En la Matrix

Uno lee y escribe acerca de los procesos de socialización y de sus efectos. De igual manera, uno intenta teorizar en torno a cómo la institucionalidad adquiere vigencia en la medida en que es capaz de producir subjetividad (y cómo hoy dicha capacidad está seriamente erosionada). También uno apuesta por los enfoques centrados en el actor y sugiere que la arquitectura de lo público incide de diversas maneras en la configuración de las identidades, y viceversa. Sobre todo viceversa. Pero discutir lo anterior en el contexto académico en términos de procesos investigativos, de objetos/sujetos de estudio, de objetivos, de análisis, y de resultados, es una cosa, y atestiguarlo  de primera mano, contigo mismo y en tu entorno más cercano, es algo completamente distinto. Produce un impacto brutal. Lo que se dice un shock en sí. Sobre todo si se considera que a mis treinta y muchos fue necesario observar(me en) el espejo de mis herederos para poder identificar el enorme peso que ejerce sobre mí (en el campo de mi vida privada) el conjunto de aparatos institucionales que se despliegan a todo lo largo y ancho de la esfera pública.  Me explicaré a continuación. Pero antes, quiero hacer una aclaración que tiene que ver con un posicionamiento ético, por decirlo así. ¿A qué me refiero? A que sin que necesariamente lo haya planeado así, me he descubierto jugando el doble papel de protagonista y de testigo de lo que me acontece y de lo que le acontece a mi descendencia: por una parte intento ser un padre de tiempo completo y me esfuerzo intensamente por procurar que las infancias del Iago y de la Naila tengan la mayor cantidad de felicidades posible.[1] Por otra parte, el entrenamiento que he tenido durante los últimos tres lustros se impone sobre mí y me coloca en el lugar del mitotero sublimado que no hace sino ponerle subtítulos a la vida diaria, es decir, del investigador que (sobre)analiza todo, y retrotrae un conjunto de categorías para nombrar lo que observa. ¿Acaso lo anterior me causa un conflicto? Por supuesto que no. No obstante, sé que más de alguno me acusará de convertir a mis pequeños en “conejillos de indias”. Para nada. Más bien yo soy el ratón de laboratorio de mi clan. Aunque lo cierto es que este asunto suena más complicado de lo que realmente es. De cualquier modo, no quería dejar este punto en el aire, y me pareció pertinente mencionarlo, puesto que este post hace de cierta fracción de mi intimidad un espectáculo. Además, en todo caso, yo también soy mi propio sujeto de estudio, y estoy en el centro de mis conjeturas. Así que, como aseveran en el barrio, mejor curarse en salud.

Dicho esto, en lo que sigue trataré de desglosar por lo menos dos lugares de observación que permiten poner de relieve la brutal influencia que ejerce la arquitectura institucional sobre la configuración de la subjetividad. Especifico: sobre la conformación de mi propia subjetividad y sobre la de aquellos a los que pertenezco (iba a decir “sobre los míos”, pero la realidad es que yo ya no soy yo sin ellos). Por supuesto, el proceso que media lo anterior es la socialización, y la literatura que hay al respecto es diversa y abundante, así que por lo menos dentro de los límites de este post, nos la saltaremos. [2]

A manera de desglose del primer lugar de observación al que aludía arriba, comencemos con lo que ha quedado escrito en los párrafos anteriores. Basta darle una lectura superficial a éstos para darse cuenta que en mi discurso hay por lo menos tres aristas que reflejan la influencia institucional ya señalada. La primera tiene que ver con el ideal del deber ser de la paternidad. Éste me fue transmitido a través de la rutinización de un conjunto de prácticas por nada más y nada menos que mi padre (el cual, después de mí, es el mejor papá del mundo). Buena parte de mi hacer como progenitor se deriva de una concienzuda evaluación de los modos de hacer de mi ancestro. La puesta en práctica de sus buenas acciones, y la evitación a toda costa de aquello que considero que no encaja con el modo en que me parece adecuado ser papá configura, sin duda, la relación que sostengo con mis retoños. En otras palabras, la institucionalidad adquiere vigencia en la medida en que se actualiza a través de las prácticas cotidianas que a diario llevamos a cabo. En este sentido, dicha institucionalidad produce (una parte de nuestra) subjetividad, se cuela, casi sin que nos demos cuenta, hasta la cocina de nuestra ontología. La segunda arista de este primer lugar de observación se sitúa en el plano de mi proceso de escolarización. Haciendo cuentas, he estado metido más o menos 25 años en un aula (solo como estudiante. Lo de la docencia es otro cantar). El peso de la interacción escolar con los Otros, y sobre todo, con el Gran Otro, me ha estructurado de una manera muy concreta que me hace colocar a mi prole y a mí mismo como un observable, como una vía explicativa para comprender procesos sociales más amplios. Carajo, ni viendo las caricaturas me puedo deshacer de esa tendencia a sobre-analizar incluso hasta las más pequeñas cosas. Ya hablaré de esto algún otro día. Sigamos: por último, la tercera arista se deriva de la anterior, y tiene que ver con la apuesta “teórica” por la que me decanto, es decir, aquella que postula un desplazamiento de la mirada analítica hacia el actor. En otras palabras, mi proceso escolarizado me ha permitido, por un lado, reconocer el peso que ejercen sobre mí las instituciones. Pero por otro lado, me ha posibilitado por lo menos conjeturar que dicho peso no es unidireccional y dado de una vez y para siempre: en la medida en que  la institucionalidad no tiene una existencia objetiva, sino que se construye y adquiere vigencia en tanto que se rutiniza una serie de prácticas,  también le otorga a los actores la posibilidad de producir grandes transformaciones ancladas en el ámbito de la vida diaria y desde sus propias trincheras.

Ahora bien, basta de mí. Sigamos con mi prole en tanto que ahí está el otro lugar de observación del que hablaba. Ya he dicho en otra parte que, con sus matices, la Naila es toda apolínea y el Iago se pasa de dionisíaco. No voy a profundizar aquí en ello (pero seguro más adelante le dedicaré un post completo al tema). No obstante, vale la pena decir que, desde luego, sus respectivos procesos de socialización  secundaria juegan un rol fundamental en la configuración de lo que ellos son y de lo que hacen y dicen. Por supuesto, asumo también que el entorno familiar es crucial para lo anterior. Pero creo que a su vez resulta altamente significativo el tiempo que los herederos  pasan fuera de dicho entorno. Por ejemplo, recientemente caí en la cuenta que cuando termina de comer, el Iago coloca su vaso dentro del plato. Luego sitúa a ambos frente a sí, y sentencia con un movimiento del brazo: “se aaaacabó. A no tene”. Ese conjunto de acciones aparentemente pequeñas y casuales no son sino la institucionalidad en pleno funcionamiento, encarnada en una práctica. Esa configuración específica de vaso/plato, y el movimiento del brazo asociado con una frase concreta es algo que el chiquillo ha absorbido en la guardería. Como muchos de ustedes sabrán, ése es un entorno sumamente regulado. Es sorprendente cómo al interior de estos establecimientos hay cientos de protocolos que estructuran todas y cada una de las actividades que los infantes realizan. Desde los horarios de entrada y de salida (y por ende, el conjunto de prácticas que los padres efectúan antes y después de llegar a la puerta de la estancia infantil). Vaya, tanto el momento de echarse una siestecita como la propia duración del sueño son sometidos a una estricta programación. Sin duda, esto juega un papel fundamental en la constitución del Iago en tanto sujeto. La Naila, por su parte, ha desarrollado una capacidad crítica y una autonomía envidiables. Más allá del entorno familiar, no me cabe duda que tanto su proceso de escolarización (y en alguna medida, la televisión, aunque se asusten algunos) han contribuido a todo ello. Lo anterior no es casualidad. La escuela a la que la pequeña asiste tiene un modelo educativo (ergo, una arquitectura institucional) orientado hacia la producción de un tipo específico de sujetos capaces de lograr por sí mismos aprendizajes profundamente significativos (vaya, casi lloro cuando en una junta su profesora me comentaba quitada de la pena que en los meses siguientes el equipo de la Naila trabajaría en un proyecto de investigación en ciencias sociales). Yo aprendí a leer a los tres años porque mi papá es un hombre persistente y paciente, y dedicaba sus tardes a enseñarnos a mí y a mi hermano a hacerlo, y no porque en el kínder me hubieran mostrado el camino. En cambio, la Naila va por cuenta propia a la biblioteca escolar a solicitar libros para llevarlos a casa y leer por las noches, antes de dormir. Estos dos ejemplos, que para algunos carecerían de importancia porque en apariencia dicen poco, representa uno de los elementos centrales para el proceso de estructuración de la sociedad.

En fin, no me cabe duda que el análisis de las prácticas cotidianas constituye un plano sobre el que pueden incorporarse una serie de variables que permiten comprender el modo en que se estructura el campo social. Esto es así porque es justamente a partir de dichas prácticas desde donde emerge la configuración institucional que restringe y habilita nuestras acciones. También a partir de éstas es que se postula un horizonte de condiciones de posibilidad para generar cambios (pequeños, gigantes) en la citada configuración. Por ejemplo, he dicho ya que una arquitectura institucional específica busca la producción de sujetos con perfiles también específicos (sin determinismos, por favor). Dicho de otro modo, la institucionalidad produce subjetividad. Si llevamos el argumento hasta sus últimas consecuencias, y lo colocamos en un terreno que me es más familiar, puede decirse que esos “momentos de indecibilidad” que orillan a los sujetos a adoptar una postura se encuentra, precisamente, en el núcleo alrededor de los que se estructura el campo político. Éste emerge en la erección de las diferencias, de lo que nos define como “nosotros” frente a un “ellos”. Este proceso no ocurre en el vacío, sino en el seno de un conjunto de marcos de significado desde los que dotamos de sentido a nuestro quehacer. Dichos marcos están fuertemente enraizados en la institucionalidad en la que nos tocó vivir. Por ende, la propia arquitectura de la subjetividad es susceptible de ser “leída” en clave política.

Sea pues.


[1] En este sentido, no está de más decir que soy uno de los tipos más ricos del mundo porque mido mi riqueza en función de la frecuencia, la magnitud y la duración de las respectivas carcajadas de mis retoños. Si la midiera en términos económicos seguro acabaría llorando.

[2] Igual lo haré con el ámbito de la socialización primaria, es decir, el de la familia. Digo, ya es suficiente con que balconeé a los herederos como para que en el mismo post también ventile los trapitos familiares al sol.

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Un pensamiento en “En la Matrix

  1. Tal vez el gesto político definitivo sea apelar a la cocreación de nuevas subjetividades (pienso en los pequeños), que se evadan de las instituciones concha y demás lastres, y emerjan para apuntalar unas nuevas instituciones (en el sentido amplio) que reconfiguren el campo social y permitan, a su vez, una renovación constante.

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