¿Qué es lo político?

¿Por qué es crucial reflexionar actualmente en torno a lo que significa lo político? A modo de respuesta puede decirse que, hace prácticamente una década y media, autores como Warren ya vislumbraban la patente necesidad de re-pensar de manera radical el campo político. Ello en la medida en que, desde entonces, éste comenzaba a ser atravesado por un conjunto de macroprocesos que sin duda le cambiaría el rostro. Entre éstos destacan las transformaciones que experimenta la naturaleza propia del Estado, la politización de la vida diaria, las identidades políticas y su peso específico en la conflictividad de nuestro tiempo, las interrelaciones y desafíos globales, etc. Para dar cuenta de ello, el mencionado autor sugiere tomar como punto de partida la construcción de una noción de lo político que cumpliera, cuando menos, con los siguientes requisitos: 1. Que clarificara el interés normativo asociado con la política; 2. Que permitiera comprender lo político en la esfera de la vida cotidiana; y 3. Que definiera el dominio de lo político de modo que fuera posible que cualquier desarrollo teórico ofreciera explicaciones plausibles (Warren, 1999: 207).

Con respecto al primero de estos puntos, Warren (1999: 208) plantea que existe una fuerte tendencia a sugerir que toda noción de la política debería tener un poderoso componente crítico. Esto es, que elucide el potencial que ofrece el buen desarrollo de la vida política, y al mismo tiempo sea capaz de prestar atención al carácter pernicioso y deshumanizante asociado con las relaciones de poder en todas sus formas. En otras palabras, el mencionado autor ofrece un recordatorio de que la política es uno de los dominios transformativos de la sociedad, y es precisamente en este sitio en el que ocurren los cambios colectivos e individuales.  De ahí la importancia de poner énfasis en el filo normativo que cualquier noción de política debería de tener. Ello en la medida en que las dimensiones coercitivas y conflictuales vinculadas con este campo tienden a dejar su impronta en aristas como la solidaridad, la intimidad, la libertad, etc. De lo anterior se deriva que el ciudadano promedio recurra a conceptos relativamente restringidos de la política para dar cuenta de los distintos tipos de decisiones [y las instituciones a las que se les asignan estos procesos] en el ámbito de lo cotidiano. Como se observa, es fundamental que cualquier definición adecuada de lo político tenga un componente normativo.

En segundo lugar, Warren (1999: 209) sugiere reconocer que las nociones tradicionales de lo político han sido desbordadas por la realidad; ya no son suficientes para comprender con cabalidad el entorno. Esto es así en la medida en que la política cada vez se ancla menos en el Estado, y sus núcleos se desplazan más hacia la sociedad civil y hacia el mercado. Hoy es frecuente que el ciudadano promedio integre (de manera dispersa y difusa) en sus conversaciones cotidianas aspectos vinculados con las políticas culturales, la identidad, la orientación sexual, las creencias religiosas, etc. En el mismo sentido, el mercado ya no es visto sólo como un mecanismo de distribución de recursos, sino como un conjunto de fuerzas que afecta el desarrollo de la vida diaria. La política, pues, está en todas partes, y cualquier intento de conceptualización de ésta debería tomar en cuenta el creciente número de acciones, relaciones, procesos e instituciones a los que, desde el lenguaje común y ordinario, se denominan como lo político. Tal como lo señala Warren (1999: 210), lo anterior incluye desde las manifestaciones culturales hasta el terrorismo; desde los mecanismos del mercado hasta la configuración de las identidades; desde la deliberación democrática hasta la imposición autoritaria de algún régimen.

Por último, Warren (1999) infiere a partir de lo anterior, un tercer punto. En éste se pone de relieve que, si bien es cierto que el campo político está en expansión, una adecuada noción de lo político no puede dejar de lado la capacidad de distinguir el dominio de lo político con respecto de las relaciones sociales de orden más general. En otras palabras, debe estar en condiciones de delimitar la naturaleza de los objetos políticos.

Ahora bien, ¿qué es lo que resulta inadecuado de las concepciones de lo político glosadas por Warren? Éste sugiere que, en principio, se observa que buena parte de las nociones que buscan delimitar los alcances del término asumen que la política se reduce a un tipo específico de comportamiento (i. e. aquel orientado hacia los objetos políticos formalmente instituidos). Con ello se asume que sólo el análisis de la intencionalidad de las relaciones sociales jugaría un papel importante en la comprensión de lo político; con lo cual se deja de lado cualquier otro tipo de actividad. Si se acepta lo anterior,   ¿qué ocurre con aquellas decisiones que no necesariamente tienen como base una intencionalidad racional? ¿Acaso se sitúan por fuera de lo político? (Warren, 1999: 211).

Otra de las debilidades que Warren (1999: 212) observa en torno al panorama conceptual desde el que se ha intentado definir lo político radica en aquella perspectiva que asume que la política puede ser vista como un juego. En este sentido, el mencionado autor plantea que aquellos adscritos a la teoría de la acción racional sugieren que los actores llevan a cabo sus acciones de manera estratégica, en función de la maximización de sus preferencias. Desde luego, esta perspectiva muestra algunas ventajas metodológicas en tanto que posibilita la estructuración de modelos formales que dan cuenta de algunas interacciones políticas. Aunque por ello mismo, no es factible extrapolar dicha perspectiva al dominio político general. Por una parte, la teoría racional/de juegos, asume que los actores buscan obtener el máximo de ganancia de acuerdo con sus preferencias individuales. Esto plantea serios problemas cuando lo que se pretende analizar consiste en acciones orientadas por motivaciones, por ejemplo, altruistas. Por otro lado, esta perspectiva teórica no es capaz de explicar la fuerza del lenguaje, es decir, la potencia discursiva de los argumentos emitidos por los actores, puesto que no da cuenta de los prejuicios, las expectativas, el bagaje, etc., el cual sirve de sustento a la argumentación estratégica. Tal como lo sugiere Warren: a la teoría de juegos se le escapan las condiciones intersubjetivas que posibilitan la comunicación.

Por otra parte, Warren (1999: 212-213) argumenta que otro más de los atolladeros de las perspectivas tradicionales en torno a la política se encuentra en el postulado que asume que ésta es la movilización de recursos (i. e. quién obtiene qué, cuándo y cómo). Desde este punto de vista, la política es, pues, el modo en que se movilizan los elementos (materiales y simbólicos) que confluyen en este campo. Debido a ello, puede decirse que “le aquejan” las mismas debilidades que al enfoque centrado en la elección racional y la teoría de juegos. Por supuesto, la idea de que en tanto agentes políticos distribuimos nuestros valores de acuerdo con lo que consideramos maximizará nuestra ganancia, permite revelar patrones de exclusión y acceso desigual a los recursos que se mueven en la esfera de lo político. Pero con ello, al mismo tiempo se restringe el dominio de este campo a la dimensión formalmente instituida, y sobre todo, al proceso de “intercambio” de recursos. Prácticamente se asume, desde este punto de vista (y otros parecidos) que la política es (sólo) una actividad cercana a las dinámicas económicas, y que opera bajo la misma lógica que éstas. Con ello se deja de lado al resto de elementos que conforman aquello que en la práctica denominamos como “política”. A lo anterior se suma el enfoque que asume que la política está limitada a la dimensión institucional formal. Esto quiere decir que toda acción situada en esta esfera estaría enfocada en los aspectos susceptibles de ser sancionados, como si la política fuera sólo aquello que tiene que ver con el poder institucionalizado (o apuntara hacia éste). Desde luego, toda noción que pretenda delimitar qué es la política debe dar cuenta de este aspecto. Pero ello no es suficiente. Es preciso atender a aquellas otras dimensiones (i. e. culturales) que transforman el escenario en el que la política ocurre.

Ahora bien, a Warren le parecen problemáticas las dos principales posturas que intentan conceptualizar el poder político. Por una parte, están aquellas de corte weberiano que sugieren que la política alude a las batallas por obtener el poder sobre, o en, el Estado. Por otro lado, se tienen aquellas perspectivas de naturaleza foucaltiana que sugieren que el poder es consustancial a toda relación social, de lo que se infiere que lo político puede extenderse a prácticamente todo este campo. En este sentido, Warren (1999: 214) sugiere que si bien es cierto que la conflictividad política implica un componente de poder, ello no quiere decir que todas las relaciones de poder sean políticas. Para que emerja la dimensión política del poder en una relación social, es preciso que haya cierto nivel de resistencia. De lo contrario, no sería posible hablar de poder (ni de poder político), sino de algo más cercano al totalitarismo, es decir, del ejercicio de la fuerza.  Aunado a esto, el mencionado autor plantea que si se concibe la política sólo como la búsqueda de poder estatal/institucional, se tiende a obscurecer el potencial normativo de este proceso.

A manera de alternativa, Warren plantea que es posible vislumbrar los lugares de la política siempre que existen conflictos acercar de una serie de objetivos (y con respecto a cómo alcanzar éstos). El conflicto es consustancial a la política. Pero tal como lo señala el mencionado autor, la conflictividad abarca un dominio más amplio que desborda el campo político. La especificidad de éste radica en que involucra situaciones en las que al menos una de las partes puede desplegar recursos lo suficientemente poderosos para orientar las acciones del resto de los actores implicados en una situación conflictiva. En otras palabras, el conflicto es endémico de la vida social. Pero si no hay un claro ejercicio del poder, entonces no es posible hablar de un conflicto de orden político: si una de las partes puede desentenderse del conflicto sin que exista la posibilidad de represalias, de coerción, el asunto no es político.[1]  Para el mencionado autor, la distinción anterior resulta crucial, puesto que no sólo sugiere lo que las instituciones y los sistemas políticos deben hacer (es decir, resolver conflictos). También alude a que las instituciones y los sistemas democráticos deben estar enfocados en los conflictos en los que haya algún despliegue de poder por parte de los involucrados, ya que sin las debidas “protecciones estructurales”, estos conflictos pueden conducir a resoluciones coercitivas e incluso al uso de la fuerza.

Ahora bien, al reconocer el carácter expansivo de la política también es frecuente que las definiciones muy amplias y generales que intentan dar cuenta de ésta. Frente a la idea de que la política está en todas partes, Warren (1999: 216) plantea que no todas las organizaciones sociales y la acción colectiva son de naturaleza política. Por último, este autor también critica aquellas posturas teleológicas derivadas de la filosofía política. En otras palabras, se refiere a aquellas perspectivas que conciben la política como la relación entre los intereses individuales y el bien común; o a las que asumen que ésta es un conjunto de interacciones razonadas. Desde este punto de vista, asegura Warren, la política se define en función de una posible configuración normativa, con lo cual se excluyen otras posibilidades, así como el carácter contingente inherente al dominio de la política. En última instancia, Warren asegura que todo ejercicio de conceptuación de la política atiende a su particular realidad social, y funciona de acuerdo con su lógica normativa. Por ende, puede ser discutible.


[1] Warren plantea un ejemplo que resulta bastante ilustrativo. Este autor sugiere que si se involucra en una discusión con un amigo acerca de qué filme deberían ir a ver, y no se logra un acuerdo, este asunto no es político. En cambio, si ocurre lo mismo con otra persona (la esposa, por ejemplo), y si no se llega a algún acuerdo con respecto a ello, una de las partes puede amenazar con el divorcio (y con quedarse con todos los bienes obtenidos durante el matrimonio gracias a su estatus superior (derivado del género). Este tipo de conflictividad sí resultaría de naturaleza política.

PD

El diálogo se establece con

Warren, Mark E. “What is political”, en Journal of Theoretical Politics, vol. 11, núm. 2, SAGE, Londres, 1999.

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