Presentación

El 05 de abril de 2004 escribí, por primera vez, una nota (post) en una bitácora (blog) en línea. Aunque si he de ser sincero, me convertí en blogger mucho antes, en plena época milenarista, gracias a (como casi todo lo divertido en mi vida) Homero Simpson[1]. Así que, oficialmente, estoy a punto de cumplir una década/o quince años, depende, rondando por los a veces polvosos pasillos de lo que entonces llamábamos, no sin cierta petulancia, blogósfera. Entonces, entre los bloggers, “profetizábamos” que aquella especie de “nueva” esfera pública en la que incurríamos transformaría de manera significativa las relaciones sociales: en la medida en que el tiempo y el espacio se estrechaban, se hacían chiquitos, pensábamos que las voces que habitábamos el margen construiríamos un nuevo centro.[2] Impensar la literatura, aniquilar al autor, o colocar temáticas en las agendas públicas nos parecía cuestión de contar con una serie de saberes más o menos técnicos (i. e. saber encender una computadora, garabatear algo en un procesador de textos) y diez pesos (mexicanos) para invertirlos en el cibercafé más cercano. Desde entonces, algunos intuían ya la potencia del esa especie de horizontalización de las relaciones sociales, de “democratización” de la esfera pública. Había incluso quienes retrotraíamos los típicos argumentos habermasianos plasmados por el buen Jürgen a finales de la década de los sesenta para señalar la potencia deconstructiva que tendrían las entonces nuevas tecnologías de la comunicación. Twitter y Facebook nos han dado la razón.

Diantres. Leo lo anterior y me siento como un dinosaurio; como un fósil viviente que vuelve al futuro. En el tiempo largo, diez años no es nada. Hoy, una década equivale al transcurrir de una era. En fin, desde el primer post y hasta bien entrado el primer lustro del siglo XXI, escribía prácticamente como una compulsión. Lo hacía a diario, a veces hasta tres veces por día. Me había generado una disciplina estrictísima para postear en mi blog. Ello aunado a la demandante y monástica vida del estudiante de doctorado. De hecho, me pagaban por leer y escribir. Así que me levantaba a eso de las 5:00 am, cernía café, y me ponía a redactar. Como buen obseso, no podía abandonar mi puesto frente a la computadora sino hasta que el post había quedado debidamente registrado en mi blog. Diablos, mi conexión era a través de un viejísimo modem, y mi máquina una Lanix 586. A veces me tardaba más en cargar los datos que en poner por escrito mis ideas. Luego, egresé del doctorado, y me tuve que poner a trabajar (afortunadamente me siguen pagando por leer y escribir). Pero poco a poco el cuerpo se me fue llenando de actividades que interferían por completo con la escritura. Así que mi blog lentamente fue quedando en el abandono. De modo que al llegar a la primer década de este siglo, escribía muy ocasionalmente ahí (publicaba en otros lados más “formales”). A veces pasaban meses sin que me diera una vuelta por la bitácora que en otro tiempo había sido alimentada en ocasiones de manera excesiva. Ahora, en retrospectiva, veo que mis hábitos siguen inmutables: me desvelo, padezco insomnio crónico, me levanto temprano, sigo lleno de ocupaciones, etc. Pero he decidido retomar la disciplina de esta especie de escritura en los márgenes, visceral, a veces seudónima/anónima (quizá de ahí que el sitio se llame Visceralias). En este sentido, he inaugurado este nuevo blog, con la intención tanto de tener una especie de cuadernillo de apuntes público, como de invitarme a reincorporar a mi vida el mantra que me guió durante la última década: un día, una página.

Sea pues.


[1] Me refiero a aquel fabuloso sexto capítulo de la duodécima temporada (cuando todavía The Simpsons valía la pena), titulado The Computer Wore Menace Shoes. Si mal no recuerdo, tuve oportunidad de ver dicho capítulo en su emisión original, allá por finales del año 2000. Entonces era becario, estudiante de maestría, vivía en Tijuana, y la señal de FOX atravesaba sin documentos la frontera y llegaba hasta mi televisor sin problemas.

[2] No es descabellado pensar que el tránsito de la vistosa arroba (del final de nuestros nicknames al principio de éstos) es, precisamente, la expresión simbólica que pone de relieve la emergencia de este nuevo centro: jiigonzaleza@ -> @jiigonzaleza. No estábamos tan errados.

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