por decirlo así, autocontenidas. En este contexto, es precisamente a partir de le lectura que hace Schwarzmantel (2008) de los argumentos de Rorty (1995) en que se anclan la discusión del primero: los movimientos orientan su acción política hacia un objetivo de amplia envergadura. De este modo, los núcleos temáticos particulares (protestas) son evaluados en términos de la contribución que brindan al proceso general de transformación social.  Finalmente, vale la pena señalar que para algunos, la distinción entre protesta y movimiento es falsa, puesto que las primeras no podrían existir sin el horizonte planteado por los segundos.

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