Casi mañanero

No puedo negar que lo mío, lo mío, lo mío, es la noche. Desde que tengo memoria me he considerado como una persona[1] de costumbres nocturnas, que funciona mejor en ausencia de la luz.[2] Esto es así porque conforme avanza la penumbra, todo aquello que nos rodea; todo aquello que pensamos y sentimos; adquiere una consistencia distinta, quizá más intensa y reverberante. No me cabe duda: la vida se siente más de cerca durante la noche. No obstante,  pese a todo ello, tengo una especie de fascinación por esa hora en la que está a punto de brotar el sol. Me atrae bastante ese momento del día en el que todo es gris, opaco, incoloro. Justo en esos minutos (tres, cuatro tal vez) todo se aglutina, la distancia entre la realidad y el modo que ésta nos llega a los sentidos se reduce prácticamente a cero. Emerge en ese periodo preciso una especie de espacio paralático, un ámbito de indeterminación e indecibilidad sorprendente, puesto que no se sabe con certeza si estamos en el extremo inicial del día o en la parte más última de la noche. Las posibilidades son abrumadoras. Insisto: fascinante.

Usualmente, también desde hace muchos, muchos, años, me toca presenciar ese momento mientras estoy en la calle.[3] En este sentido, hay una imagen que creo que condensa en buena medida todo aquello por lo que me gusta la hora gris (i. e. que acuerpa esa especie de apertura, de horizonte indeterminado). La imagen es ésta: de cuando en cuando paso por una de esas tiendas de conveniencia que hay ya prácticamente en cada esquina de la ciudad. En el estacionamiento del establecimiento hay una camioneta pequeña, azul con rojo, destartalada y un tanto sucia. Sobre el cofre hay un mapa extendido, y a un costado de éste un par de vasos con (lo que asumo que es) café. El clima es fresco. Dos hombres se acodan sobre el cofre y contemplan el mapa y dibujan algunas líneas sobre éste. Nunca he platicado con ellos. Yo observo cómo uno toma el vaso que le queda más cercano y bebe. Se quita la gorra y se rasca la cabeza. Duda. Traza una línea, otra, quizá una ruta. El otro asiente. Este último acomoda el cuello de su chamarra y toma su vaso. Da sorbos pequeños. Conversan un poco más entre ellos. Instantes después abordan su vehículo y se alejan por la avenida. Siempre es la misma escena y al mismo tiempo nunca es la misma escena. Luego, el sol sale casi de golpe. La realidad poco a poco se acomoda en su molde y adquiere sus respectivos colores. Objeto y sujeto se sitúan otra vez, cada uno en su correspondiente lado del abismo. Se sutura así toda posibilidad de apertura y se domestica la indecibilidad.

Sea pues.


[1] Iba a escribir “hombre” en lugar de “persona”. Pero me retracté. Esto es así porque me cuesta trabajo encajar en ese molde. No me refiero necesariamente al asunto de las preferencias sexuales. Más bien, quiero decir que tanto la noción normalizada (que no normal) de ser hombre, como la idea de la madurez intelectual y emocional asociada con dicha noción, no se me acomoda.

[2] Por supuesto, no me refiero a la falta de energía eléctrica, sino al entorno nocturno en el que la oscuridad se adueña de todo y de todos.

[3] Quienes me conocen, saben que para mí es casi mediodía a eso de las 6:30 de la mañana.

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2 pensamientos en “Casi mañanero

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