Coulrofobia o de por qué los payasos son cosa seria.

No. No me dan miedo los payasos.[1] Lo juro. Niego de manera categórica que sea temor lo que éstos me producen. Seguro es otra cosa. Pero miedo, no. Es cierto que cuando estoy frente a un clown me sudan las manos, se me agita la respiración, y deseo escapar gritando a toda costa del lugar. Eso no es miedo. ¿Verdad? Quizá a lo mucho es un poco de ansiedad, estrés, o algo así.[2] En fin, no importa tanto si es terror o inquietud lo que estos personajes detonan en mí. Lo que es innegable es que siempre que se me planta uno enfrente hay una reacción de mi parte (la mayoría de las ocasiones dicha reacción es visceral e involuntaria). En este sentido, en un intento de atentar contra esta especie de respuesta irracional, he buscado alguna explicación racionalpost facto a mi comportamiento. Por supuesto, he encontrado una serie de posibles hipótesis de trabajo.  Desgloso un par a continuación. 

  1. Es muy probable que, como sugieren algunos estudios realizados desde hace un par de décadas y hasta nuestros días, la influencia de It (King, 1986) haya sido crucial para la visibilización de la fobia que a algunos nos generan los payasos. En mi caso, descubrí Eso a una edad demasiado temprana (primero como película, después como libro). Aunque para ser honesto, desde antes los payasos ya tenían efectos nocivos en mí. No recuerdo jamás haber ido a un circo durante mi niñez. Precisamente porque los payasos me daban “un no sé qué”.
  2. De este punto se deriva otra hipótesis que quizá alude a un aspecto más profundo, no sé si óntico u ontológico. Pero seguro que encaja en alguno de esos dos extremos. El caso es que el ser del payaso es ominoso por naturaleza, puesto que remite tanto a una especie de brutal exceso de goce como a la abyección más recóndita. En otras palabras, encarna a la figura tragicómica por excelencia. Desde el vestuario chillante y colorido hasta la mueca sonriente fijada con maquillaje en el rostro, todo en el payaso es exageración e ingenuidad, y condensa el mandato irrevocable de la felicidad a toda costa. “Ríe. Lo gozarás porque lo digo yo, o de lo contrario…” parece decir el clown, ese extremo siniestro al que semi-aludía Paz cuando quedó atrapado en su solitario laberinto.
  3. A lo anterior puede sumarse el proceso de camuflaje que engendra al payaso. Éste no existe sino como algo alegremente obsceno que es más que el tipo que porta el maquillaje. Puede que el sujeto al que cubre el disfraz esté, literalmente, muriendo de la más terrible pena. Sin embargo, una vez encarnado en payaso, debe permanece alegre, siempre.[3] El payaso aniquila a su entidad subyacente. El eco de su risa hace desaparecer al sujeto por completo. Ese contraste entre lo Uno y la emergencia de lo Otro en uno mismo es, cuando menos, un abismo abominable. Sin duda algo que nace de un ocultamiento mortal no debe ser bueno. El temor a los payasos es una cosa muy seria.
  4. Otra hipótesis se encuentra en esa especie de excentramiento que caracteriza a los payasos. Éstos siempre están fuera de lugar. Incluso en el contexto circense. Aún ahí, su función es transgresora. Irrumpen en el orden con serpentinas y trompetillas; con sus gestos exagerados y carnavalescos. Imagina ahora si te encuentras a un payaso en el estacionamiento, en uno de esos días en que sales tarde de la oficina y en todo el edificio no hay ni un alma. Brrrr.  
  5. Finalmente, casi como comentario al margen, he notado además que en mi reacción frente a los payasos hay una cuestión de género (lo cual espero no sea una especie de micro-machismo). Las payasitas (nótese el diminutivo amable y discriminatorio) o me son indiferentes, o me provocan cierta ternura. No me asustan. En cambio, un payaso se me presenta como un ente funesto, temible. Desde Pennywise hasta el verdugo de Franciso Rafael, tanto la ficción como la realidad me dan la razón. ¿No?

 

Pues bien, esas son algunas de las razones a partir de las que he tratado de explorar esas indefinibles sensaciones que me produce estar frente a un payaso (no es miedo, insisto). Seguramente hay más. Muchas más. Algún día, con más calma –amenazo-, me detendré, de la mano del librito de Julia Kristeva, titulado The powers of horror, a escarbarle al asunto.

Sea pues.

 


[1] A manera de anécdota chusca: hace un par de años, Laclau y yo andábamos en busca de escuela primaria para la Naila. Entonces, se nos ocurrió asistir a las instalaciones de Expo Guadalajara, porque había una especie de parade de algunos de los colegios que hay en la ciudad. Yo usualmente me jacto de ser previsor, y de buscar ejercer control sobre las variables del entorno. En este caso, jamás me pasó por la mente lo obvio: que en un evento de este tipo, en el que la población infantil sería mayoría, habría payasos a diestra y siniestra. Muy siniestra. En cada pasillo. Con sus maquillajes exagerados y sus muecas fijas que simulan sonrisas, algunos sobre zancos, regalando globos de colores. Una fiesta (horror, horror).

[2] Además, esta condición no es rara, ni me hace ser menos humano que ustedes. Hay una enfermedad llamada coulrofobia que, palabras más, palabras menos, consiste en un miedo irracional a los payasos.  Insisto en que lo mío no es miedo. Pero actuemos como si lo fuera.

[3] Por supuesto, hay que poner de relieve la sempiterna figura del Pierrot, pantomimo triste, usualmente francés, situado en el XVII, y posteriormente convertido en ícono kitsch posmoderno. Esta figura no contradice en ninguna medida mis argumentos, puesto que al invertir el mandato de la alegría a toda costa, lleva la función tragicómica del payaso hasta sus últimas consecuencias.  

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