Musicosas

No suelo escribir en torno a mis gustos musicales (del resto de mis preferencias discuto abierta y detalladamente hasta con la señora que se sienta a un lado de mí en el camión). Esto es así no porque yo sea un melómano altamente exigente, de predilecciones en extremo refinadas; o un profundo conocedor de géneros, estilos y autores. Todo lo contrario. Soy más bien de los que aluden a la pista tres del disco verdecito con gris y dorado. Ése, el que trae la de tan, tan tin, tan tin, tan. A eso se reduce mi cultura musical. En este sentido, creo que el espectro de lo que escucho es terriblemente amplio, y mis estándares se sitúan muy por debajo de la media. En otras palabras, oigo prácticamente de todo (salvo por un par de excepciones que de plano no tolero ni tantito y de las cuales hablaré en alguna otra ocasión). Otro motivo- quizá el principal- por el que no converso sobre el tema es porque, aún cuando mi gusto es laxo y flexible y se desmonta y reestructura cada tercer día, mis perspectivas en torno al tópico son por completo totalitarias: cuando digo que una banda es buena, un disco recomendable, o una rola genial, ES ASÍ Y NO SE HABLA MÁS DEL ASUNTO. Punto. En este sentido, puedo decir que me cae como patada en el hígado esa gente snob que considera que la memorización de los datos que vienen en las tapas e interiores de los discos constituye una especie de iniciación, de sabiduría especial que revela y traduce todos y cada uno de los secretos del universo; y que además los coloca en una posición privilegiada para juzgar los gustos de los demás.[1] Pfffft.

Ahora bien, como todos ustedes, yo también escucho unas cosas más que otras. Por ejemplo, en mis dispositivos reproductores suenan más Charlie Parker y Dizzy Gillespie que Las Jilguerillas, Chelo y Jenny, o Los Corraleros del Majagual. Dicho lo anterior, que es algo así como una estrategia para curarse en salud, quiero poner sobre la mesa tres nombres que, en lo particular, me parecen que han generado una producción impresionante y se colocan, por distintas razones, a la vanguardia de lo musical. Por lo menos en lo que refiere a los elementos que integran el campo de lo que escucho en estos días. En principio, me gustaría referirme al trabajo de Omar A. Rodríguez López. Tanto su carrera en solitario, como su trayectoria como guitarrista de The Mars Volta o de At the Drive In, así como la infinidad de colaboraciones que ha realizado (con artistas prácticamente de toda índole) me hacen pensar que este señor es un genio inagotable, generador de melodías y estructuras musicales un tanto oscuras, letras densas, a veces abigarradas, pero siempre acuerpadas de manera sólida, con un pie en el pasado y otro completamente volcado hacia el futuro. Insisto, genialidad post-panroquera pura.

Otro de los músicos que suena con frecuencia en mi playlist actual es Casey Crescenzo (The Dear Hunter, The Receiving End of Sirens). Si Rodríguez López se me presenta como un genio, Crescenzo me parece, más bien, la encarnación de la dedicación y el esfuerzo. La producción de este último es diversa y transita sin problemas entre un pop acústico de tintes más bien melosos, y un rock que a ratos resulta experimental y progresivo. Sus letras tienen un espíritu intelectualoide que, contrario a lo que podría pensarse, no es desagradable, y que evoca una atmósfera de café y libros, y de festivales alternativos en explanadas y foros universitarios. La diversidad de estilos que abarca Crescenzo hacen de su música un viaje placentero (un tanto incierto, puesto que no sabe uno si a la vuelta de la esquina se encontrará un But there’s wolves, un Red Hands, o un Batessimo del Fuoco). Por último, está, inesperadamente, John Mayer. En principio, éste podría parecer apenas como un mero encantador de las masas, un rostro bonito y comercializable, un producto dirigido a un sector del mercado muy específico. Y aún cuando esto pudiera ser verdad, Mayer es mucho más: guitarrista excepcional, como pocos de su generación; es egresado del Berklee College of Music, la gira a veces como productor discográfico, etc. Además, por si fuera poco, es millonariazo, se le tilda de enfant terrible, ha palomeado con B. B. King (pinche envidia), y ha dormido con Jeniffer Aniston (a mí se me hace muuuuy correcta, pues)… En fin, quién sabe cuánto dure esta configuración particular de mi gusto musical. A lo mejor mañana reincorporo a Carlos Gardel a mi playlist (Tool, Soundgarden y Alice in Chains nunca han dejado de estar ahí). Tal vez retome el profundo fetiche que tengo con la voz femenina y me quede solo con Lisa Hannigan, Ximena Sariñana, Edith Piaf, Ella Fitzgerald y Nina Simone.  Por supuesto, trataré de no escribir al respecto.

Sea pues.


[1] Notes to self: A) Ah, cómo te gusta escribir para contradecirte. B) Salvo que pienses cursar un posgrado en musicología, ese ejercicio memorioso es una bonita manera de perder el tiempo y nada más.  No te hace culto, intelectual o interesante. Pone de relieve tu capacidad para memorizar datos inútiles, y ya.

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