El retorno de lo público

La idea tradicional de “ciudadanía” alude a una especie de conjunto de responsabilidades y derechos universales, asociados con la pertenencia al Estado-nación moderno.  No obstante, frente al modo en que opera el poder en nuestros días, dicha noción (genérica, tradicional), resulta poco menos que insuficiente. En las décadas recientes hemos sido testigos de la proliferación de formas de identificación política que procuran vincular un conjunto de prácticas ciudadanas con las identidades particulares de los sujetos. En otras palabras, en el horizonte contemporáneo se observa el surgimiento de nuevas formas de ser ciudadano (i. e. ciudadanías étnicas, de género, ambientales, etc.). A la par de la multiplicación de las identidades políticas, también se percibe un cambio que atraviesa al propio campo político: cada vez es más amplio el espectro de relaciones que lo constituyen. Si antes era posible encontrar una esfera pública bien delimitada y autónoma, hoy se tienen cada vez más lugares (poco ortodoxos) donde lo político adquiere visibilidad.[1] ¿Cuáles son los rasgos del cambio que se experimenta en el campo político? En principio, puede decirse que en ello intervienen cuando menos dos procesos. El primero tiene que ver con la irrupción de la noción de “diferencia” en el seno de dicho campo. El segundo está asociado con el reconocimiento de que la política incide de manera fundamental en la esfera de la vida cotidiana, y viceversa. ¿Cómo debemos interpretar lo anterior? ¿Acaso representa el más puro impulso cívico detonado por la profundización del espíritu democrático? ¿O será más bien el primer indicio de la disolución de lo que hasta ahora conocemos tradicionalmente como “esfera pública”?  De ser así ¿cuáles serían los contornos liminares de esa “otra” esfera pública que se nos presenta un tanto evanescente? ¿De qué hablamos cuando hablamos de esfera pública?

En principio, para ofrecer una respuesta a estas interrogantes, se requiere contar con una serie de elementos conceptuales que permitan esbozar los contornos de lo público. En este sentido, Rabotnikof (2010: 25) sugiere que ello debe ser visto como una dimensión fundamental de la vida colectiva; como el espacio par excellence en el que se lleva a cabo la acción humana. De esta manera, lo público funciona como un vehículo para configurar y transformar lo colectivo, así como para dotar de significado a las visiones del mundo que ahí se estructuran y convergen. Es precisamente en este aspecto en el que radica su crucial importancia.

En este contexto, no cabe duda que lo público es el espacio natural de aquello que entendemos como lo político.[2] Así, con base en los argumentos de Rabotnikof (2010), el acercamiento que aquí se propone abre cuando menos dos grandes vertientes. En primer lugar, se pone de relieve el agotamiento de la noción tradicional de lo que se conoce como “el sentido común político” (Rabotnikof 2010: 25), es decir, la asociación casi intrínseca que se hace entre lo público y lo estatal. Frente a ello, puede decirse desde ya que lo público es, pues, mucho más que los asuntos de Estado. En segundo lugar se encuentra el hecho de que cuando se alude a lo público hay poca claridad en torno a si esto remite a un lugar, a una lógica, o a un conjunto de valores. De ahí que sea fundamental delimitar las coordenadas conceptuales en las que se despliega la discusión. Así, puede sugerirse que, en primera instancia, lo público remite al establecimiento de una frontera ontológica; a la parcelación de la realidad: lo público siempre emerge como un lugar contrapuesto a lo privado (Rabotnikof, 2010: 26); cada uno de estos ámbitos –lo público; lo privado- es de naturaleza distinta, y tiene lógicas particulares. No obstante, existen vasos comunicantes entre ambos. Desde luego, no se pretende señalar que lo público y lo privado son una y la misma cosa. Más bien, lo que se intenta poner de relieve es la existencia de puentes, retroalimentaciones e influencias, entre uno y otro espacio.[3] Los social media constituyen, sin duda, uno de estos vasos comunicantes; quizá el más visible y dinámico.[4]

Así, de acuerdo con lo planteado por Rabotnikof (2010), vale la pena destacar por lo menos tres de los sentidos asociados con la dicotomía establecida por lo privado y lo público. Ello con el objetivo de situar las posibles coordenadas en las que podrían colocarse los argumentos que se esbozarán más adelante. Es importante desglosarlos porque constituyen los ejes que ilustran una transformación/deconstrucción significativa de la esfera pública y, por ende, del campo político. Ello en la medida en que se incorpora la variable de los social media al análisis. Veamos cuáles son estos sentidos (Rabotnikof, 2010: 28):

  1. Lo público alude a aquello que es de interés común, que concierne a lo colectivo, y a la autoridad que de ello emana. En consecuencia, lo privado emerge como el conjunto de intereses particulares, y compete a lo singular, y que además pretende sustraerse del poder público.
  2. Lo público se vincula con lo que ocurre “a la luz del día”, es decir, a aquello que es manifiesto y visible. Por ende, lo privado emerge como el espacio natural de la secrecía, de aquello que permanece oculto, de los saberes iniciáticos, de lo que se aleja del escrutinio público, colectivo.
  3. Por último está lo público pensado como aquello que es de uso común, abierto, que emerge por oposición a todo aquello que es cerrado e inaccesible.

En términos generales, puede decirse que sobre estos ejes se configuran los contornos liminares de lo público. La incorporación, por ejemplo, de los social media ha producido (en diferentes escalas y con distintas magnitudes) una transformación y una ampliación de tales contornos. En este sentido, puede decirse que se ha generado una expansión notable de lo político. Una vía para explicar lo anterior se encuentra en la obra ineludible de Jürgen Habermas, titulada The Structural Transformation of the Public Sphere, publicada en 1962.[5] En esta obra, Habermas (1981) analiza la transición de la esfera pública liberal -originada tanto en la Ilustración como en las revoluciones norteamericana y francesa- hacia una esfera pública dominada por el consumo cultural masivo. Ello en una era caracterizada por lo que este autor llama “Welfare State Capitalism and Mass Democracy”.

En otras palabras, Habermas (1981) narra cómo la esfera pública, la cual solía ser un espacio para la discusión racional y el consenso, se ha transformado en un ámbito donde la producción del discurso es monopolizada por las grandes corporaciones y las élites. Se transita de la publicness a la publicity, de modo que el ciudadano deviene en un consumidor mientras que el Estado se convierte en poco más que un prestador de servicios (Lewkowicz, 2004). En este contexto, el surgimiento de los social media genera las condiciones de posibilidad para que se produzca un “retorno de lo público”, por decirlo à la Mouffe.[6] Veamos por qué: la noción habermasiana de esfera pública (burguesa, dieciochesca) aludía a un espacio de prácticas e instituciones en los que confluyen y se disputan los intereses (privados) de la sociedad civil, con el poder estatal. Específicamente remitía a los espacios sociales donde los sujetos se reunían tanto para discutir/deliberar, racionalmente, en torno a los asuntos públicos como para organizarse en contra de las formas opresivas y arbitrarias del ejercicio del público. Para ello se presuponía tanto libertad de expresión como libertad de asociación; una prensa sin censura; y el derecho de participar de manera libre en los procesos de toma de decisiones  (Habermas, 1981). Esta noción de esfera pública bien podría englobarse bajo la categoría de publicness.

Con el tiempo, debido al advenimiento del capitalismo, esta esfera (un tanto idealizada por Habermas) decayó, y se transformó en un espacio dominado por intereses particulares (disfrazados de interés público) y por los poderes fácticos.  En este sentido, la interacción entre el Estado y la ciudadanía se redujo prácticamente a las coyunturas electorales, las cuales, en buena medida, tienden a configurarse a partir del marketing político y del poder ejercido por los grupos hegemónicos. Bajo esta óptica, el ciudadano se convierte en poco más que un consumidor (García Canclini, 1995;  Lewkowicz, 2004)  con una capacidad de influencia mínima en los procesos de toma de decisiones y, por ende, con una escasa incidencia en la estructuración de un régimen democrático. La naturaleza de la esfera pública se transforma: se transita de la publicness a la publicity.

En este contexto, Castells (2008), plantea de manera acertada que las expresiones materiales de la esfera pública varían en relación con el contexto histórico, y con el nivel de desarrollo tecnológico de las sociedades. Así, puede decirse con certeza que la esfera pública contemporánea dista mucho de aquella (burguesa) descrita por Habermas en 1962. Desde luego, igual que antaño, las instituciones culturales, el espacio físico (i. e. los espacios públicos en la ciudad, las universidades) y las redes informales desde las que se construye la opinión pública son elementos constitutivos de lo público. No obstante, de manera reciente, los medios de comunicación (Thompson, 2000)/las tecnologías del conocimiento (González, 2012b) ocupan un lugar cada vez más importante en la organización de dicha esfera.  La incorporación de esta variable abre una serie de posibilidades, puesto que dinamiza la construcción institucional de las sociedades modernas. En otras palabras, en la medida en los social media hacen más horizontal la relación entre sociedad civil y Estado, genera condiciones de posibilidad para observar una especie de retorno de lo público, de una especie de publicness reloaded.

¿Qué significa esta especie de retorno a la naturaleza publicness de lo público? ¿Acaso ello implica un retorno acrítico al pasado, o más bien estamos frente a una deconstrucción de lo público? Los argumentos de Olvera (2010: 75) arrojan luz sobre estas interrogantes. De manera específica puede decirse que acudir a la noción de esfera pública hoy en día resulta crucial, puesto que permite reflexionar en torno tanto a la política como a lo político. Ello desde una perspectiva que pone el énfasis en la relación entre Estado, sociedad, y medios de comunicación. Una de las características de esta vuelta analítica a lo público radica en lo que Olvera (2010: 75) llama la primacía de la publicidad, es decir, la posibilidad de “…pronunciar en público las opiniones que habían permanecido privadas, de poner en conocimiento de los otros las ideas, valores y principios que se sostienen, así como los actores que portan esos temas e intereses”.[7]  Este proceso, en apariencia banal, tiene una potencia deconstructiva considerable. La incorporación de los social media a la relación entre lo privado y lo público abre la posibilidad para que puedan hacerse escuchar sectores de la población que hasta entonces permanecían en silencio, en la subalternidad (Spivak, 1988).  Desde luego, ello siempre que un conjunto de condiciones se cumpla (i. e. acceso libre e irrestricto a la esfera pública; competencias discursivas y argumentativas por parte de los sujetos; libertad de expresión, etc.). Estas condiciones promueven un intercambio deliberativo relativamente equitativo y horizontal. Para actualizar una de las ideas habermasianas, puede decirse que los social media estructuran una vía para la inclusión del Otro (Habermas, 1999b).

Ahora bien, tal como lo señala Olvera (2010), la potencia de esta especie de “retorno de lo público” radica en que genera una serie de condiciones de posibilidad para efectuar críticas profundas a las nociones de democracia y de política.[8] Para ello, es preciso considerar que los espacios públicos pueden concebirse como “instancias deliberativas” que cumplen una doble función: por una parte, le otorgan voz a los actores y los temas heterogéneos, que están más allá del monopolio del Estado. Por otro lado, ponen de relieve los conflictos asociados con la diversidad característica de las sociedades contemporáneas. Lo anterior resulta crucial porque repensar y retornar a la categoría de «esfera pública» permite entender que en la construcción de lo democrático existen procesos que amplían el espacio de la política, tales como el ejercicio de la deliberación, la innovación, y las expresiones del desencanto a través de la burla y la ironía, todo lo cual configura y reconfigura –deconstruye- la relación entre la sociedad civil, la sociedad política, y el Estado. Bajo ciertas condiciones (ideales), el retorno de lo público podría generar un campo adecuado para la producción de consensos, para una mejor arquitectura de la democracia. Es precisamente en este punto donde radica su máxima importancia.[9]

Para continuar el diálogo (bibliografía, pues)

Bourdieu, P. (1997). Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. España: Anagrama.

Castells, M. (2008) The New Public Sphere. Global Civil Society, Communication Networks, and Global Governance. In The Annals of the American Academy of Political and Social Change, 616, p. 78-93.

Castells, M. (2009) Communication Power. EUA: The Oxford University Press. 

García Canclini, N. (1995). Consumidores y ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización. México: Grijalbo.

González, J. I. I. (2012a). (De)construyendo la esfera pública. Juventud (y la otra) cultura política. In Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud. 10(1), p. 147-157.

González, P. (2012b). Tecnologías del conocimiento, subjetividad y movimientos sociales (Master’s thesis) México: Universidad de Guadalajara.

Habermas, J. (1981). Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública. España: Gustavo Gili.

Habermas, J. (1993). Teoría y praxis. Estudios de filosofía social, México: REI.

Habermas, J. (1999a). Teoría de la acción comunicativa. Racionalidad de la acción y racionalización social, España: Taurus.

Habermas, J. (1999b). La inclusión del otro. Estudios de teoría política. Argentina: Paidós 1999.

Habermas, J. (2002). Teoría de la acción comunicativa. Crítica a la razón funcionalista. México: Taurus.

Lewkowicz, I. (2004) Pensar sin Estado. La subjetividad en la era de la fluidez. Argentina: Paidós.

Long, N. (2007). Sociología del desarrollo: una perspectiva centrada en el actor. México: El Colegio de San Luis /CIESAS.

Mouffe. C. (1993). The return of the political. Gran Bretaña: Verso.

Olvera, A. (2010). Espacio público, sociedad civil y democratización en el México contemporáneo, en Merino, M. (coord.). ¿Qué tan público es el espacio público en México? (p. 74-107). México: CONACULTA.

Rabotnikof, N. (2010). Discutiendo lo público en México, en Merino, M. (coord.). ¿Qué tan público es el espacio público en México?. (p. 25-56). México: CONACULTA.

Rorty, R. (1991). Contingencia, ironía y solidaridad. España: Paidós.

Spivak, G. (1988) Can the subaltern speak, en Nelson, C. y Grossberg, L. (eds.) Marxism and the Interpretation of Culture. E. U. A: University of Illinois Press (p. 66-111).

Thompson, J. (2000). Politica scandal: Power and visibility in the media age. United Kingdom: Polity Press.

Žižek, S. (1998). Porque no saben lo que hacen. El goce como factor político, Paidós, Argentina: Paidós.


[1] Cfr. Catherine A. Holland. The body politic: Foundings, citizenship and difference in the American political imagination, Routledge, E. U. A., 2001, p. vii.

[2] Con respecto a la diferencia entre lo político y la política, autores como Slavoj Žižek (1998: 253) señalan que esta última puede verse como un complejo social separado, como un subsistema social de relaciones sociales, el cual está en interacción con otros subsistemas (i. e. la economía). Por otra parte, lo político es un «momento de apertura», de indecibilidad, en el cual se cuestiona el principio estructurante o la forma fundamental del pacto social. De esta manera, la dimensión política estaría doblemente inscrita: por una parte, dicha dimensión es un momento del todo social, uno más entre sus subsistemas. Por otra parte, también es el «terreno» en el que se decide el destino, en el que se define un nuevo pacto. Se alude a esta diferenciación debido a que permite conceptuar tanto la arista objetiva/institucionalmente formalizada de la esfera pública, como el surgimiento de vías alternas de acción social. Véase también el trabajo de Zemelman (1989). Dentro de los límites de este documento, la distinción entre lo político y la política, asociada con la emergencia de los social media, permite argumentar en torno a la expansión del espacio público y, por ende, del campo político.

[3] Rabotnikof (2010: 27) plantea que no son pocos los ejemplos que aluden a la diferencia en la que se sustentan las fronteras de lo público y lo privado. Así, postula que tales ejemplos van desde la identificación de lo público con la rectoría estatal, con lo gratuito, hasta los distintos tipos de sociabilidad en los que se despliega la vida (i. e. íntima vs. pública). En este punto, adquiere una crucial importancia la discusión que al respecto sostiene Richard Rorty, puesto que coloca el debate en el plano de las ciencias sociales contemporáneas. De manera específica, puede decirse que Tanto la fe religiosa como el racionalismo ilustrado han pretendido descubrir la naturaleza intrínseca del ser humano. Quizá desde Hegel, el giro historicista que operó sobre todo en el campo de la filosofía ha intentado desprenderse de las explicaciones metafísicas o teológicas aduciendo que no existe un elemento anterior a la historia que sea definitorio de lo humano. Al respecto, autores como Rorty (1991: 16-25) han señalado que ello ha producido una escisión dentro de las ciencias sociales. El mencionado autor argumenta que algunos pensadores que han permanecido fieles a la Ilustración perciben que la pugna entre ciencia y religión aún tiene vigencia. Mientras tanto, existen otros que consideran que la Verdad es algo que se descubre y no algo que se construye. Aludir a esta discusión es importante en la medida en que se conecta con los enfoques que han intentado unir lo público con lo privado al considerar que las fuentes de la realización privada y las de la solidaridad humana son las mismas. En términos del análisis del campo político puede decirse que, por una parte, los historicistas en los que predomina el deseo de creación de sí mismo consideran que la socialización es contraria a la construcción de un Yo profundo. Por otra parte, los historicistas en los que es mayor el deseo de una comunidad más justa y más libre piensan que el deseo de perfección privada es irracional. En el primer rubro se sitúan autores como Heidegger o Foucault. En el segundo estarían, por ejemplo, Dewey y Habermas.

[4] La literatura que explora los vasos comunicantes entre lo público y lo privado es amplia, y se extiende desde el ámbito de la filosofía (Rorty, 1991) hasta la sociología (Long, 2007) y la antropología (Sibilia, 2008), sólo por mencionar algunos. Desde luego, esta vertiente de investigación atraviesa tanto el campo político, estructural, como el ámbito de la arquitectura del yo.

[5] Esta obra fue traducida al español cerca de dos décadas después, como: Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública. Las referencias a esta obra hechas en este documento remiten a la edición en castellano.

[6] La referencia a Mouffe (1993) no es gratuita. La crítica que efectúa esta autora a la democracia liberal y su apuesta por un agonismo pluralista sostiene una relación de homología con las transformaciones que experimentan tanto la esfera pública y el campo político contemporáneo.

[7] ¿Por qué es importante acudir a la noción de esfera pública en tanto factor que incide en la construcción de lo democrático? Tal como lo señala Olvera (2010), el potencial de esta categoría radica en que en países con tradiciones autoritarias es precisamente el orden privado de los arreglos políticos lo que oculta la ausencia de la democracia y oscurece la práctica política. Así, siguiendo con este razonamiento, la primacía de la publicidad –Olvera dixit- incide, pues, y de manera crucial, en la arquitectura de lo democrático.

[8] De acuerdo con Olvera (2010) puede decirse que desde la teoría de las transiciones democráticas, la democracia se concibe como un subsistema de naturaleza cerrada, que se reduce a las reglas que norman el acceso al poder. Bajo este esquema, el conjunto de prácticas emanadas desde la sociedad (que trascienden a las coyunturas electorales) no tiene cabida. Por otra parte, se abre la posibilidad de arrojar una crítica sobre la brecha que se abre entre lo político y la política: lo político remite a los conflictos de valores, normas e intereses que se despliegan en el seno de las sociedades (es decir, lo político refiere a aquellos núcleos problemáticos que interpelan a los sujetos, que los orillan a adoptar una postura). En este sentido, tal como lo plantea Olvera (2010) lo político no se reduce sólo a la relación que se establece entre la sociedad y el Estado en las coyunturas electorales. Más bien se encuentra en los espacios de conflicto, donde se debaten y se discuten las orientaciones y los valores, donde se negocia aquello que les resulta común a los sujetos. Por ende, la política aludiría a las acciones encaminadas a intervenir en la definición, implementación y control de las políticas públicas.

[9] Recordemos junto con Bourdieu (1997) que la configuración de un campo implica por lo menos la definición de un conjunto de reglas que norman su funcionamiento, así como mecanismos de legitimación de tales reglas. El campo político es quizá el lugar en el que más claro puede observarse lo anterior. La incorporación de los social media a dicho campo (en tanto vehículos que dotan de densidad a la movilización social, y a las expresiones del desencanto), contribuyen a la deconstrucción tanto de las reglas como de los mecanismos de legitimación.

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