Invitaciones

Históricamente (sobre todo desde una perspectiva un tanto marxista-leninista), Francia ha sido considerada como el territorio natural del pensamiento y del quehacer político contemporáneo.[1] Por lo menos esto es así desde 1789, año en que inicia la Revolución en aquel país europeo. En este contexto, quizá como consecuencia del propio contexto, puede decirse -de acuerdo con autores como Badiou (1990)-, que en dicha nación todos los sujetos estaban políticamente configurados. Desde luego, esta afirmación puede extenderse a buena parte del mundo occidental. No obstante, a partir de mediados de la década de los ochenta, en pleno siglo XX, desde la perspectiva del autor mencionado, la política no es sino una especie de centro ausente, una entidad que se sabe que está ahí, pero que no interpela. Sus mensajes resuenan poco. Tiende a perder su capacidad instituyente, por decirlo à la Lewkowicz. Así, cuando la política entra en el campo de relevancia de los sujetos (i. e. a través de los procesos electorales, de las declaraciones emitidas en los medios por los grandes personajes políticos) produce indolencia y/o desencanto. Esto es así porque el significado último de esta actividad  se ha distorsionado, y se ha convertido en un universo en el que, por ejemplo, es más importante replicar los mecanismos para la representación, que los contenidos y la calidad de la representación en sí misma.

Bajo esta óptica, Badiou (1990: 7 ) sugiere que las categorías fundamentales del campo político (i. e. izquierda/derecha; movimiento obrero/patronal; nacionalismo/comunismo, libertad/autoridad, etc.) han perdido su capacidad de designar, es decir, se han vaciado de contenido. En última instancia –sugiere el mencionado autor–, lo que ponen de relieve es que “…Francia […] ha entrado en la soberanía del escepticismo”. Una vez más, aunque con distintos matices y por otras razones, esta afirmación –un tanto lipovetskiana- puede extenderse a buena parte de hemisferio occidental. En otras palabras, puede decirse que por lo menos en lo que refiere a su dimensión formalmente instituida, la política se ha convertido en apariencia pura, en un gesto vacío, sin fondo alguno.  Hay, en consecuencia, una profunda retirada (del ámbito) de la política. Lo anterior ofrece la posibilidad de una doble lectura. Por una parte, ilustra el vaciamiento (de los significados) del campo político: éste ya no interpela a la ciudadanía en la medida en que su capacidad instituyente, es decir, la posibilidad de producir subjetividad, se ha erosionado.  Por otro lado, también alude a la tendencia a estabilizar la subjetividad en la esfera de lo privado. Es el ciudadano el que, en medio de una estela de intenso desencanto, se aleja de la política.

Una mirada poco atenta a este proceso encontraría ahí una tendencia a la apatía, una falta de interés por incidir en los asuntos públicos. Pero limitarse a afirmar lo anterior representaría un fallo analítico enorme. En este sentido, es preciso reconocer que esta especie de “retirada” hacia lo privado constituye un proceso –por decirlo à la Beck- altamente politizado. De este modo, incluso la propia arquitectura de la subjetividad se postula como una arena política. Pero “tejer” alrededor de esta idea requiere de una buena dosis de valentía, puesto que alude a la necesidad de reconfigurar buena parte del instrumental conceptual desde el que se analiza el campo político. De entrada, es fundamental resemantizar dicho campo, de manera que sea posible comprender el conjunto de procesos/tendencias, inéditas/contingentes que ahí se articulan. Bajo esta misma óptica, hay una cauda de nociones que requieren de una actualización profunda. Entre éstas se encuentra las de poder político, acción colectiva, movilización social, espacio público, cultura política, etc. La herencia que nos ha legado la tradición moderna (por contradictorio que suene el término) resulta ya insuficiente. Necesitamos, con urgencia, estructurar nuevos lenguajes en torno a la política y lo político. Nuevos lenguajes que permitan captar la configuración de unos contornos liminares de una esfera pública evanescente, en la que la política se subjetiva en la medida en que la subjetividad se politiza. Vaya desafío.

Sea pues.

PD

Aquí el diálogo se establece con:

Badiou, Alain. ¿Se puede pensar la política?, Nueva Visión, Argentina, ([1985] 1990).


[1] En este sentido, Alemania ha sido percibida como el lugar por excelencia de la filosofía de nuestro tiempo, mientras que Gran Bretaña ha resultado  preponderante en materia de solidez y de vanguardia económica. Estos tres países, mejor dicho, sus horizontes particulares, constituyen los pilares del campo político contemporáneo.

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