Laboratorio de filosofía política e intervención social

Hay una especie de mantra o de intuición que se ha colado en mi trabajo desde hace ya un buen tiempo: en consonancia con muchos otros,[1] puedo decir que cada vez resulta más evidente que estamos frente el agotamiento de las miradas analíticas ortodoxas/tradicionales desde las que reflexionamos en torno al campo político contemporáneo. Ello sobre todo debido a que dichas miradas tienden concentrarse en intentar explicar la vida política con base solo en aquellos elementos vinculados con las coyunturas electorales, con los partidos políticos, con los candidatos, con las preferencias azules o amarillas, etc. Como si la cuestión política se agotara en lo anterior. Con base en diversos ángulos, y a través de distintos acontecimientos que irrumpen en el seno de lo público, puedo apuntar que las perspectivas todavía hegemónicas no logran captar los “nuevos” núcleos temáticos y los contextos emergentes alrededor de los que se estructura lo político hoy. Por ejemplo, puede decirse que en el campo político, la construcción de la democracia no se reduce al conocimiento y el ejercicio de los derechos y obligaciones ciudadanas. Los rasgos de dicho campo pueden ser vistos no sólo en las circunstancias electorales o en el ámbito de los partidos, sino en otras esferas más cercanas a la vida cotidiana. De modo que las conversaciones «de café», las fiestas, la sexualidad y el cuerpo, entre otras, también constituyen instancias analíticas que permiten observar cómo desde las prácticas diarias se van construyendo socialmente los rasgos institucionalizados de un posible régimen democrático o autoritario.

En este sentido, se avizora un panorama en el que se precisa abrir, impensar, deconstruir, reconfigurar, las nociones a las que acudimos para comprender todo lo anterior. Es necesario resemantizar, de manera radical y hasta sus últimas consecuencias, algunas nociones como las de poder político, cultura política, democracia, ciudadanía, participación, apatía, etc., de modo que sean capaces de captar la diversidad, la heterogeneidad de prácticas y discursos que atraviesan a la esfera pública en nuestros días. Se requiere articular un lenguaje que posibilite efectuar lecturas en clave política tanto de los mecanismos estructurales de amplia envergadura como de lo que acontece a diario en el ámbito de la vida cotidiana. Esto es así porque lo político se subjetiva en la misma medida en la que la subjetividad se politiza. Dicho de otro modo: aún cuando lo público y lo privado son esferas ontológicamente distintas, cuentan con vasos comunicantes significativos que es preciso explorar. Es justo en este paralaje, en estos espacios intersticiales, en donde se encuentra la mayor potencialidad de un nuevo enfoque, de un nuevo lenguaje, que vehicule el análisis del campo político. En otras palabras, es fundamental contribuir a la arquitectura de una serie de marcos conceptuales que permiten ver el potencial político de lo cotidiano, la fuerza de lo afectivo y la ética de lo estético. Esto es así porque en el centro del campo político opera un desplazamiento fundamental que va de un horizonte real a uno de orden simbólico/performativo.

En este contexto, creo firmemente que ya es tiempo de dotar de mayor contenido a lo que hasta el momento ha sido apenas una intuición más o menos suelta: instrumentar otros modos de nombrar lo (político) que tenemos frente a nosotros. En otras palabras, busco postular una invitación a interrogar a lo real desde otras perspectivas, a desplazar la mirada; a excentrar los puntos de vista desde los que interpretamos lo político. Por supuesto, ello no implica obliterar los lugares más clásicos para lo observación de lo anterior. Más bien, la intención aquí consiste en buscar mecanismos para que ambas perspectivas –la más ortodoxa y la que no lo es tanto- convivan de manera productiva.

Ahora bien, como lo he dicho en otros lugares, me parece que éste debe ser un esfuerzo colectivo (de lo contrario, caería por completo en aquello que critico). De modo que la propuesta que me interesa colocar sobre la mesa consiste en echar a andar un laboratorio de filosofía política e intervención social. Lo anterior no alude (solo) a realizar fútiles ejercicios intelectuales en torno a la discusión/determinación de las grandes y absolutas verdades que constituirían el campo que nos interesa comprender. La pretensión de dicho laboratorio es mucho más modesta, pero más complicada, y tiene que ver, en principio, con elaboración de preguntas. Así de simple. Aunque me interesa precisar algo: más que discernir y develar ingenuamente la naturaleza y la verdad de la política, de la democracia, de la justicia, de la ciudadanía, etc. (más que interrogarse acerca de lo que realmente son dichos términos) considero que resultaría más interesante hacer una especie de operación hermenéutica y discutir en torno a lo que significan éstos y otros términos que estructuran la disciplina de la filosofía política; experimentar en torno a los horizontes (conflictivos) de entendimiento que implicamos cuando hacemos uso de ciertas nociones. Y desde luego, sería crucial llevar lo anterior hasta sus últimas consecuencias: hacia la resignificación del campo político en sí.

¿Qué es pues el Laboratorio de filosofía política e intervención social? En lo básico se constituye como un espacio deliberativo (¿real, virtual?), de convergencia pero también de disputa. De pensamiento pero también de acción. De ideas pero también de experimentaciones. Dicho laboratorio se piensa como un espacio tanto para la reflexión teórica en torno a la política, como para la estructuración de propuestas e iniciativas concretas, que tiendan a incidir en la configuración de la esfera pública. En otras palabras, considero que toda reflexión es a su vez, en algún nivel, una intervención política. Por supuesto, me queda perfectamente claro que todo lo escrito en los párrafos anteriores es apenas una precaria invitación. Mejor dicho, un desafío, tanto para quienes leen estos desatinos, como para quien los intenta situar en el papel (o en este caso, en un blog). Inesperadamente, desde la literatura, encuentro elementos significativos que guían este proceso impensatorio y que aclaran, con la lucidez que a mi me falta, lo que podría constituir el espíritu de un laboratorio como el que aquí se propone. Claro, literatura emanada de la mano de Julio Cortázar. De quién más:

Esta carta infundirá en la señora Bauchot la horrenda sospecha de que los brontosaurios saben escribir, por eso una posdata gentil, no me entienda mal, querida señora, qué haríamos sin usted, Dama Ciencia, hablo en serio, muy en serio, pero además está lo abierto, la noche pelirroja, las unidades de la desmedida, la calidad de payaso y de volantinero y de sonámbulo del ciudadano medio, el hecho de que nadie lo convencerá de que sus límites precisos son el ritmo de la ciudad más feliz o del campo más amable; la escuela hará lo suyo, y el ejército y los curas, pero eso que yo llamo anguila o vía láctea pernocta en una memoria racial, en un programa genético que no sospecha el profesor Fontaine, y por eso la revolución en su momento, el arremeter contra lo objetivamente enemigo o abyecto, el manotazo delirante para echar abajo una ciudad podrida, por eso las primeras etapas del reencuentro con el hombre entero. Y sin embargo ahí se emboscan otra vez Dama Ciencia y su séquito, la moral, la ciudad, la sociedad: se ha ganado apenas la piel, la hermosa superficie de la cara y los pechos y los muslos, la revolución es un mar de trigo en el viento, un salto a la garrocha sobre la historia comprada y vendida, pero el hombre que sale a lo abierto empieza a sospechar lo viejo en lo nuevo, se tropieza con los que siguen viendo los fines en los medios, se da cuenta de que en ese punto ciego del ojo del toro humano se agazapa una falsa definición de la especie, que los ídolos perviven bajo otras identidades, trabajo y disciplina, fervor y obediencia, amor legislado, educación para A, B y C, gratuita y obligatoria; debajo, adentro, en la matriz de la noche pelirroja, otra revolución deberá esperar su tiempo como las anguilas bajo los sargazos.

Julio Cortázar

Prosa del observatorio


[1] La necesidad de repensar lo político no es nueva. Quizá desde Nietzsche y hasta Rorty; quizá desde Foucault hasta Mouffe; tal vez desde Žižek hasta Sloterdijk (y coloque aquí usted a sus autores preferidos), la idea de construir nuevos lenguajes para nombrar lo que ocurre en el campo político ha generado una veta analítica bastante productiva.

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