La revolución de la vida cotidiana

Durante los últimos años, una buena parte de mi trabajo investigativo ha consistido, precisamente, en intentar argumentar el agotamiento de muchas de las nociones desde las que nos acercamos a indagar lo que ocurre en el campo político. A la par de lo anterior, también he buscado explorar los contornos liminares de aquello que emerge, del lenguaje alrededor del que se estructura hoy dicho campo (y que al mismo tiempo, se convierte en un elemento constitutivo de éste: en última instancia hablamos de la reflexión como intervención política). En este sentido, me parece que uno de los principales términos que estamos obligados a repensar es el del cambio social. Desde las perspectivas más tradicionales, éste, el cambio social, es visto como una transformación a gran escala, de naturaleza estructural, que es operado por un Sujeto revolucionario, homogéneo, trascendental, transindividual y trans-histórico, à la Lucien Goldmann o à la Touraine.

En este contexto, estoy convencido de que estamos frente a una coyuntura que abre la posibilidad para resignificar, como decía arriba, la noción de cambio social. Desde mi perspectiva, la gran transformación estructural a la que aludían los antiguos es una posibilidad cada vez más lejana. Hacer tabula rasa de todo y de todos, para comenzar de nuevo, es poco menos que una imposibilidad totalitaria. Pero acaso ¿esto implica desprenderse de las nociones que alimentaron la esperanza de las generaciones pasadas? ¿Significa que no es posible poner en marcha cambios de amplia envergadura? ¿Estamos sujetos de una vez y para siempre, prisioneros de las condiciones actuales? Por supuesto que no. Por el contrario, quizá hoy más que nunca es urgente recurrir a los horizontes de cambio que se estructuraron, por ejemplo, en los convulsos años sesenta del siglo XX. Pero con un buen giro de tuerca. En otras palabras, se precisa reconocer que aquel gran Otro que se erigía como el adversario a vencer se ha difuminado; cada vez es menos aprehensible y más omnipresente. En última instancia, lo anterior implica arriesgarse a aseverar que las instituciones derivadas de ese gran Otro no tienen una existencia objetiva. Éstas adquieren “vida” en la medida en que las actuamos. Toman vigencia en la medida en que las rutinizamos. ¿Dónde? En el ámbito de la vida cotidiana. En este sentido, esta esfera, la de la vida diaria, se erige como el campo más revolucionario que existe. A diferencia de lo que se pensaba, el cambio social profundo no está allá afuera. Es parte del dominio de los sujetos desujetados, es decir, de los actores. En este punto, quiero tomar distancia de aquellas visiones ingenuas que desde la New Age plantean que el cambio está en uno mismo. No. Lo que intento decir aquí apunta a otra cosa. Se enfoca en explorar los vasos comunicantes que hay entre lo público y lo privado; se dirige hacia la urgente necesidad de repensar el campo político y postular incluso la arquitectura de la subjetividad como una más de las múltiples arenas en las que lo político se acuerpa.

Bajo esta óptica, aún cuando son de naturaleza ontológica distinta, pueden verse desde ya los contornos de lo público en la esfera privada, y viceversa. Esto es importante porque incluso los rasgos más institucionalizados de una sociedad se estructuran a través de las prácticas cotidianas llevadas a cabo por los actores. No está de más insistir en que la profundización del estudio de estas cuestiones permitiría, por ejemplo, una mayor comprensión de algunas de las causas por las cuales el régimen político de nuestro país tienen características tan sui generis. De entrada, no es descabellado sugerir que la «aparición» de ámbitos de indecibilidad en distintos campos de la vida cotidiana permite bordear la brecha que se ha extendido entre gobernantes y gobernados. Como he dicho en otros lugares (y aquí mismo, en el blog), el cambio social vinculado a movilizaciones masivas o a la acción de un Sujeto Transindividual se ha ido difuminando para dejar paso a flujos y redes que, para entenderlas, precisan del diseño de otras formas de aprehender los objetos de estudio. Las conclusiones que pueden extraerse de lo anterior son fundamentales debido a que, en primer lugar, ponen de relieve el tipo de información que circula en [y construye los] contextos en los que los actores se desempeña habitualmente; en los que lo político se discute o se evita. Por ende, es innegable que en la medida en que excluimos e integramos ciertos temas en el fluir de nuestros esquemas narrativos inciden en la estructuración del entorno en el que nos movemos y, por extensión, en los contornos de la esfera pública. La arquitectura de la subjetividad se vuelve de este modo un asunto altamente politizado.

Por otra parte, este desplazamiento de la mirada hacia otras aristas del cambio social permite acceder a las lógicas que dan cuerpo a los «mapas cognitivos», es decir, a las formas de pensar y actuar compartidas por una colectividad, cuya reiteración va prefigurando los «rasgos sociales» más institucionalizados a través de las prácticas concretas de los sujetos. Se habilita así la «captura» del instante justo en el que se estructura la sociedad. Una buena analogía que ilustra lo anterior tiene que ver con la diferencia entre observar un conjunto de fotografías y observar una película. Ambas están constituidas por imágenes estáticas. Solo que en el segundo de los casos, dichas imágenes se mueven. Finalmente, la invitación/el desafío que intento plasmar aquí consiste justo en atrevernos a estructurar miradas que nos permitan atisbar a la sociedad en movimiento.

Sea pues.

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