Filalogía o el grado cero de lo político

Desde hace ya un tiempo he intentado sugerir que el campo político se encuentra en pleno proceso de transformación.[1] Por ende, el instrumental conceptual/analítico con el que nos acercamos a éste requiere de, por lo menos, una actualización profunda (o si uno lleva el argumento hasta sus últimas consecuencias, puede decirse que a estas alturas requerimos estructurar un nuevo lenguaje que nos permita nombrar lo político).[2]  Uno de los procesos que resulta indicativo de la mudanza por la que atraviesa dicho campo se encuentra, precisamente, en el surgimiento nuevos lugares en los que lo político se acuerpa.[3]  Así, la ludicidad, el ocio, la fiesta, el carnaval, la sexualidad, la apatía, el desencanto, etc., pueden/deben ser leídos hoy en clave política. Y no sólo eso. No basta con hacer descripciones densas de estas prácticas. Se precisa además conectar tales descripciones con explicaciones de amplia envergadura que den cuenta de los sistemas políticos y, finalmente, de los procesos de estructuración de la sociedad, por decirlo à la Giddens. En última instancia, bajo estas condiciones, es posible aseverar que el cuerpo (real, imaginario, simbólico) se ha convertido en una arena política. Mejor dicho: en la última de las arenas políticas. En buena medida, sobre éste confluye gran parte de las relaciones de poder político; sobre éste convergen también, de manera impresionante, las estructuras sociales. Ello al grado en que la arquitectura de la subjetividad –un asunto que pareciera ser del dominio privado, íntimo- se convierte en un intenso proyecto político. Dicho de otro modo, la subjetividad se politiza en la misma medida en que lo político se subjetiva.

En este contexto, he encontrado que observar las prácticas cotidianas de los sujetos, justo en el lugar en el que éstas se despliegan usualmente constituye un ejercicio analítico productivo. En particular, considero que colocar la mirada sobre un aspecto aparentemente banal como “hacer fila” me ha permitido comprender con cierta claridad los engranajes, mecanismos y lubricantes, que dinamizan al campo político contemporáneo.[4] Veamos por qué. En principio, las filas son un elemento prácticamente omnipresente en nuestras vidas. Desde el nacimiento hasta la muerte, esperar nuestro turno es una constante.[5] A ello se suma que esta práctica, tiende a llevarse a cabo en lugares públicos. Casi siempre lo anterior está vinculado con la prestación de un bien o servicio, es decir, se pone de relieve a un Otro frente al cual los sujetos se forman de uno en uno (por cierto, el consumo constituye uno de esos otros “nuevos” lugares de observación de lo político). Lo Uno frente a lo Otro. ¿Acaso no es esta relación el grado cero de la política?  Una fila, en última instancia, es la encarnación del orden social como tal. Pero no solo eso. Además una lectura en clave política de dicha práctica nos permite conocer el conjunto de posiciones adoptadas por los sujetos frente a la institucionalidad vigente. Por último,[6] lo que ocurre en las filas nos coloca ante la posibilidad de indagar, asimismo, las tácticas y estrategias que los sujetos despliegan para conseguir sus objetivos. Las filas pueden ser vistas, pues, como uno de los tantos lugares en los que emerge el grado cero de la política… En fin, aquí le paro porque no quiero cansarlos. Pero amenazo uno de estos días con retomar esta temática.

Sea pues.


[1] No soy ni el primero, ni el único, ni el último en sugerir que el campo político experimenta un conjunto de cambios inéditos. La bibliografía en torno al tema es extensa. Lo que es cierto es que desde hace unos años el tema es central para mi proceso investigativo.

[2] La indagación de los contorno liminares y características de este “nuevo” campo político es parte constitutiva de mi trabajo diario. Requiere, pues, de un proceso reflexivo más concienzudo y de largo aliento. Por ende, trasciende los límites de la inmediatez de un post. De cualquier manera, seguiré tratando el tema aquí, aunque no con la profundidad que éste amerita.

[3] Con seguridad, estos aparentemente nuevos lugares políticos siempre han estado habitados por lo político. No obstante, no es sino hasta hace apenas unos pocos años que hemos desplazado la mirada para observarlos, para leer la política en ellos que es más que ellos mismos.

[4] En un textito denominado “(Des)apegos apasionados: juventud y esfera pública en Guadalajara”, me di el lujo de analizar con cierto detenimiento el modo en que se ponía en marcha un conjunto de prácticas políticas juveniles en el contexto de una fila y cómo ello podía ser visto como una vía de acceso para comprender el modo en que lo público se estructura en una sociedad como la nuestra. Dicho ejercicio fue publicado en el número 64 de la Revista de Estudios Jaliscienses, editada por El Colegio de Jalisco (mayo de 2006). Desafortunadamente no logré encontrar el texto mencionado en formato pdf para subirlo aquí. Y no cuento con un ejemplar en físico a la mano para poder digitalizarlo…

[5] Ojo, compañeros filósofos: las aristas que se desprenden de hacer fila se incrustan por completo en su campo de competencias.

[6] Desde luego, la potencia analítica de indagar lo que ocurre en las filas que hacemos a diario no se agota en estos puntos. No obstante, sí me parece que éstos son los mínimos necesarios que habrían de ser abordados para efectuar lecturas políticas de estas “formaciones sociales” (guiño).

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