La fanaticada ya no es lo que solía ser

El viernes pasado, en el receso de nuestra sesión áulica, un alumno me comentaba que, desde su punto de vista, el campo de la admiración por los artistas (los músicos, sobre todo) se había transformado de manera radical. A él le parecía que ser fan ya no era lo mismo que antes, y que buena parte de los artistas de hoy no tenían lo que se necesitaba para trascender.[1] Por supuesto, yo no podía estar más de acuerdo con el argumento. Pero desde luego, no hablábamos de ése viejo cliché que anuncia que todo tiempo pasado fue mejor (lo cual, la mayoría de las veces, es una soberana mentira). Al contrario, discutíamos sobre elementos concretos que permitían aseverar que, efectivamente, la escena musical contemporánea ofrecía menos incentivos para “idolatrar” a alguna estrella (tanto en términos de contenido como de forma). En este sentido, acordamos que había tres factores principales que permitían explicar esta especie de transformación de un sector del campo de lo musical.

En este contexto, puede decirse que el primero de estos factores está del lado de los sujetos. Específicamente, y obviando por supuesto el alto grado de generalización en el que incurríamos, discutíamos acerca de que las audiencias estaban cada vez más “envejecidas” (quién sabe si maduras).[2] Esto se conecta sin duda con dos procesos: 1. Aquél que sugiere que entre la población (sobre todo en el hemisferio oxidental) persiste una tendencia al desencanto, desde la que todo lo sólido poco a poco se desvanece en el aire, y donde todo lo sagrado se profana (por decirlo marxista-hegelianamente); y 2. Aquél que plantea que el hecho de “ser fan” es una práctica más asociada con población adolescente, y no tanto con sujetos situados más en el plano de la “adultez”. En consecuencia, idolatrar a un rockstar se asocia con un cierto grado de inmadurez. En otras palabras, la figura del ídolo ya no interpela tanto a los sujetos adultones, los cuales tienden a habitar –y a dejarse habitar por- el desencanto lipovetskiano.

El segundo de los factores involucra a la emergencia de las (no sé por qué todavía les llamamos) nuevas tecnologías de la información y la comunicación. De manera específica, la popularización tanto de las plataformas virtuales para la socialización (i. e. Facebook, Twitter) como de los mecanismos para compartir archivos entre pares (P2P) ha posibilitado que las relaciones sociales adquieran un matiz más horizontal (y que se transforme por completo la industria musical). En este sentido, la vinculación entre los artistas y su público se ha tornado más directa, más inmediata. Así, el rockstar que antes era visto como uno más de los habitantes del Olimpo, irreal e intocable, se nos presenta hoy como una persona de carne y hueso, cercanísima, con quien podemos dialogar a través de un tuit, y que para más inri tiene una vida cotidiana tan aburrida como la nuestra: la espectacularización de la intimidad a través de instancias como Instagram ha permitido re-dimensionar las supuestas excentricidades que tradicionalmente les endilgábamos a nuestros “ídolos”, y nos los ha mostrado en toda su terrible y descarnada “normalidad”. El rockstar hoy es uno más entre nosotros (claro, con cantidades obscenas  de dinero, vino, mujeres y guitarras; pero uno más entre la banda, eso sí).

Por último, asociado con lo anterior, (es decir, con el proceso de “digitalización” de la vida real facilitado por la aceleración tecnológica en la que estamos metidos) está el tercer factor. Éste tiene que ver con la propia materialidad que solía mediar la relación que en otras épocas sosteníamos con nuestros ídolos musicales. Me refiero a los acetatos, casetes, e incluso, los discos compactos, y sobre todo a aquello a lo que los antiguos conocemos como “el arte del disco” (i. e. portadas, diseños, fotos, etc.). Éstos condensaban en sí esa especie de mística, de halo misterioso y mágico que rodeaba a la banda o al artista. Pocas cosas como disfrutar detenida y detalladamente el arte de un LP mientras éste suena duro en el tocadiscos. Y éste es un asunto que me interpela sobremanera, puesto que estoy metido en un dilema personal con respecto a la herencia musical que les legaré (o no) a la Naila y al Iago. Me explico: cuando yo tenía más o menos la edad que tiene ahora la chiquilla (seis años), el buenazo de mi padre me permitió un acceso irrestricto a su colección (que entonces a mí me parecía) inacabable de vinilos.[3] Había ahí cosas tanto de Violeta Parra como de Silvio Rodríguez; tanto de Chaf y Queli como de Eydie Gormé y Los Panchos; tanto de Atahualpa Yupanqui como de Los Corraleros del Majagual; tanto de Beethoven como de La Sonora Santanera. Pero sobre todo, mi padre tenía la discografía completa de The Beatles. Magnífico. Simplemente Magnifico. Sin duda, todo ello incidió de una u otra manera en la configuración de mi gusto musical (extremadamente diverso, pero también extremadamente mamón). Recuerdo aquellas infinitas tardes en las que me perdía durante horas, luego de la escuela, a veces con los amigos del barrio, a veces solo, enfrente de la enorme consola Zonda. Así devoraba auricularmente y completito el The Magical Mistery Tour mientras deslizaba mis dedos por los contornos de los intrigantes disfraces de Lennon, McCartney, Harrison y Starr; o me transportaba a mundos alucinantes en un submarino amarillo mientras cantaba Nowhere Man.[4] Esta mediación material entre el artista, su música, y la audiencia, se ha difuminado casi por completo (gracias Steve Jobs). La digitalización de las mediaciones entre el público y el rockstar no solo nos ha robado a nuestros ídolos, sino que ha cortado de tajo la posibilidad de heredar el gusto musical.

En fin, de lo anterior se deriva el dilema al que aludía al principio. Éste consiste, precisamente, en que hoy que me interesa transmitirle ese tipo de saberes a mi prole, me resulta imposible, justo porque la materialidad de lo musical a la que aludía ya no existe. Y no me refiero a la particularidad del caso en la que tontamente le di en la torre a los acetatos de mi jefe. No. El asunto es mucho más amplio, y remite, como decía más arriba, a la ausencia de mediaciones materiales que se sitúan entre el artista y su público. Igual que mi padre, yo tengo la colección completa de The Beatles. Pero mientras en mi infancia ésta ocupaba dos estantecitos de un librero más o menos grande, hoy quién sabe en qué parte de mi computadora se sitúa, y ocupa apenas unos cuantos megabytes.  Para fines prácticos, no existe. Entonces ¿qué le heredo a la Naila? ¿Una bonita USB que tenga todos y cada uno de los discos de los FabFour para que la transfiera a su iPod?  ¿Le paso al Iago una montón de archivos pdf para que vea las portadas de los discos en una laptop? ¿Se les negará a las futuras generaciones para siempre la fascinante experiencia táctil de percibir con las yemas de los dedos el relieve de las imágenes, o de las letras de las canciones?  ¿Nunca más escucharán el sonido que hacían las bolsitas de plástico que protegían a los acetatos, cuando uno extraía estas dichosas circunferencias casi siempre negras? ¿Ya no podrán oler el aroma de las tapas en las que guardábamos los discos? ¿Inventarán una app que supla lo anterior? No lo sé. Lo que es cierto es que, regresando a la discusión que sostenía con mi buen alumno, para mí este último factor, el de la materialidad de las mediaciones a las que ya no tiene acceso la audiencia, es quizá el más importante en términos de las modificaciones que se experimentan en el campo de lo musical. Le resta un cierto significado a la experiencia de escuchar un disco. Y sin duda, incide de manera negativa en la configuración del gusto.

PD

Asumo que no todo está perdido. Pienso que de algún modo toda está tecnologización de la vida diaria puede ofrecer nuevas maneras para resemantizar aquellas prácticas de antaño que en lo personal fueron tan significativas para la configuración de mi gusto musical. Habrá que explorar los dispositivos a los que tenemos acceso hoy para averiguar lo anterior. Así, podremos lograr que el efecto de la digitalización de lo real sea lo menos nocivo posible.

Sea pues.


[1] Salvo algunas honrosas excepciones (i. e. se me ocurren en este momento The Dear Hunter y Pontiak) he dicho ya –y lo sostengo a ultranza- que el rock, por ejemplo, murió en el umbral del nuevo mileno. Después del dos mil lo que plaga la escena musical roqueril no es sino el enjambre de moscas que revolotea alrededor del cadáver de este género musical, el cual todavía está más o menos tibio pero en franco proceso de descomposición.

[2] Por supuesto, esto tiene que ver con la tendencia al envejecimiento que se observa entre la población mundial. De acuerdo con quienes postulan un cambio en la pirámide poblacional, puede decirse que en un par de décadas el orbe estará poblado por lo que se ha dado en llamar “adultos contemporáneos”, y ancianos.

[3] A veces pienso que debió haberme dado menos libertades, porque al permitirme hacer uso de sus acetatos también firmó el acta de defunción de éstos. En menos de lo que uno puede decir súpercalifragilisticoespialidoso, los infames discos estaban hechos trizas… Pero de eso hablaré, quizá, en otra ocasión.

[4] Mucho de lo que poco que sé de inglés se deriva tanto de esas tardes y mis esfuerzos por entender y traducir las letras de The Beatles, como de la lectura y relectura de los cómics de Star Wars que mi padre me compraba quién sabe dónde (pero los conseguía en inglés).

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