Miedo y poder

Una primera versión de este texto fue presentada como editorial para la pasada edición de Diálogos del Pensamiento..

 Sin temor a equivocarse, es posible afirmar que, por definición, toda relación social es desigual y, por ende, jerarquizada y conflictiva.[1] En consecuencia, está marcada de una u otra manera por el ejercicio del poder. En la medida en que lo anterior deja una huella, por mínima que ésta sea, en la esfera pública, podemos decir que el poder se convierte en un poder político. Esta afirmación postula un conjunto de coordenadas en las que lo político trasciende, por mucho, a la dimensión formalmente instituida (i. e. aquella que reduce lo político a las cuestiones partidistas/electorales). Aunado a ello, además contraviene aquella descabellada idea que plantea que toda relación de poder desemboca en el Estado. Sugiere pues que las articulaciones del campo político tienen sus raíces (también, e incluso quizá de manera más significativa) en el ámbito de la vida cotidiana. Así, desde esta perspectiva, tanto el vínculo entre Estado y Sociedad, como las dinámicas que ocurren en el plano de la vida cotidiana, pueden ser leídas en clave política.

En este contexto, al igual que la política, el miedo está en todas partes y nos ha acompañado desde siempre.[2] De modo que -no cabe duda- el miedo y el poder van de la mano. Bajo esta óptica es posible aseverar que para algunos, infundir miedo ha sido una forma eficaz y eficiente de ejercer el poder, de configurar la esfera pública, de imponer y perpetuar, por ejemplo, un régimen o una ideología. Para otros, liberarse del miedo ha sido una bandera de lucha, desde la que se acuerpa la conspicua necesidad de producir transformaciones sociales. Hablamos pues del poder del miedo y del miedo al poder. De este modo, el miedo –quizá junto con la traición- es uno de los componentes cruciales del campo político –y de la vida misma-. Frente a ello, vale la pena interrogarse acerca de ¿cuáles son las posibilidades políticas del miedo? ¿Es éste un agente paralizante que inmoviliza, o por el contrario, un motor, un detonante que nos interpela y llama a la acción colectiva, a la movilización social?


[1] Va un desafío: a quien encuentre una relación social que esté por fuera de estas características (i. e. que sea armoniosa, horizontal), le invito una comida en el restaurante de su preferencia. Desde luego, es preciso argumentar y sostener la posible respuesta. En otras (más sabias) palabras, se requiere tener los pelos de la burra en la mano, pues.

[2] Miedo. Palabra aciaga y siniestra.  Desde el primer hombre y la primera mujer que experimentaron el terrible vacío en el vientre, la sudoración en la frente y en la palma de las manos, el miedo ha sido un componente conspicuo y definitorio de la vida humana. Convivimos constantemente con él. Ha sido, desde siempre, parte de nuestras vidas y su sombra nos acompaña a donde quiera que vamos. Aunque eso no quiere decir vivamos de manera permanente en el miedo. Aún cuando éste es un componente estructural de la humanidad, sus expresiones concretas son coyunturales y surgen de cuando en cuando, frente a estímulos particulares.  En este sentido, cuando tememos, tenemos claras consecuencias físicas: se incrementa nuestra frecuencia cardiaca; se nos tensan los músculos; se agudizan nuestros sentidos. El miedo es, pues, bastante real. No obstante, tiene una dimensión simbólica crucial, y produce diversos significados. En otras palabras, nuestros temores son construidos socialmente. El miedo es, pues, un gigantesco campo de análisis. De modo que los elementos que lo detonan cambian en función de la cultura, la historia y el espacio. Por ello, resulta fundamental analizar los planos en los que se despliega el miedo. Así, frente al tema del miedo surgen preguntas interesantísimas tales como: ¿Hay algún miedo que sea común a todo la humanidad o hay tantos miedos como seres humanos? ¿Qué estrategias se implementan en sociedades como la nuestra para hacerle frente a los diversos temores?  ¿Es acaso el miedo una opción, algo sobre lo que podemos decidir, o definitivamente es una reacción instintiva frente a aquello que consideramos como peligroso? ¿Será que, como dicen algunos, solo hay que temerle al miedo mismo?

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3 pensamientos en “Miedo y poder

  1. Según los románticos anarquistas es posible una sociedad igual; eliminando todo rastro (o intento) de autoridad. Aunque no comparto, creo que la economía de mercado es lo más cercano que tienen los anarquistas para establecer una horizontalidad social, mediante el equilibrio (igual de romántico) entre oferta y demanda o entre capital y trabajo. Sin embargo, la economía de mercado ha estado necesitando de un agente externo como el Estado para sostenerse. En este sentido, y para llegar a un argumento suyo que me hizo levantar la ceja, no creo que lo político trascienda lo formalmente instituido en el Estado. Acepto que no toda relación de poder desemboca en el Estado, pero sí es el poder estatal el límite de cualquier otro poder (venga de donde venga). Puedo asegurarlo, más que por militancia a la teoría del Estado, por una cuestión lógica: el poder debe tener un límite, un sanseacabó, por cuanto debe contar con un origen, al que pueda regresarse sobre todo cuando exista alguna controversia, pues al carecer de límites se estaría frente a un conflicto ad infinitum, o en palabras de Hobbes, una guerra de todos contra todos (producto de la anarquía).
    Gracias por compartir el texto, y felicidades por su blog, lo estaré leyendo.

  2. Excelente comentario, estimado Joaquín. Solo que me surge una pregunta: ¿la eliminación de todo rastro de autoridad no es en sí (y de entrada) un acto violento, conflictivo? Toda producción de la diferencia es conflictiva. En otras palabras, la propia distinción entre trabajo y capital, por muy equilibrada que ésta sea, implica una diferencia significativa entre lo Uno y lo Otro. Ése es precisamente el centro del conflicto. Con respecto a lo otro que señalas, estoy completamente de acuerdo contigo: la institucionalidad vigente (encarnada en el Estado) es el límite del poder. Pero límite y naturaleza del poder son cosas distintas. Yo hablaba de lo segundo: de la diversidad de lugares en los que el poder se condensa, no de las instancias que le imponen límites a éste. ¿Me explico? Creo que esta discusión bien podría formar parte de un Laboratorio de Filosofía Política. 😀

    • Ya la caché, es cierto, la diversidad de lugares donde se origina una relación de poder está, muchas de las veces, fuera de la esfera del Estado. La palabra que me confundió fue “trascender”, la tomé en sentido de superar, de superar los límites. Esto fue lo que llevó a Dahl a establecer la poliarquía, ¿no? A mi opinión, no todo conflicto ni toda diferencia es violento. La violencia es el principal temor-digo-, pero la diferencia o el conflicto no debe contraer el temor. A diferencia, por ejemplo, si un sujeto A se somete a B por temor a X, entonces existe una desigualdad perniciosa (en cierta medida violenta). En fin, todo esto es para aquel Laboratorio de Filosofía Política.

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