Repensar la cultura política

¿Cuál es el carácter de las transiciones políticas más o menos contemporáneas? ¿Cuáles son los contenidos y condiciones en los que dichas transiciones se han enfocado? En principio, puede señalarse que desde ya hace algunos años los núcleos alrededor de los que lo anterior se estructura gira en torno a la reforma del sistema de partidos y del sistema electoral. A esto se suma la intención de redefinir el parlamentarismo y del presidencialismo, así como de la instauración/restauración del federalismo. Se configura pues un escenario en el que la apuesta consiste, precisamente, en construir un campo político competitivo (esto se observa sobre todo en América Latina, pero no es un proceso ajeno a, por ejemplo, lo que ocurría en Europa del Este. Ante este contexto, autores como Pansters (2002) sugieren que para el funcionamiento adecuado de la democracia no resulta suficiente la existencia de instituciones y mecanismos procedimentales, ni que éstos se reproduzcan con regularidad y estabilidad. También se precisa que se cuente con un conjunto de valores, ideas, creencias y, por encima de todo, prácticas políticas vinculadas con la naturaleza de un régimen democrático.

En este sentido, Pansters (2002) plantea que uno de los principales aportes de las teorías clásicas de la cultura política consiste justo en poner de relieve la importancia de la cultura como vía para comprender las transformaciones (grandes, pequeñas) por las que atraviesan los regímenes políticos. Bajo esta óptica, no está de más señalar que desde finales del siglo XX la noción de cultura política ha adquirido cada vez mayor fuerza para la indagación del campo político. Ello no solo en América Latina, Europa del Este o África, sino también en democracias bastante más consolidadas, en países con grados de desarrollo más altos. De manera específica, el mencionado autor argumenta que hay (la necesidad de) un replanteamiento analítico y estratégico de dicho campo. Lo anterior se debe en buena medida a diversos factores, tales como el debilitamiento de los vínculos entre clases sociales y partidos políticos, el surgimiento de nuevas identidades políticas y nuevos núcleos temáticos que acuerpan a los movimientos sociales, el reconocimiento de la dimensión política de los estilos de vida  y el consumo, etc. De este modo, es innegable que los comportamientos y orientaciones políticas están cada vez más ancladas en la conformación de las identidades culturales (Pansters, 2002) y en la producción de la subjetividad (González, 2013).[2]

¿De qué maneras concretas se expresa lo anterior? Para el caso mexicano, Pansters (2002, apoyado en Loaeza, 1989) sugiere que, por ejemplo, el surgimiento de un ala derecha que fungía como oposición es indicativo de una transformación significativa de la cultura política. Se aduce que a partir de lo anterior se presencian en un país como el nuestro un conjunto de cambios cualitativos y cuantitativos en torno a la participación y la movilización política (con mayor énfasis en el seno de las clases medias). Se asume además que los ciudadanos están cada vez más y mejor informados, lo cual genera condiciones de posibilidad para  que éstos influyan en el entorno (político). [3] En última instancia, con base en esto es posible observa que en distintos niveles de la sociedad es posible observar nuevas ideas y prácticas alrededor de las que se configuran nuevos sujetos políticos. En otras palabras, de acuerdo con Pansters (2002) estamos frente a la estructuración de una nueva cultura política (no solo en términos empíricos, sino también conceptuales). La importancia de ésta radicaría en que constituye una mediación entre el análisis de los procesos políticos de pequeña escala y las transformaciones sistémicas de amplia envergadura.[4]  Frente a esto no está de más preguntarse ¿cuáles son los elementos constitutivos de esta “otra” cultura política? Ah, la respuesta a esta pregunta será materia de, por supuesto, un futuro post.


[1] En este punto vale la pena mencionar que este debate no es nuevo. Tal como lo señalan Assies et al (2002) la necesidad de replantear conceptos tales como el de ciudadanía o el de cultura política emerge a mediados de la década de los setenta. Por ejemplo, en algunos países europeos el Estado de bienestar entraba en crisis. Ello debido a que emergió una corriente que planteaba que dicho modelo de Estado era ineficaz y poco funcional por lo que era necesario imponerle límites. De este modo se pretendía sustituir el denominado paternalismo estatal con el mecanismo supuestamente más eficaz y eficiente del mercado (en términos de la distribución de, por ejemplo, el ingreso). No obstante lo anterior, la discusión en torno a estos temas es hoy más pertinente que nunca. Ello sobre todo porque desde entonces y hasta ahora se ha reforzado una perspectiva que hace énfasis en las obligaciones del ciudadano y sus responsabilidades para consigo mismo y sus dependientes. Esta perspectiva genera dos grandes consecuencias. Por una parte, en la medida en que presenta una configuración restrictiva de los derechos sociales, postula también  una considerable reducción de la injerencia del Estado en lo que refiere a las demandas sociales. Por otro lado, aduce una interpretación procesal de los derechos políticos, es decir, se preocupa más por los mecanismos a través de los que se reproduce la representación, que por los contenidos efectivos de la representación en sí. A contracorriente de esta perspectiva emerge una de orden, por decirlo así, más progresivo/crítico. Desde ésta se apostaba por una profunda renovación del paradigma político basada en la implementación de una democracia participativa, así como por la consecuente politización de la sociedad civil. También, desde esta mirada crítica, se ponía énfasis en los procesos de exclusión y de neo-corporativismo identificables en el seno de los entonces denominados Nuevos Movimientos Sociales.

[2] Bajo este marco, Pansters (2002) plantea que el “diagnóstico posmoderno” de la sociedad contemporánea, es decir, una sociedad fragmentada y dispersa, de cambios multidireccionales, de alianzas precarias y efímeras, trae consigo la noción de una cultura política pluralista, que raya muchas veces en lo anárquico, que se presenta como desorganizada (en el sentido tradicional y estricto del término), retórica, estilizada, irónica y en ocasiones, sin una lógica evidente.

[3] En este punto valdría la pena interrogarse acerca de por qué este conjunto de condiciones de posibilidad para la democracia no necesariamente desemboca en incrementos significativos de la participación ciudadana. El esbozo de noción de cultura política referida en la nota anterior podría ofrecer un norte: en la medida en que ésta (la cultura política) es fragmentaria, paradójica e irónica, también facilita la tensión entre la existencia de ciudadanos cada vez más informados pero cada vez menos interesados en participar en la dimensión formalmente instituida de lo político (González, 2013).  En este sentido, se precisa aclarar que esta especie de alejamiento de lo público, de tendencia a estabilizar la subjetividad en lo privado, es identificable en buena parte del orbe en donde de una manera u otra se han adoptado regímenes más o menos democráticos. No obstante, las causas que detonan lo anterior difieren de manera significativa. En una realidad postmaterial, eurocéntrica, el alejamiento de la ciudadanía en relación con los procesos electorales se origina debido a que los proyectos políticos no se colocan cerca del centro ideológico, por lo que un viraje hacia la izquierda o la derecha no transforma radicalmente la realidad sociopolítica. En cambio, en América Latina puede observarse que este distanciamiento entre la ciudadanía y lo público se debe precisamente al profundo malestar que genera lo político. Sin embargo, el desencanto  no siempre produce apatía, sino “desapego apasionado” (González, 2006).

[4] Desde esta perspectiva, Pansters (2002, apoyado en Righart, 1989), plantea que la cultura política es un concepto sensibilizador, es decir, habilita al investigador para dirigir la mirada hacia el ambiente producido por el funcionamiento del sistema político; hacia aquello que ocurre de manera “subterránea”. Posibilita, pues, integrar al análisis aquello que ocurre de manera informal, que no puede ser nombrado directamente como “político”. Esta especie de “otra” cultura política debería integrar al análisis los símbolos, las imágenes, las creencias, los mitos, etc.

El diálogo se establece con:

Pansters, Will G. “Valores, tradiciones y prácticas; reflexiones sobre el concepto de cultura política (y el caso mexicano)”, en Calderón, Marco A. et al (eds.). Ciudadanía, cultura política y reforma del Estado en América Latina, IFE/COLMICH, México, 2002.

González, JII. Y sin embargo se mueve. Juventud y cultura política en Guadalajara, Universidad de Guadalajara, México, 2014.

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